
-No!,
Mauro -contestó el abuelo. Éramos humildes, es verdad, pero no pobres. Nunca
nos faltó un plato de comida ni tampoco nos faltó ropa para vestirnos
decentemente. La abuela se las ingeniaba para cocinar rico con lo que había y
ella misma cosía la ropa para todos. La comida elaborada con ingredientes
austeros, es verdad, pero esos ingredientes eran aprovechados con sabiduría y
cocinados sobre la cocina a leña, que buscábamos en el arroyo. "También
comíamos pan casero horneado en el horno de barro. Era una época en que no
sobraba nada y nuestras madres tenían que recurrir al ingenio para preparar
todos los días una comida diferente con los mismos ingredientes, producidos
mediante un trabajo, esfuerzo y sacrificio, que requería de una voluntad y un
amor inquebrantables -continuó contando el abuelo.
"La
mayoría de esos ingredientes -agregó-, se producían en el amplio fondo que
poseían las viviendas, donde nuestros padres criaban todo tipo de aves
domésticas, desde gallinas, patos, pavos y un sin fin de variedades plumíferas.
Engordaban un cerdo para la carneada, tenían una vaca lechera, que les daba
leche, manteca y queso, una huerta enorme, que era el punto de partida para
elaborar chucrut, pepinos en conserva y varios embutidos más, abundante
cantidad de árboles frutales que producían la fruta para cocinar dulces.
"Pero
no crean, al escuchar esto, que nuestra infancia fue triste. No. Nuestra
infancia no fue triste. Fue humilde, es cierto; pero no triste. Tampoco fuimos
pobres. No tuvimos grandes lujos ni podíamos comprarnos las cosas que otras
familias adineradas si podían; pero nunca nos faltó un plato de comida ni jamás
pasamos hambre. Mamá cocinaba muy rico. Se las ingeniaba para preparar las
comidas más sabrosas que pudieran existir. Con un poco de harina, levadura,
agua, sal y verduras, se mandaba los Wückel Nudel más ricos del mundo. Mis
hermanos y yo terminábamos limpiando el plato untándolo con pan, para no dejar
ni rastros del menú. "Tanto nos gustaba lo que cocinaba mamá. Por eso
repito: fuimos humildes; pero no pobres. Y en nuestra casa nunca faltó la
alegría. Mamá hacía las cosas de la casa cantando y papá silbaba a toda hora
mientras trabaja la tierra. Fuimos lo que se dice, una familia feliz"
-remarcó el abuelo, orgulloso de pasado, mientras sus nietos Ruben y Mauro, que
lo escuchan con mucha atención, miraban de reojo el celular, sin perderse un
detalle de los mensajes que iban ingresando vía WhatsApp.
Ruben
tenía doce años y Mauro había cumplido quince. Mientras su otra nieta, sentada
un poco más lejos, tenía veinte, y se llamaba Lucía.
-Me gusta
escucharte, abuelo -dijo Lucía sentándose más cerca del abuelo. Es tan lindo
saber de cómo era la vida de ustedes. Mamá cuenta poco. Siempre se queja de que
había mucha pobreza. Que no vale la pena recordar cosas tristes. Por eso yo
estoy leyendo los libros "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del
Volga" y "La infancia de los alemanes del Volga", de Julio César
Melchior. Son muy buenos libros. Leyendo me estoy enterando de muchas cosas,
abuelo.
El abuelo suspiró contento y orgulloso. Al menos uno de sus nietos se
interesaba en su pasado. Porque lo que eran Rubén y Mauro, ya estaban en otra
cosa, chateando con sus amigos virtuales, mirando la pantallita del celular. (Autor: Julio César Melchior).
No hay comentarios:
Publicar un comentario