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lunes, 26 de febrero de 2018

El hombre y la lluvia

Lloviznaba. Una llovizna tenue y silenciosa. Los segundos
 redactaban filigranas de olvido sobre el vidrio de la ventana. El tiempo transcurría en la humedad de la tarde, que languidecía hacia la noche. 
Sentado en la penumbra, el hombre miraba hacia la calle. Un hombre avejentado, más anciano de alma que de cuerpo. Mientras miraba, sin ver la calle y sin ver la lluvia, meditaba. Sus ojos celestes semejaban navegar en un océano de llanto, que no se decidía a desbordar las cuencas de sus pupilas.
El sillón hamaca lo arrullaba en la tristeza.
En sus manos sostenía la Biblia que le obsequió su madre la mañana que se despidió de allá para venir a América, con la promesa de regresar para buscarla. La Biblia que en tantas noches de infortunio había leído. La misma Biblia con la que pidió ser sepultado.
Lloviznaba. Una llovizna melancólica. Una lluvia parecida al llanto. Parecida a una promesa incumplida. La misma lluvia que seguramente cae sobre la tumba de su madre, allá en la aldea, allá en el Volga, allá en Rusia. La misma lluvia que seguramente, algún día, caerá sobre su propia tumba.
Y el hombre lo sabe, por eso llora junto con la lluvia.

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