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lunes, 19 de febrero de 2018

La cacerola abollada

-¡Acá está! -gritó Juancito levantando la cacerola abollada como un
trofeo, parado sobre el montículo de basura. Sabía que la había visto tirada por aquí.
-¡Vamos a lavarla! -ordenó a los tres niños que lo acompañaban.
Los cuatro se dirigieron hacia la bomba
-¿Qué van a hacer con eso? - los interceptó el padre de Juancito.
- La vamos a lavar para poner lombrices -respondió Juancito.
-Queremos ir a pescar - agregó el menor de los niños.
-¿No es un poco grande para eso? -objetó el hombre observando la cacerola abollada, sin manija y sucia de barro y restos de desperdicios de cocina.
- ¡No! -contestó convencido Juancito, apurando el paso. Le vamos a poner poca tierra, solamente la suficiente para mantener vivas las lombrices hasta que lleguemos al arroyo. 
El padre meneó la cabeza, sonrió y prosiguió su camino. Tenía demasiadas tareas esperándolo como para interesarse en el destino que le iban a dar los niños a una cacerola arrojada a la basura.
Los niños la lavaron con parsimonia. Raspando cada mancha de suciedad con una piedra. No cejaron hasta que la cacerola lució  limpia. 
Luego marcharon al galpón, tomaron una pala y se dirigieron a la zanja de desagüe de la pileta de la bomba a sacar lombrices.
Juancito clavaba la pala y daba vuelta la tierra embebida en agua mientras los demás niños buscaban y sacaban lombrices para colocarlas dentro de la cacerola, en la que previamente le habían colocado un poco de tierra húmeda.
Después de almorzar tomaron sus cañas, las bolsas de arpillera para traer los peces que seguramente  pensaban pescar y salieron rumbo al arroyo. 
Estuvieron ausentes de la colonia durante toda la tarde.
A la hora de la merienda las madres de los niños dedujeron que lo estarían pasando muy bien porque era raro que no aparecieran. Más aún Juancito, que sabía que su madre lo esperaba con Kreppel.
Los niños llegaron a su destino. Escogieron el lugar más oculto para encender fuego. Juancito había hurtado fósforos. Pedrito un poco de kerosén. Luis y José no aportaron nada, por eso fueron los encargados de juntar leña seca.
Encendida la fogata, procedieron a lavar la cacerola en el arroyo.
Después la llenaron de agua y la pusieron sobre el fuego.
-¡Listo! - exclamó Juancito
-¡Vamos! Sin hacer ruido - ordenó José.
No lejos de allí trabajaba don Agustín cuando descubrió el humo. Refunfuñando empezó a buscar el origen.
- ¡Semejante sequía que hay! -rezongó. Mi maíz está a punto para ser cosechado. El gobierno debería prohibir a los linyeras. ¡Son un peligro!
 Cuando llegó al sitio descubrió una escena que lo dejó perplejo: cuatro niños comiendo choclos hervidos en una cacerola abollada, recién hurtados de su bello maizal.

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