
Los almuerzos de Pascua, tras
haber asistido todos a misa para celebrar la resurrección de Jesús y la
bendición del agua bendita, eran un momento de fiesta, de mesas largas y de
alegría.
El plato típico, que se cocinaba
en el horno de barro o en la cocina a leña, era el lechón al horno con papas y
el tradicional Fülsen. Los que no podían acceder al lechón, lo reemplazaban por
carne de cordero. Y los que tampoco tenían posibilidades para este manjar,
horneaban la habitual carne roja vacuna. Y los más humildes, que siempre los
hubo, cocinaban abundantes y sabrosas comidas tradicionales, elaboradas a base
de harina, como los Maultasche, Wickelnudel, etc. Pero en ninguna casa dejaba
de haber fiesta. La comida no era un problema. Las comodidades y las camas,
tampoco. Se dormía dónde se podía y se comía lo que había. Además todos
colaboraban. Todas las visitas traían algo. Nadie llegaba con las manos vacías.
Absolutamente nadie. Aun la persona más humilde aportaba algún alimento. Lo
importante era estar en familia, juntos, reunidos y unidos bajo el mismo techo.
Porque nadie sabía con certeza cuándo volverían a reencontrarse todos otra vez.
Después del almuerzo, a la hora
de la sobremesa, surgía algún acordeón, y era momento de cantar las
inmemoriales canciones traídas del Volga, y entonces, se reía, se lloraba,
muchas veces se bailaba. Todos querían hablar y contar lo que habían vivido
desde la última vez que se habían visto. Generalmente pasaban seis meses, un
año o más, entre un encuentro y otro. Porque en aquellos tiempos no era
sencillo viajar y desplazarse de una localidad a otra. Buenas Aires quedaba muy
pero muy lejos, y viajar era casi un lujo inaccesible para la economía de la
mayoría. Muchos ahorraban durante meses, y en algunas ocasiones, durante más de
un año, para poder retornar a la colonia y volver a ver a sus padres.
Por eso el almuerzo de Pascua tenía tanta
relevancia en el universo cotidiano de los alemanes del Volga. Era la fiesta
del reencuentro familiar. Y para muchos de nosotros, todavía lo sigue siendo en
la actualidad. Porque forma parte insoslayable de nuestra identidad.
(Recopilación histórica y redacción: Julio César Melchior).
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