Rescata

Para más información pueden comunicarse al WhatsApp: 2926 461373 o al Correo electrónico juliomelchior@hotmail.com

jueves, 27 de julio de 2023

Cuatro libros que rescatan la historia y cultura de los alemanes del Volga

 El pasado, muchas veces impensado por nosotros, que han vivido nuestros ascendientes es un maravilloso viaje a la historia. A la superación personal, a conocer las motivaciones y voluntad que los han llevado a buscar un futuro mejor donde nos hemos beneficiado a raíz de esas circunstancias adversas. Conocer para valorar y valorarnos. En estos cuatro libros todo eso y mucho más.

Los ancestros, la historia cotidiana de los alemanes del Volga, fotografías antiguas, costumbres y tradiciones

 Libro “Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga”: historias de vida, vivencias, anécdotas, costumbres, tradiciones, fotografías antiguas y mucho más sobre la historia, cultura, vida social, comunitaria, familiar, de nuestros ancestros. Se puede adquirir desde cualquier lugar del país.

Recuerdos de infancia de las aldeas y colonias de antaño

 Memorias de cuando en las aldeas y colonias solamente se hablaba en dialecto, en la escuela, en la calle, en el almacén y en el hogar. También en la iglesia. Siempre en dialecto. Todo en dialecto. La época en que se jugaba a la payana, a los Koser, se saltaba la soga, se jugaba a las bolitas, se tomaba la Primera Comunión y la Confirmación, nos visitaba el Pelznickel y el Christkindie, nos bañábamos los sábados y muchas otras costumbres cotidianas que sobreviven en mi libro "La infancia de los alemanes del Volga", que se envía a todo el país por correo.

sábado, 22 de julio de 2023

Conmemoración del inicio de la historia de los alemanes del Volga

 El 22 de julio de 1763 Catalina II La Grande firmó el Manifiesto que puso en marcha la emigración de miles de colonos del Sacro Imperio Romano Germánico rumbo a las márgenes del río Volga, dando inicio así a la histórica y mítica epopeya de los alemanes del Volga.

martes, 18 de julio de 2023

Al amanecer el carnicero, panadero, almacenero, entre otros, salían con sus carritos a vender a domicilio

 Al amanecer la colonia se llenaba de carros y gritos de personas pregonando sus productos. Por las calles de tierra, pasando frente a las casas de todos los vecinos, en algunos ingresando a los patios para tomar unos mates o probar un Kreppel recién elaborado, el carnicero, panadero, lechero, el verdulero, almacenero a veces, se sumaba el papero, algún frutero con manzanas frescas de alguna huerta de las cercanías de la colonia, todos con carros especialmente acondicionados para sus respectivos menesteres.
Las amas de casa salían a la vereda a comprar la carne con un plato o una bandeja, según la cantidad de comensales que componían la mesa familiar o lo que la cocinera ese día tuviera planeado cocinar. Siempre llevando en mano, la infaltable libreta en la que registraba la compra diaria, que se cancelaba al final de cada mes. También existían excepciones, con familias que recién abonaban la deuda al terminar el año, después de la cosecha.
El carnicero llevaba en su carro, realizado en chapa, de forma abovedada, para proteger los productos de la intemperie, todos los cortes colgados al costado, en los ganchos, y algo fino en las cajoneras para los clientes especiales. El serrucho en la ranura de un improvisado mostrador, colocado en la parte trasera, desde donde se despachaba los cortes, la balanza colgada del techo, dos o tres cuchillos con buen filo, algunas chairas…
No había día de tormenta ni aguacero que los detuviera. Tampoco jornada de excesivo calor. Jamás dejaban de cumplir con los clientes. La carne para el almuerzo no debía faltar y el pan diario tampoco. Lo mismo que los productos de almacén. El comerciante era fiel con sus clientes y los clientes fieles a su comerciante y la palabra era ley. 

No sigamos olvidando nuestra historia ancestral

 El transcurrir del tiempo se fue llevando la mayoría de las cosas que nos legaron nuestros abuelos: costumbres, tradiciones, historias, vivencias, anécdotas, un estilo de vida. También se fue llevando seres queridos. No permitamos que ese mismo transcurrir del tiempo se siga llevando lo que aún perdura en nuestra memoria y en nuestros recuerdos. Depende de nosotros y nadie mas que nosotros mantener viva esa memoria y esos recuerdos. En mi libro "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga" encontrarán la historia y las costumbres que todavía sobreviven entre nosotros pero también las que fuimos olvidando con el tiempo. No dejen de tenerlo en sus bibliotecas para rescatar, conservar y mantener viva nuestra herencia ancestral.

Un viaje por la historia y la vida de los alemanes del Volga

 Pero para cada uno de nosotros significa algo distinto, tan personal como individuos existen. Un libro es una puerta que se abre al abrirlo. Son historias que nos llegan, o no. Son letras que unidas nos cuentan algo. Nos hace viajar. Nos transporta. El antes y después de cada libro no es igual. Siempre nos transforma, nos guste o no el libro. Leer es mas que eso. Los invito a un viaje. En este caso es un viaje por la historia y vida de los alemanes del Volga.

Dos libros de los alemanes del Volga por $5500 (con el envío incluido: "La vida privada de la mujer alemana del Volga" y "La infancia de los alemanes del Volga".

Y "La gastronomía de los alemanes del Volga" a $5400 (con el envío incluido).

Válido mes de julo 2023

jueves, 29 de junio de 2023

Cada 29 de junio se conmemora un nuevo aniversario de la fundación de la primera aldea alemana en cercanías del río Volga

 El 29 de junio pero de 1764 se produce uno de los acontecimientos más trascendentes en la epopeya migratoria desarrollada por nuestros ancestros: se funda Dobrinka, la primera aldea erigida en cercanias del río Volga por los colonizadores alemanes que dejaron su tierra natal para seguir las promesas escritas en el Manifiesto lanzado un año antes por la zarina Catalina II “La grande”. Fue el inicio de una colonización que marcó y modificó el destino de varias generaciones de familias. Una historia que se redactó teniendo como premisas la resistencia y la fuerza de voluntad de un pueblo, su vocación de trabajo, sus convicciones, su fe en Dios y en sí mismo y su tesón de salir adelante enfrentando todas las dificultades y todos los contratiempos. Fundando aldeas, construyendo iglesias, levantando escuelas, forjando una sociedad y una cultura y sembrando trigo y haciendo surgir un vergel donde solamente había estepa y desolación.
Una historia que luego, más de cien años después, continuaron nuestros abuelos en la Argentina.

domingo, 18 de junio de 2023

Y un día volveré a mi terruño

 Y un día, más exactamente un atardecer, cuando las sombras comiencen a cubrir las cosas y losrecuerdos sean más reales que la misma realidad, emprenderé el regreso. Me rendiré ante la nostalgia. Me daré por vencido frente a la melancolía. Pesarán más los años del pasado que los del futuro. Me llamará lo vivido y me dirá adiós lo por vivir.
Desandaré el camino de los sueños, transitaré la senda de los reencuentros con familiares que ya se habrán marchado, cansados de tanto esperar, y con viejos amigos, que ya no estarán en la antigua vereda, de la vieja casa, donde una noche le confesé mi amor a mi primera novia.
Tampoco estarán ni la misma escuela, ni las mismas aulas, ni los mismos salones en los que se celebraban los acontecimientos sociales, ni la casita de adobe de mis padres, ni la presencia patriarcal y severa, pero siempre comprensiva y justa, de mi padre, ni las manos tiernas de mi madre, siempre manchadas de harina, echando un leño a la cocina a leña.
Pero aún sabiendo todo eso, sé que un día, al atardecer, cuando las sombras comiencen a cubrir las cosas y los recuerdos sean más reales que la misma realidad, emprenderé el regreso a la colonia, a mi hogar, a mi casa, a mi terruño, a reencontrarme conmigo mismo, para recostarme a dormir el sueño eterno junto a mis padres, mis hermanos, mis familiares y mis viejos amigos.

El amor eterno de mis padres

 Mis padres siempre labraron las tierras de otros dueños. Mi padre era peón rural, capataz en una estancia, y mi madre, cocinera para infinidad de peones, que rotaban, de acuerdo a la época del año, dependiendo si era tiempo de arada, siembra o trilla. Los dos trabajaron durante toda su vida. Mi padre, desde los nueve años. Mi madre desde los quince. Mi padre pudo cursar la escuela hasta cuarto grado y mi madre, solamente hasta segundo.
Trabajaron jornada tras jornada, de sol a sol, de lunes a sábado, en ocasiones, también los domingos, en primavera, verano, otoño e invierno. A veces hacía tanto calor que rajaba la tierra. Otras tanto frío, que la escarcha cubría todo hasta las doce del mediodía.
Jamás se quejaron de su destino. Jamás se lamentaron. Jamás tomaron la vida cotidiana como una tragedia. Para ellos, la vida siempre fue una celebración, una alegría. El amor y la conformación de una familia, tener una casa, un hogar, hijos, era la felicidad suprema. Y en pos de esa felicidad suprema, la máxima bendición de Dios, lo dieron todo de sí mismos. Lo entregaron absolutamente todo. Y fueron dichosos haciéndolo. Inmensamente dichosos. Tener hijos, acompañarlos en su crecimiento, velar por su educación, tanto familiar como escolar, apoyarlos en sus emprendimientos, contenerlos cuando algún fracaso hacía tambalear sus sueños, estar siempre presentes, siempre, desde el día que nacían hasta el último momento de sus propias existencias.
Mis padres fueron profundamente felices. Se amaron durante cincuenta y seis años. En la alegría y en la tristeza. En la salud y en la enfermedad. En la abundancia y en la carencia. Su amor jamás se extinguió. Lo alimentaron y lo hicieron crecer y más fuerte con los años. Y mi madre lloró mares de lágrimas el día que sepultaron a mi padre. Aún hoy, casi dos años después, aún lo llora como el primer día. Ambos se amaron y se aman. Su amor lo trasciende y lo supera todo, hasta la muerte. Porque se seguirán amando más allá de esta vida. Porque se amarán durante toda la eternidad de los tiempos.
Para mantener vigente nuestra identidad, los invito a leer mis libros "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga", "La gastronomía de los alemanes del Volga", "La vida privada de los alemanes del Volga" y "La infancia de los alemanes del Volga". Los envío a cualquier localidad del país por correo argentino. Se pueden abonar por depósito, transferencia o Mercado Pago.

viernes, 26 de mayo de 2023

¿Se acuerdan de las pepitas de girasol de la abuela?

 Cuando íbamos de visita a la casa de abuela, ella se tomaba tiempo para tostar semillas de girasol. Llenaba hasta desbordar una enorme fuente y la introducía al horno de la cocina a leña. Luego de unos minutos la casa se impregnaba del olor característico del tostado de las semillas. De vez en cuando sacaba la fuente, revolvía su contenido, probaba alguna que otra semilla para comprobar si estaban crocantes y listas para ser comidas.
Una vez tostadas, abuela se sentaba a la mesa, junto a nosotros, sus nietos, que éramos aún muy pequeños para abrir las semillas de girasol con los dientes como hacían las personas mayores, y las pelaba una a una, con suma paciencia, sacando la pepita con los dedos.
Nosotros la mirábamos “trabajar” con ternura, esperando con ansias que el montón de pepitas creciera y abuela dijera: “Bueno… ¡Ahora se las pueden comer!” ¡Y vaya si las comíamos! ¡¡¡Las espolvoreábamos con mucha azúcar, revolvíamos el montón y a comer!!! Para revivir anécdotas como ésta y muchas otras, no dejen de consultar mi libro “Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga”. Para más información comunicarse por mensaje privado o al 01122977044.

En nuestra niñez no había golosinas pero sí ricas comidas tradicionales

 En nuestra niñez no había confites, ni chocolates ni alfajores ni caramelos ni chupetines ni turrones, pero siempre teníamos sobre la mesa fuentes llenas de Kreppel, de Dünne Kuche, de Strudel, que preparaba mamá, para mimarnos el alma y el estómago. Cuánta delicia en esas tortas amasadas por las manos tiernas de nuestras madres en las madrugadas de verano, luego de ordeñar las vacas. Esas manos dulces llenas de callos de tanto trabajar en el campo, ayudando a papá en la huerta, en la cocina haciendo mil y una tareas.
En nuestra niñez no sobraba la plata para ir a un kiosco y comprar golosinas, es cierto, pero eso no importaba, porque mamá suplía todas esas carencias, que no eran tales, con exquisitas comidas, tortas, dulces, mucha ternura y mucho amor. ¿No es cierto?
El mismo amor de mamá quedó plasmado en las recetas que nos preparaba. Esas recetas están en el libro "La gastronomía de los alemanes del Volga" que tiene un valor de $3800 y lo envío a domicilio por Correo Argentino con un costo de $900. Lo pueden abonar por depósito, transferencia o Mercado Pago. No se lo pierdan! Mas info al 01122977044.

jueves, 25 de mayo de 2023

El escritor Julio César Melchior presentó un nuevo libro de poesía

Los invitamos a ingresar a este enlace Video Presentación libro "La Profecía" para revivir la presentación. Para ver el video también pueden cliquear sobre la fotografía.

La lectura de poemas estuvo a cargo de los periodistas Nancy Augusto y Pablo Barizone.
La presentación de Marcelo Castorina, Director de Gestión Cultural de la Municipalidad de Coronel Suárez y la música de Ángel "Tuti" Schamberger.

sábado, 6 de mayo de 2023

Nuestras madres eran mujeres sabias

 Mi madre me dijo que recordara el lugar de dónde vengo, la casa de adobe, la comida humilde, las reuniones familiares, las calles de tierra, las gentes sencillas, honradas y sinceras. Las personas buenas y trabajadoras. Los domingos de fiesta. Los días felices. También los días tristes. Para tener presente durante toda la vida que nada es para siempre y que después de cada tormenta siempre sale el sol y que aún en la noche más oscura, las estrellas nunca dejan de brillar y Dios nunca deja de protegernos.
Mi madre era una mujer sin estudios académicos pero tenía la sabiduría de la vida, esa sabiduría que no se enseña en la escuela ni en las universidades, esa sabiduría que solamente tienen ellas, las madres alemanas del Volga. 
Para conocer profundamente a las mujeres alemanas del Volga no dejen de leer el libro "La vida privada de la mujer alemana del Volga" de mi autoría.

martes, 25 de abril de 2023

La abuela Rosa le enseña a su nieta a elaborar el tradicional budín de pan de los alemanes del Volga

 -Abuela, me hacés Füllsen? -pregunta Marisa, de veintitrés años. A vos siempre te sale tan rico! Te acordás cuando era chiquita y me quedaba a dormir con vos y me cocinabas todo lo que te pedía? Me hacías Wickel Nudel, Kreppel y Füllsen. Cómo nos peleábamos con mis hermanos para quedarnos con el último Wickel Nudel! Te acordás, abuela? Vos feliz y el abuelo mirando serio, porque no le gustaba que hiciéramos lío en la mesa, cuando comíamos. A veces, nos decía: 'chicos, chicos, estamos en la mesa. Pórtense bien. Así los educa su madre?’. Y mis hermanos y yo, nos quedábamos quietitos, porque sabíamos que con el abuelo no se jugaba.
-Pero era muy bueno con ustedes -lo disculpó la abuela. Los quería mucho. Los llevaba a la huerta para que lo ayuden a regar y…
-Y le sacábamos canas verdes -rió la nieta.
-Es que ustedes también eran muy schlim -interrumpió la abuela para decir que eran muy traviesos en su idioma cotidiano, el dialecto heredado de sus ancestros. Le pisaban los canteros de repollo, arrancaban los tomates cuando todavía estaban verdes y tu hermano Alberto, agarraba la azada y empezaba a carpir todo lo que encontraba en su camino, sin discriminar entre lo que eran plantas de yuyos y verduras.
-Pobre abuelo -suspiró la nieta, mirando la fotografía que había sobre el aparador, seguramente rememorando el día de su muerte, ocurrida un atardecer de hace cinco años.
-Bueno… basta de recuerdos! -exclamó la abuela. Preparamos el Füllsen?
-Sí! Dale! Yo te ayudo. Voy a la despensa a buscar el pan seco y empiezo a cortarlo.
La abuela fue al gallinero a buscar huevos frescos con un balde. Al regresar puso varios sobre la mesa. También buscó los ingredientes: leche, azúcar, manteca, crema y pasas de uva.
-Abuela, quién te enseñó a hacer Füllsen?
-Mi mamá -respondió la abuela. Y ella aprendió de su madre. Es una receta muy antigua que nuestra familia trajo del Volga. Te voy a mostrar algo. Enseguida vuelvo.
La abuela fue a su pieza y volvió con un libro.
-Mirá -murmuró emocionada, mientras le extendía la obra. En este libro está la receta de la familia -reveló.
-”La gastronomía de los alemanes del Volga” -leyó la nieta. Y esto? -preguntó sorprendida.
-Es un libro con todas las recetas tradicionales de nuestra gente. Lo escribió Julio César Melchior.
-Qué lindo! -suspiró la nieta. Y está tu receta?
-Sí, querida. Julio me entrevistó. Vino acá a casa con una balanza -sonrió. Sí, Marisa, con una balanza. Y sabés por qué? Porque yo le contaba la receta como la aprendí, a ojo. Un puñado de pan, unas pasas de uva y así es difícil que la gente aprenda a hacer una receta. Por eso, tuve que preparar un Füllsen para que Julio pudiera pesar todo. Después lo invité a almorzar. Me salió riquísimo!
La nieta acercó el libro a su pecho emocionada. Entre sus páginas latía un pedacito de historia familiar. Después abrazó a la abuela.
-Bueno! Bueno! Seguimos con el Füllsen? Ya son más de las diez. No vamos almorzar solamente Füllsen? Hay que preparar algo más. Ya veremos! De hambre no nos vamos a morir.
La abuela comenzó a unir, uno a uno, todos los ingredientes, mientras su nieta miraba maravillada.
-Parece tan simple -pensó Marisa. Y sin embargo, no es tan fácil como parece.

miércoles, 19 de abril de 2023

Las mujeres alemanas del Volga eran excelentes costureras

 Las mujeres alemanas, además de ocuparse de los quehaceres domésticos, la crianza de los
hijos, las tareas en la huerta y trabajar a la par del hombre en las labores agrícolas, también tenían a su cargo la confección de la ropa que usaban todos los integrantes de la familia.
Generalmente cosían durante la noche, a la luz de las lámparas, después de dar por terminadas las labores diarias, cuando los maridos fumaban sus pipas y los niños realizaban sus tareas escolares.
Su creatividad e ingenio eran grandes como asimismo era enorme su capacidad para aprovechar todas la telas que tenían a mano, como la tela blanca de las bolsas en las que se compraba el azúcar, la tela de arpillera, por citar solamente unos pocos ejemplos. Lo mismo sucedía con las prendas que quedaban chicas o ya estaban demasiado remendadas. Todo se transformaba.
Las mujeres aportaban muchísimo a la economía del hogar, tanto por lo que producían con su trabajo como por lo que ahorraban cuidando el dinero. Sobre sus espaldas descansaba el hecho de que una familia pudiera progresar y salir de la pobreza.

Mujeres a las que rindo homenaje en mi libro "La vida privada de la mujer alemana del Volga", que pueden adquirir y recibirlo en su domicilio por Correo Argentino. Escribir a correo electrónico a historiadorjuliomelchior@gmail.com o al WhatsApp al 01122977044.

Los panqueques de mamá

Cuando mamá hacía panqueques en la cocina a leña, la casa se llenaba de un aroma inconfundible, un aroma que para siempre quedó asociado en mi memoria a la palabra hogar. Al recuerdo permanente de sus cabellos canos, sus ojos claros y su sonrisa transparente, de aquella época en la que preparaba los panqueques para mis hijos, esos mismos panqueques que hizo durante toda la niñez para mí y mis hermanos.
Aún hoy, cuarenta años después, conservo en mi memoria aquel aroma, aquel crepitar del fuego de la cocina a leña calentando todos los ambientes de la humilde casa.
Aún recuerdo el aroma de la felicidad, la dicha de la familia. Recuerdo a mamá, a papá, a mis hermanos… Todo un mundo que hoy ya no existe y que, para no perderlo para siempre en el olvido, rescato en mis libros "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga", "La infancia de los alemanes del Volga ", "La gastronomía de los alemanes del Volga" y "La vida privada de la mujer alemana del Volga" que pueden recibir en su domicilio escribiendo al correo electrónico historiadorjuliomelchior@gmail.com o por WhatsApp al 01122977044.

Las recetas de la abuela y sus ingredientes secretos

 Con el aroma insuperable de las comidas de las abuelas, siguiendo paso a paso los ingredientes y las mismas recetas que ellas prepararon durante toda su vida, sin olvidar jamás el legado gastronómico de sus ancestros, todos oriundos de las aldeas fundadas en la región del Volga, en la lejana Rusia.
Recetas que primero hornearon en los hornos de barro, luego en las cocinas a leña, con ingredientes naturales, surgidos de la tierra que ellas mismas trabajaron con sus manos, preparando con productos cotidianos manjares diversos e inolvidables al paladar.
Todas ellas impresas en el libro "La gastronomía de los alemanes del Volga", una obra que rescata más de 150 recetas tradicionales, en diez capítulos con fotografías de las comidas más relevantes.
Es un homenaje a las abuelas y una manera tangible de mantener viva la memoria de todas ellas y su inmenso legado cultural, que se complementa con el libro "La vida privada de la mujer alemana del Volga", una obra que por primera vez se ocupa de rescatan toda su existencia, desde el momento que nacían hasta el último día de sus vidas.

Los libros los pueden adquirir al correo electrónico historiadorjuliomelchior@gmail.com o escribiendo al 01122977044 y recibirlos en el domicilio por Correo Argentino.

lunes, 17 de abril de 2023

El amor eterno de mis padres

 Mis padres siempre labraron las tierras de otros dueños. Mi padre era peón rural, capataz en una estancia, y mi madre, cocinera para infinidad de peones, que rotaban, de acuerdo a la época del año, dependiendo si era tiempo de arada, siembra o trilla. Los dos trabajaron durante toda su vida. Mi padre, desde los nueve años. Mi padre desde los quince. Mi padre pudo cursar la escuela hasta cuarto grado y mi madre, solamente hasta segundo.
Trabajaron jornada tras jornada, de sol a sol, de lunes a sábado, en ocasiones, también los domingos, en primavera, verano, otoño e invierno. A veces hacía tanto calor que rajaba la tierra. Otras tanto frío, que la escarcha cubría todo hasta las doce del mediodía.
Jamás se quejaron de su destino. Jamás se lamentaron. Jamás tomaron la vida cotidiana como una tragedia. Para ellos, la vida siempre fue una celebración, una alegría. El amor y la conformación de una familia, tener una casa, un hogar, hijos, era la felicidad suprema. Y en pos de esa felicidad suprema, la máxima bendición de Dios, lo dieron todo de sí mismos. Lo entregaron absolutamente todo. Y fueron dichosos haciéndolo. Inmensamente dichosos. Tener hijos, acompañarlos en su crecimiento, velar por su educación, tanto familiar como escolar, apoyarlos en sus emprendimientos, contenerlos cuando algún fracaso hacía tambalear sus sueños, estar siempre presentes, siempre, desde el día que nacían hasta el último momento de sus propias existencias.
Mis padres fueron profundamente felices. Se amaron durante cincuenta y seis años. En la alegría y en la tristeza. En la salud y en la enfermedad. En la abundancia y en la carencia. Su amor jamás se extinguió. Lo alimentaron y lo hicieron crecer y más fuerte con los años. Y mi madre lloró mares de lágrimas el día que sepultaron a mi padre. Aún hoy, casi dos años después, aún lo llora como el primer día. Ambos se amaron y se aman. Su amor lo trasciende y lo supera todo, hasta la muerte. Porque se seguirán amando más allá de esta vida. Porque se amarán durante toda la eternidad de los tiempos. 

Las cenefas, una identidad arquitectónica de los alemanes del Volga

Las cenefas, que eran una ornamentación fabricada en madera o chapa, que se colocaba a lo
largo de los techos de la galería, con un diseño único para cada vivienda, era no sólo un elemento arquitectónico distintivo de las viviendas tradicionales fabricadas en L de los alemanes del Volga en las colonias, sino también un sello distintivo e identificatorio de cada familia, ya que no había dos casas que repitieran
el mismo dibujo.
Se dice que la palabra cenefa viene del árabe y que significa "orla, adorno o elemento decorativo –generalmente cíclico, listado o repetido– usado en la arquitectura, entre otras artes, y que suele presentarse en forma de tira".
Pero entre los alemanes del Volga era mucho más que eso.
El diseño de cada cenefa colocada en la vivienda familiar era única y no se repetía en otra casa. Cada apellido tenía su modelo. Para eso se conjugaban en la creatividad el propietario y los carpinteros de la localidad, que eran grandes ebanistas.

miércoles, 5 de abril de 2023

El dolor de nuestros ancestros

 Al embarcar en el puerto de Bremen, en Alemania, tuvo la absoluta certeza de que jamás iba tener la oportunidad de regresar a Kamenka, la aldea en la que quedaban sus padres aguardando un retorno imposible. Lo sabía porque la distancia a América era enorme, alrededor de un mes, el valor del pasaje exorbitante, y porque tampoco sabía cómo le iba a ir en el nuevo país, la Argentina. Lo desconocía todo de esa nación. Le habían hablado de que era un país con tierras prósperas para la siembra de trigo, con campos vírgenes casi infinitos esperando ser colonizados, de aldeas fundadas hacía poco y que ya progresaban y crecían con la llegada de más y más contingentes de volguenses, pero nada más. Era suficiente para alimentar sus deseos de emigrar buscando un horizonte mejor, libre, sin hambre y sin guerras, pero, a la vez poco, para proyectar un retorno a la casa de su infancia, al hogar de sus padres, buscarlos y llevarlos consigo. Por eso se preguntaba: conseguiría hacer una pequeña fortuna para regresar a buscarlos y darles una mejor vida antes de que fallecieran? Los veía tan grandes, tan desamparados y tan solos, parados en el portal, despidiendo a sus hijos, apoyándolos con alegría, con fortaleza, pero escondiendo llantos, tristeza, porque quizás, ellos también comprendían que el adiós era para siempre. El clima en Rusia, y por lo tanto en el Volga, día a día se volvía más y más violento y difícil de sobrellevar.
Al alejarse del puerto, unas lágrimas rodaron por sus mejillas. Era el adiós definitivo a su hogar, a su infancia y a su tierra natal. A su aldea y a sus amados padres.

Los mimos de mamá

 En la niñez mamá nos mimaba elaborando ricas comidas alemanas. Las preparaba sobre la mesa de madera y las cocinaba en la cocina a leña. Nuestro hogar estaba impregnado de aromas que la memoria no olvidará jamás. Cuando nos sentábamos a comer mamá servía Kleis, Wückel Nudel, Supp, y a la hora de la merienda Kreppel, Dünne Kuchen, Strudel. Pese a que éramos pobres, nunca nos faltó un plato de comida. Mamá se las ingeniaba siempre para que el magro sueldo de papá, ganado con sudor y honradez, alcanzara para alimentarnos aun en los tiempos más duros, que los hubo y muchos. Recuerdo aquellos años y mis ojos se llenan de lagrimas. Las mismas lágrimas de gratitud, de admiración, de respeto, que me acompañaron a lo largo de los años que transité para dar forma al libro "La gastronomía de los alemanes del Volga", en el que rescato todas esas recetas que nos alimentaron durante nuestra infancia. Esas inolvidables recetas que cocinaban nuestras madres.

jueves, 30 de marzo de 2023

Los bailes de los sábados en las colonias de antaño

 Las muchachas iban y venían a lo largo de la amplia galería de la casa. Dos arrojaban agua sobre las baldosas que sacaban de la bomba y otras dos barrían frenéticamente con la escoba, limpiando a conciencia. Conversaban y reían, felices. Hacían planes para el atardecer. Rosa soñaba en voz alta: “ojalá que venga Juan”. “Si se entera papá que estás pensando en él, te va a encerrar en el cuarto y te vas a quedar sin bailar” -opinó Luisa seriamente. “Vamos, vamos, que todavía tenemos que barrer el patio y ordenar la cocina” - las apuró Berta. Sí, vamos! Que después hay ayudarle a cocinar a mamá” -acotó María.
Y así fue. Al rato asomó doña Filomena rezongando porque ya era tarde y nadie estaba haciendo nada en la cocina. La norma en la casa era almorzar a las doce en punto del mediodía, cuando sonaban las campanas de la iglesia: momento en que todos paralizaban su actividad para rezar el Ángelus. Y las muchachas sabían que las costumbres se cumplían a rajatabla. Por eso, sin refunfuñar pero sí controlando a duras penas su ansiedad, obedecieron a su madre. Rosa comenzó a pelar papas, Berta cebollas y Luisa comenzó a reunir ingredientes para preparar una pasta, mientras María se dirigía a la quinta a buscar las verduras que faltaban para elaborar el menú.
Luego del almuerzo, la vivienda quedó en silencio. Poco importaba que fuera sábado y las muchachas tuvieran planes para esa jornada. Nada alteraba el orden habitual de los habitantes de la casa. A nadie se le hubiese ocurrido revelarse ni contradecir las normas. Por respeto a los padres y a las buenas costumbres.
Los sábados a la tarde, después de la siesta y del mate, venía el momento del baño. Se calentaba agua en la cocina a leña en cuanta pava y tarro hubiera en la casa. La tina era un enorme fuenton confeccionado de chapa en la localidad y el cuerpo y la cabeza se lavaban con jabón casero que elaboraba la abuela tras cada carneada.
Habiéndose bañado y concluida la cena, que se desarrollaba con el toque de las campanas de la iglesia, a la hora del atardecer, las muchachas, que vivían en la calle central del pueblo y eran hijas de una familia de un pasar económico holgado, sacaron la radio a la galería. La trasladaron entre Berta y María y con esfuerzo la colocaron sobre una mesita instalada en un rincón, para que no moleste, en el momento de bailar. La encendieron y subieron el volumen.
Ahora solo cabía esperar que llegaran las primas, los primos y las amigas y los amigos invitados. Y todo estaría listo para otro sábado de baile y diversión.

martes, 21 de marzo de 2023

Recuerdos que mi madre me contó en su vejez

 Mi madre me contó en su vejez que cuando ella era niña, en tiempos de Cuaresma, se mantenía un estricto ayuno y abstinencia los días miércoles y viernes, esto incluía nada de carne, absolutamente nada, y comer poco, lo necesario para alimentar el cuerpo. También eran días de profundo silencio interior que se extendía no solamente hacia todos los integrantes de la casa sino que el silencio también debía reinar en todos los rincones del hogar. Los platos que más se elaboraban durante esos días eran los Kleis y los Maultasche, los Kleis recubiertos con trocitos de pan duro rehogados en grasa y los Maultasche rellenos de ricota.
También me contó que eran días de honda comunicación con Dios, días en que se rezaba mucho y los niños debían tener mesura en sus risas y en sus juegos. Cosas que luego se profundizaban aún más el día Viernes Santo en donde la casa debía permanecer en penumbras, casi en silencio y todos los integrantes de la familia estaban de luto porque a las tres de la tarde de ese día se rememoraba la crucifixión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo. Aparte –dice- la Cuaresma y la Pascua eran días de asistir a misa, ningún niño escapaba a esa obligación. Y agrega que a lo largo de todo el año “si yo faltaba a misa las hermanas religiosas de la escuela me ponían una falta en el boletín. Así de estrictos eran antes nuestros padres -sostiene- y de creyentes en Dios. Ellos tenían a Dios presente a toda hora, las campanas de la torre de la iglesia anunciaban el amanecer, las doce del mediodía y el anochecer, y en cada ocasión, todos debíamos dejar lo que estábamos haciendo, persignarnos y rezar el Ángelus. Lo mismo que rezar antes de cada comida y, de noche, como sobremesa leíamos la Biblia y cantábamos canciones religiosas.
Mi madre también reflexionó con honda tristeza, que sentía mucha pena que todas estas costumbres y tradiciones se fueran perdiendo, costumbres y tradiciones que para ella y todos los alemanes del Volga forman parte de su identidad, de su forma de ser, y le daban sentido a sus vidas. Mientras me decía esto, sus ojos se llenaban de lágrimas, sus dedos, entrelazados con su rosario negro que siempre llevaba en sus manos, temblaban.

Al recordar estas palabras que mi madre un día me contó comencé a rescatar, revalorizar y escribir libros que recuperaran para siempre todos estos recuerdos y todas estas tradiciones y costumbres, porque son parte de nosotros mismos. Porque nos hacen comprender quiénes somos y porque somos como somos. Y porque debemos sentir orgullo de ser descendientes de alemanes del Volga. Esos libros son: “Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga”, “La vida privada de la mujer alemana del Volga” y “La infancia de los alemanes del Volga”. Autor: Julio César Melchior. Los libros los pueden adquirir escribiendo a juliomelchior@hotmail.com o al WhatsApp 01122977044.

sábado, 11 de marzo de 2023

El Tros Tros Trillie, una canción que nos hizo feliz

 Esta canción nos ha acompañado por generaciones. Las abuelas, madres, y las que serán madres en un futuro se divirtieron con el Tros Tros Trillie en la falda de alguna de estas mujeres que nos han cantado. Momentos inolvidables que nos llenaron y nos llenan de felicidad. Porque la felicidad es eso, no? La simpleza que nos brinda alguien que nos ama. El amor trocado en juegos, en canciones, en momentos que quedan para siempre.

Si desean revivir esos momentos, recordar a esas personas y volver a sonreír aunque mas no sea por un ratito, no dejen de consultar el libro "La infancia de los alemanes del Volga" que está escrito en dialecto y en español. Para recordar nuestra lengua materna y la etapa en que fuimos amados por quienes nos dieron la vida. Lo pueden adquirir escribiendo al WhatsApp 01122977044 o al correo electrónico juliomelchior@hotmail.com.

¿Quién se acuerda de los fideos caseros (Trucke Nudel)?

 La abuela elaboraba, generalmente los domingos, unos Trucke Nudel riquísimos. Era una receta simple y sencilla de hacer. La había heredado de sus ancestros. Mi memoria de niño recuerda que solamente utilizaba harina, dos o tres huevos y algún que otro ingrediente más. Amasaba dos o tres bollos sobre la larga mesa de madera de la cocina, los estiraba con el palo de amasar espolvoreándolos con abundante harina hasta lograr una masa casi redonda de unos pocos milímetros de altura y después los colocaba sobre el respaldo de una silla, que sacaba al patio para que la masa se seque. Una vez transcurrido el tiempo que ella calculaba con exactitud, sin contar con reloj ni ningún asesoramiento tecnológico, introducía la silla, tomaba cada masa estirada, la enrollaba y cortaba los fideos para ponerlos a hervir en una olla.
Mientras tanto en una sartén colocaba uno poco de grasa para freír trocitos de pan o cebolla picada, que volcaba sobre los fideos una vez que estaban cocinados y servidos en una fuente, listos para llevar a la mesa.

Las comidas y los recuerdos son nuestra identidad. Nuestras raíces. Nuestra cultura. Conocer la gastronomía de un pueblo es conocer una parte de su historia. Es por eso que el libro "La gastronomía de los alemanes del Volga" rescata mas de 150 recetas tradicionales de la cocina de los alemanes del Volga. No sólo para atesorar nuestros sabores de la infancia sino también para conocer nuestra cultura, nuestra historia y nuestras raíces. Esta receta original, la pueden encontrar completa, junto con 150 más en mi libro “La gastronomía de los alemanes del Volga” que pueden recibir a domicilio a través de Correo Argentino escribiendo a juliomelchior@hotmail.com o al WhatsApp 01122977044.

miércoles, 8 de marzo de 2023

Dedicado a las mujeres alemanas del Volga

Mi homenaje a las mujeres que engrandecieron mi vida, la llenaron de silenciosa ternura, de un profundo respeto a los demás, de cuidados en las eternas noches de campo haciendo de madre y padre, de amor en los pequeños gestos volviéndolos infinitos, de olor a hogar y calor maternal. A las mujeres de mi vida que amaré por siempre y de las que siento profundo orgullo porque ellas me educaron en la infancia, en la niñez, en la adolescencia y me transmitieron todos sus conocimientos en la adultez. Para que el mundo entero las conozca y las valore como lo que son: el gran tesoro de nuestra cultura, es que quise volcar en este libro todo lo que encierra la mujer alemana del Volga. Es mucho más que un libro, es el alma misma de las mujeres de las cuales desciendo y por las que hoy soy quien soy.
El libro "La vida privada de la mujer alemana del Volga" lo pueden recibir a domicilio por Correo Argentino. Para poder adquirirlo se pueden comunicar al correo electrónico juliomelchior@hotmail.com o por WhatsApp 01122977044.

martes, 7 de marzo de 2023

Los niños del tambo

 El padre, la madre y sus cinco hijos salen de la casa rumbo al tambo iluminados por la precaria luz del farol. Llovizna. Hace frío. Es invierno. Las vacas mugen esperando ser ordeñadas. La familia se acerca a ellas chapoteando lodo, que es una mezcla de barro, bosta y orina de vaca, hundiendo los pies casi hasta las rodillas. El reloj marca las cuatro de la mañana. Como todas las mañanas. Como a lo largo de todo el año. Hay que terminar de ordeñar antes de las ocho de la mañana, para tener la leche en los tarros puestos en la tranquera que da a la calle para que el carro los pueda recoger y llevar a la quesería, fabrica que está emplazada a unos diez kilómetros de allí.
El niño más pequeño tiene ocho años y siente que sus manitas aterridas de frío, a veces tiembla, a veces llora, a veces quisiera regresar a la cama, meterse entre el acolchado de lana que le confeccionó especialmente la abuela. Pero no se puede. No se debe. La familia necesita cada peso que ingresa para sobrevivir. No sobra nada. No falta nada pero tampoco sobra nada. Para eso todos, absolutamente todos tiene que trabajar en el tambo. Y el tambo tiene que producir a pleno.

Gracias a los lectores que me hacen llegar fotografías del momento en que reciben mis libros. Gracias por tanto respeto, cariño y admiración

Muchos lectores, de todas partes de Argentina, recibiendo sus libros para leer, recordar y conocer sobre la historia, cultura y tradiciones de los alemanes del Volga. Una forma de difundir, legar y atesorar nuestras raíces. Muchas gracias por confiar en mis trabajos literarios desde hace tantos años.

miércoles, 22 de febrero de 2023

La tradición de Aschermittwoch

 Es día de ayuno y abstinencia rigurosos, que todos los aldeanos respetan ingiriendo una sola comida en toda la jornada sin nada de carne.
La comunidad comienza a vivir la Cuaresma, los cuarenta días en los que los católicos se preparan para la pasión, muerte y resurrección de su Salvador, el Domingo de Pascua.
Los fieles deben confesar sus pecados y después pedir perdón a Dios con una serie de obligaciones que demuestran la intención de querer cambiar, ofreciendo algún sacrificio y renuncia como muestra de arrepentimiento.
Es un recordatorio de la fragilidad de la vida y la proximidad de la muerte que pretende hacer que los fieles tengan presente la necesidad de comportarse como buenos cristianos para ser merecedores de acceder al Reino de los Cielos y vivir eternamente junto a su Creador.
Durante la tarde la aldea entera asistirá a la iglesia a participar de una celebración litúrgica en la que se realizará la imposición de la ceniza. Cenizas que se obtienen a partir de la quema de los ramos del Domingo de Ramos del año anterior, bendecidas y colocadas por el sacerdote sobre la frente, trazando una cruz, mientras murmura unas palabras del Evangelio.
En el día de hoy, en que se celebra Miércoles de Ceniza, los fieles inician el camino a la Semana Santa y la Pascua de Resurrección.

lunes, 20 de febrero de 2023

La ceremonia del té entre los alemanes del Volga

 Los alemanes del Volga que arribaron a la Argentina trajeron consigo la ceremonia del té al estilo ruso que habían incorporado a sus hábitos diarios luego de más de cien años de vivir en sus aldeas fundadas en las lejanas tierras del zar.
Compartiendo una taza de té surgían conversaciones de toda índole, fiestas, reuniones, con sus tristezas y alegrías, llegando a simbolizar hospitalidad para con el huésped, historias y tradición para con los niños, y conversación para con los afectos.
La ceremonia del té se desarrollaba en torno al samovar, un utensilio típico de Rusia para hervir agua y conservarla caliente, que se colocaba en el centro de la mesa, que consiste en un recipiente de cobre u otro metal con una canilla en su parte inferior para servir el agua y una concavidad en la parte superior donde se coloca la tetera.
El agua se calentaba con carbón y maderas que ardían lentamente, para mantener la temperatura constante en un tubo ubicado en el centro. Mientras que en la parte superior del samovar se apoyaba una pequeña tetera con té en hebras muy concentrado, es decir, con bastantes hebras y poca agua, para hidratarlas.
Finalmente se tomaba la taza, se echaba un poco de té y se diluía con el agua caliente que se extraía del grifo del samovar hasta obtener la infusión deseada. Que bebían sosteniendo un terrón de azúcar entre los dientes.
En la Argentina cambiaron la ceremonia del té por la del mate, conservando, sin embargo, la costumbre de diluir el terrón de azúcar en la boca.

domingo, 5 de febrero de 2023

La tormenta

 Mi madre salió al patio. Miró hacia el cielo. Y con rostro serio y el cuerpo palpitando de angustia, susurró temerosa: "Kommt windt".
Y todos comprendimos, desde el más pequeño al mayor de sus hijos, que se aproximaba una gran tormenta. Certeza que pudimos confirmar a medida que transcurrieron los minutos: nubes enlutadas, tenebrosas, dramáticamente coloreadas de un azul negruzco, se acercaban. Con ellas, paulatinamente, también arribaba la noche. Pese a que aún restaban algunas horas para que atardeciera.
Con el corazón sobresaltado, observamos atónitos, como mamá corría de aquí para allá, cerrando postigos, asegurando puertas, guardando palanganas, bajando ropa del tendal, y mil tareas más que realizaba casi corriendo. No se quedó en esos menesteres, sino que luego comenzó a tratar de encerrar en el gallinero a los pollitos, seguramente para resguardarlos de la lluvia, pensamos inocentemente nosotros.
Viendo su nerviosismo y comprobando como el día se iba transformando en noche cerrada y como un viento suave, aunque cada vez más prolongado e intenso, empezaba a soplar, decidimos buscar refugio junto a ella. Fue cuando principiaron a caer las primeras gotas de lluvia, grandes, ruidosas, sobre la tierra reseca donde abrían pequeños cráteres. Mientras en el horizonte, los destellos de truenos vociferaban la furia interna de la tormenta que inexorablemente se aproximaba.
Y no hubo más remedio que abandonar a los pobres pollitos.
-Vamos, adentro de la casa, chicos, rápido -nos suplicó mamá con voz sofocada.
Entramos corriendo a casa, mientras el viento y la lluvia llegaban a toda prisa. Detrás nuestro, pudimos percibir la ira de la tempestad que, descontrolada, se abalanzaba sobre nuestro hogar. Las chapas tronaron a causa del enorme caudal de agua que caía del cielo, en tanto el viento las sacudía sin ningún tipo de piedad.
Al ingresar a casa, mamá ordenó que nos metiéramos bajo la mesa. Sí bien en ese momento no comprendimos por qué, igualmente acatamos lo que había dicho. Nuestras pequeñas mentes, presas de miedo, ya no pensaban, y el alma, desesperada, sólo anhelaba protegerse en el regazo de mamá. Que, igual que nosotros cuatro, también estaba bajo la mesa.
Nos abrazamos a ella. Mi hermano Pedro lloraba. Juana temblaba como una hoja. Luis estaba petrificado a causa del miedo. Y yo sufría en silencio, deseando que todo terminara pronto. Bien o mal, pero que acabara.
El techo de la casa crujió. Pareció agitarse. Como si se abriese y cerrase. Pero eso era imposible.
Mamá sacó el rosario que siempre llevaba en el bolsillo de su delantal gris y empezó a rezar en voz baja. Aunque intentaba disimularlo, advertí que lloraba en silencio. Me di cuenta de ello por el agitar de su cuerpo, ya que era imposible verla, dado la oscuridad que había, pese a que, de acuerdo al reloj, todavía era de día.
Un estruendo colosal nos arrancó un grito a todos. Luego vino un breve silencio y después... desconcertados vimos como el agua del vendaval caía del cielo precipitándose alrededor de la mesa... ¡en la mesa de la cocina! Los truenos retumbaban aterradoramente.
Volvió a escucharse un estruendo. No tan tremendo, es cierto, pero volvió a castigamos en forma demoledora. Gritamos, lloramos... escuchando y adivinando lo que sucedía no sólo alrededor nuestro sino sobre nuestras cabezas, con el techo.
Mamá nos abrazó fuerte, muy fuerte. Seguramente intuía que el primer estruendo que habíamos escuchado tuvo lugar cuando el viento se llevó el techo... y el segundo, una de las paredes de la casa. Lo que significaba que el final podía estar próximo.
Y así fue.
Un trueno desgarró el aire, iluminando espectralmente el lugar, para que pudiéramos observar el destrozo: ya no había techo; la habitación era un caos: trozos de madera, adobe, platos diseminados por doquiera, y la lluvia que caía dentro de la casa como si se hubiera desencadenado el diluvio universal.
Y el viento que no cesaba.
Lloramos. Rezamos. Le imploramos a Dios, pidiéndole perdón si le habíamos ofendido. Lloramos gritando.
Las cosas continuaron derrumbándose. Algún ladrillo de adobe. El aparador que se deshizo bajo el peso de los escombros que seguían cayendo del techo...
Fue tanto el miedo que sentí que no recuerdo lo que aconteció después. No sé sí me desmayé o directamente lo olvidé. Mi memoria se detiene ahí y vuelve a retomar la historia varias horas más tarde, cuando papá, de regreso del trabajo en el campo, ya me había rescatado. Estaba en brazos de abuela. Seguro de que todo había concluido, pregunté por mamá. Todos bajaron la mirada. Papá apartó el rostro. Traté de buscarlo con la mirada, pero desapareció tras la puerta de la cocina, dejándome solo con los abuelos. Intuyendo la respuesta, y próximo al llanto, pregunté por mis hermanos. Abuela comenzó a llorar silenciosamente. Abuelo, sacudiendo la cabeza, también se perdió tras la puerta de la cocina, dejándonos solos a abuela y a mí.

domingo, 29 de enero de 2023

Los regalos que hicieron llorar a la abuela

 La abuela sonrió cuando su nieta le entregó el regalo. Pero fue una sonrisa incómoda. No estaba acostumbrada a recibir obsequios. Nunca supo cómo reaccionar frente a este tipo de demostraciones de afecto. Algo lógico, teniendo en cuenta que ella era de una época en que las demostraciones de cariño eran escasas y nadie regalaba obsequios sofisticados, envueltos en envolturas bonitas, con moños de colores.
La abuela tomó el regalo tímidamente, casi temblando. Pequeñas lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.
La nieta la abrazo fuerte, muy fuerte. La abuela primero no supo cómo reaccionar. Luego, paulatinamente, venciendo sus propios temores y vergüenza, respondió al gesto.
Acto seguido abrió el obsequio. Lo hizo con sumo cuidado, tratando de no dañar ni la bolsa ni el papel.
-Hay que romper, abuela. Trae suerte.
-Me da pena romper el papel. Es tan lindo -se excusó la abuela.
Nieta y abuela abrieron el regalo. Cada una siguiendo su criterio.
De entre la bolsita, el papel y el moño rojo asomaron dos libros, cuyos títulos sorprendieron a la abuela: "La gastronomía de los alemanes del Volga" y "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga", del escritor Julio César Melchior.
Los tomó y los acercó a su pecho. Un cúmulo de recuerdos llenaron su memoria de imágenes. Del pasado llegaron escenas de su madre cocinando comidas tradicionales y de su padre trabajando el campo.
Esta vez fue la abuela quien abrazó a su nieta, emocionada y desbordada por la nostalgia e inmensamente feliz.