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sábado, 17 de marzo de 2018

El noviazgo en las colonias de antaño

Eusebio, después de mucho insistir, logró que su familia aprobara
su noviazgo con la mujer que amaba. Costó convencerlos que, pese a ser de tez más oscura que todos los habitantes de la comunidad y residir en la ciudad, era un buen hombre. Le llevó más de seis meses de asistir todos los domingos a misa, participar de cuanta procesión religiosa el cura convocara y un sin fin de confesiones y penitencias, hasta que, por fin, pudo convencerlos también de que era un hombre creyente y temeroso de Dios.
Tenía permiso de visitarla los domingos, a la hora del mate. Eso sí, jamás conseguía estar a solas con ella. La madre les cebaba mate. El padre avivaba la conversación y los niños lo miraban de reojo, atentos a los movimientos de sus manos. Las despedidas lo sumían en la angustia y desesperación. Ni una sola oportunidad para expresarle cuánto la amaba, para decirle que nunca la dejaría, que la cuidaría y que juntos tendrían una casa y formarían una familia con muchos hijos. Su boca ardía de deseos de besarla.
Andando los meses, transcurridos tres años, ya aquerenciado en la casa de sus futuros suegros, surgió un nuevo conflicto. Los padres de la novia esperaban a Eusebio con la elección de la fecha de la boda. En tiempo de la arada y la cosecha no. Durante la Cuaresma tampoco. Pascuas no. Y los sábados y domingos menos, son los días dedicados al Señor. La lista continuaba pero Eusebio olvidó el resto la tarde en que se le acabó la paciencia y quiso ponerle puntos sobre las íes a su futuro suegro y éste lo miró, le dijo que lo esperara un momento, se fue a la habitación, y volvió con una escopeta.
Eusebio comprendió en el acto que con el hombre no se jugaba. Que parecía manso pero que de manso no tenía un ápice. Así que bajó los humos y aceptó todo lo que le decían en un sermón interminable, con tal de no perder la posibilidad de continuar visitando a su no novia. 
El noviazgo se prolongó por dos años más. El caballo de Eusebio conocía el camino de memoria. Los domingos a las cuatro, enfilaba solito rumbo a la casa de la familia Suppes.
Un buen día, don Suppes le comunicó que por fin se podía casar con su hija. Había ganado buen dinero en la cosecha y eso lo habilitaba para organizar una fiesta de casamiento como él quería para la boda de sus hijos. Eso sí, primero debía comunicar la boda tres domingos consecutivos durante la misa principal.
El pobre Eusebio ya no opinó. Aceptó compartir en partes iguales los gastos de la fiesta, escuchar una interminable sucesión de consejos del cura para vivir un matrimonio bendecido por Dios, y cumplir con otras obligaciones que olvidó durante los tres días que se prolongó la fiesta de casamiento.

1 comentario:

  1. Fue duro y muy diferente aquel tiempo. Lo relatado ha sucedido muchas veces seguramente.

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