Rescata

Para más información pueden comunicarse al WhatsApp: 2926 461373 o al Correo electrónico juliomelchior@hotmail.com

domingo, 28 de julio de 2024

La familia y la aldea alemana del Volga de antaño

Pueblo Santa María, Partido de Coronel Suárez,
Provincia de Buenos Aires, Argentina
 La familia era nuestro universo. La casa paterna, el lugar que nos otorgaba identidad y sentido
de pertenencia. Y la aldea, la comunidad que nos albergaba, un mundo propio, con su cultura, sus costumbres y tradiciones.
Mamá y papá nos educaban, nos enseñaban valores con el ejemplo, nos preparaban para la vida y para ser personas de bien, honestas, trabajadoras y respetuosas de nuestros mayores.
La educación continuaba en la aldea, porque todos teníamos un cúmulo de hermanos, primos y una multitud de parientes, que se visitaban a diario, se preocupaban y ocupaban unos de otros, solidarios entre sí y que en todo momento estaban dispuestos a ayudarse unos a otros.
Y todos, a su vez, integrábamos otra gran familia, que era la comunidad, la aldea en su conjunto, con sus vecinos y amigos, los de al lado, los de la otra cuadra, los de toda la localidad, porque todos nos conocíamos, nos saludábamos de manera cotidiana y compartíamos la vida bajo el cielo de una misma cultura, que nos hermanaba en esta patria argentina.

lunes, 22 de julio de 2024

A 261 años recordamos el comienzo de la historia de los alemanes del Volga

 El 22 de julio de 1763, cuando Catalina II de Rusia firma un Manifiesto invitando a colonizar tierras en las cercanías del curso inferior del Río Volga, empieza a escribirse la historia de los alemanes del Volga, un pueblo que emigró dos veces, del Sacro Imperio Romano Germánico al Imperio Ruso y de allí a América, que mantuvo su identidad cultural, su forma de vida, sus valores y creencias, sus tradiciones y costumbres, su idioma y su fuerte sentido de pertenencia a la comunidad.

La historia de los alemanes del Volga empieza el 22 de julio de 1763 cuando la zarina Catalina II de Rusia firma el Manifiesto invitando a colonos europeos a colonizar un extenso territorio en las cercanías del curso inferior del Río Volga, en el Imperio Ruso, ofreciendo parcelas de tierra libre de impuestos, libertad de practicar su oficio o profesión, exención del servicio civil y militar, autogobierno y el control local de las escuelas, conservación de su idioma y cultura, libertad religiosa, entre otros puntos no menos relevantes.
Un numeroso contingente de emigrantes, principalmente de los territorios que en la actualidad conforman los estados alemanes de Hesse, Renania-Palatinado, Baden-Wurtemberg y Baviera, responden a la convocatoria, embarcando en el puerto de Lübeck, para navegar por el Mar Báltico, rumbo a la ciudad de Oranienbaum, Rusia, para finalmente dirigirse a San Petersburgo, y de allí rumbo al lugar prometido por Catalina II, donde el 29 de junio de 1764 fundan la aldea Dobrinka, tras un largo andar de un año. Atrás quedaba el Sacro Imperio Romano Germánico y delante el futuro, en un territorio en el que todo estaba por hacer.
Los colonos aceptaron emigrar cansados de soportar los frecuentes conflictos políticos, sociales y religiosos, en los que se veían envueltos a causa de la dinámica de las decisiones que tomaban los príncipes y reyes imperiales, a los que estaban obligados a servirles. También buscaron un nuevo horizonte después de las guerras de los Cien Años (que en realidad se prolongó durante 116 años, entre 1337-1453), la guerra de los Treinta Años (1618-1648) y la guerra de los Siete Años (1756-1763), que habían devastado los territorios por el permanente paso de las tropas, que arrasaban con todo, cosechas y alimentos, y dejaban el campo sembrado de muertes, hambrunas, enfermedades, pestes, y sin gente joven para comenzar de nuevo.
En los primeros diez años partieron de la actual Alemania unas 30.000 personas sobreviviendo apenas unas 23.000, como consecuencia de las peripecias que tuvieron que afrontar durante el viaje y lo difícil que fueron los comienzos en tierras rusas, para colonizar los campos inhóspitos, desolados y lejos de las grandes urbes, rodeados de siervos analfabetos, y utilizados como barrera de contención para mantener controlados a las tribus nómades y salvajes que asolaban la región, a pura violación y matanzas, tanto que durante los primeras décadas destruyeron varias aldeas, tomando prisioneros y asesinado a sus habitantes. Un detalle que se omitió mencionar en el Manifiesto de Colonización firmado por Catalina II.
Sin embargo, los colonos supieron sobreponerse a todo ello, y con sacrificio, esfuerzo y trabajo, más un hondo sentido del deber y una profunda fe en Dios y en sus valores culturales, consiguieron salir adelante. Labraron la tierra y en cien años transformaron la zona en una región productora de trigo, una extensión que alcanzó una amplitud mayor a la Suiza actual. Continuaron fundando aldeas y colonias que aportaron mayor progreso y crecimiento, extendiendo las actividades hacia otros sistemas productivos además del agropecuario.
Pero un día su situación cambió radicalmente cuando en 1871 el gobierno ruso les informó que el Manifiesto quedaba anulado, que todo lo que se estipulaba en él quedaba revocado, y empeoró aún más cuando en 1874 se obligó a todos los jóvenes de 20 años a servir en el ejército a lo largo de seis años. Lo que en pocas palabras significaba perder, además de las concesiones que otorgaba el Manifiesto, la identidad cultural. Algo que ellos no deseaban. Por eso, surgió la idea de iniciar la búsqueda de una nueva tierra prometida. Esta vez en América. Dando inicio así, a su segunda y definitiva migración, arribando muchos de ellos a la Argentina, donde fundaron aldeas y colonias en varias provincias, y en la actualidad, 261 años después de aquel lejano 22 de julio de 1763, sus descendientes aún conservan su identidad cultural, sus valores, convicciones y creencias, tradiciones y costumbres, su idioma, y su fuerte sentido de pertenencia a la comunidad. (Autor: Julio César Melchior ).

viernes, 19 de julio de 2024

Probando los inolvidables Kreppel de la abuela

 Aquí está mi hermana degustando sabrosos Kreppel (ver video), de la misma manera que cuando era una niña y se sentaba junto a la abuela y su cocina a leña. Con el mismo aroma y el mismo sabor y también el mismo placer.
Kreppel que elaboró siguiendo el paso a paso de la receta que está publicada en el libro “La gastronomía de los alemanes del Volga”, junto con 150 recetas de comidas tradicionales y fotografías a color.
Para tener el libro en sus manos y cocinar todas esas ricas comidas, pueden enviar un mensaje al WhatsApp 2926461373 o escribir un mensaje al correo electrónico historiadorjuliomelchior@gmail.com

domingo, 7 de julio de 2024

“Es una satisfacción personal por el éxito del libro, pero a la vez también es un suceso comunitario porque nos pertenece a todos”

El escritor Julio César Melchior anunció que ya está disponible una nueva edición del libro “La gastronomía de los alemanes del Volga”, en este caso la 17º.
El escritor de Pueblo Santa María se refirió a esta novedad en una entrevista y dijo que “hace alrededor de 20 años que publiqué la primera edición y la verdad a medida que va pasando el tiempo va tomando más vigor. No solo es una satisfacción para mí, que fui quien investigó y rescató las recetas originales, recuperando varias comidas que ya no se hacían, sino porque marcó el puntapié inicial para que se popularizaran muchas elaboraciones y para que otros escritores a lo largo del país se animaran e hicieran sus propios ejemplares de gastronomía”.
Además, sirvió para que instituciones tengan en cuenta estas comidas típicas cuando organizan eventos, incluidos chefs que consultan e indagan al momento de recibirse en su carrera.
Con el correr del tiempo y de las reediciones se fueron incorporando recetas, “también fotografías y la idea es que este nuevo libro se mantenga fiel, pero algunas cosas nuevas tiene, siendo un preámbulo para quizás a fin de año, o para el 2025, sumarles la historia de cada comida tradicional alemana. Estoy trabajando hace dos o tres años con esto, porque cuesta recuperarlas. Hay que tener en cuenta que han transcurrido más de dos siglos, llegando incluso hasta más allá de la Edad Media”.
“La gastronomía de los alemanes del Volga” contiene más de 150 recetas y abarca un amplio espectro entre comidas, tortas, quesos, cervezas, dulces, encurtidos, entre otras.
“Es una satisfacción personal por el éxito del libro, pero a la vez también es un suceso comunitario porque nos pertenece a todos, ya que se sumaron muchas personas aportando su conocimiento y creando un legado, porque es lo que va a quedar permanente. Sobreviven las recetas y las voces de abuelas y abuelos que ya no están, pero que perduran en este libro, siendo un hecho cultural muy importante” indicó Julio César Melchior.
Todo un camino recorrido desde la primera edición, donde el escritor de Pueblo Santa María construyó amistades y compartió afectos, cosechando elogios y buenos momentos a raíz de esta recopilación de recetas y comidas típicas de nuestros alemanes del Volga.

Entrevista realizada por La Nueva Radio Suarez y publicada en su portal digital.

sábado, 6 de julio de 2024

Las mejores recetas de los alemanes del Volga

Esos sabores y aromas de la infancia que nos quedaron impregnados, para siempre, en algún lugar oculto del alma, allí donde guardamos los más bellos recuerdos de nuestra vida, allí está mamá preparando las sabrosas comidas que comíamos en familia, esas comidas que preparaba sobre la cocina a leña, amasaba sobre la antigua mesa de madera mientras canturreaba una canción traída del Volga por su abuela.
Esos sabores y aromas los podemos recuperar volviendo a cocinar las mismas recetas de mamá, con los mismos ingredientes y la misma manera de prepararlos. Porque ahora se encuentras recopiladas en el libro "La gastronomía de los alemanes del Volga", que reúne mas de 150 recetas tradicionales.
El libro se encuentra impreso en formato papel con fotografías a color de la elaboración paso a paso de las comidas tradicionales. Lo pueden adquirir por este medio ya que no se vende en librerías ni en páginas virtuales. No se pierdan la 17° edición del libro que ya vendió miles de ejemplares. Lo pueden adquirir escribiendo por mensaje privado, por email a historiadorjuliomelchior@gmail.com o por WhatsApp al 2926 461373

viernes, 5 de julio de 2024

Now in English! The gastronomy book of the Volga Germans that rescues more than 150 traditional recipes. The book is about to out of print its seventeenth edition in Spanish. Five years of research by the writer Julio César Melchior

 The book is divided into ten chapters and rescues more than one hundred and fifty traditional recipes of the Volga Germans, compiled by the writer over several years of research.
It contains the recipes and the secret to elaborate traditional menus: typical meals, soups, cakes, breads, jams, cheeses, preserves, beers, wines, liquors and dozens and dozens of other recipes, to elaborate any of the traditional dishes that make up the traditional gastronomy. With images of the most popular dishes.
A book to give as a gift and to be given yourself, to keep and treasure, a book that should not be missing in any kitchen. A work that revalues, rescues, disseminates and keeps alive the gastronomic identity of the Volga Germans.
More information, write by mail: writerjuliocesarmelchior@gmail.com

martes, 2 de julio de 2024

Ya está disponible la 17ma. edición del libro “La gastronomía de los alemanes del Volga “, del escritor Julio César Melchior

 Este libro que hoy se lanza en su 17ma. edición fue el primer trabajo de investigación serio que se publicó sobre la gastronomía de los alemanes del Volga, abriendo el camino para el rescate, la revalorización, la conservación y la difusión de las comidas ancestrales, que con el transcurso de los años generó que muchas recetas no solamente se recuperaran, sino que volvieran a cocinarse y que también muchas instituciones y jóvenes se interesaran en el tema. Siendo que la primera edición vio la luz hace casi veinte años, cuando todavía todo estaba por hacerse y no existía ningún material bibliográfico publicado al respecto en el país. 
Para concretar esta obra, Melchior debió llevar a cabo una investigación que le llevó alrededor de cinco años, en los que tuvo que visitar decenas de hogares para entrevistar personas de edad que todavía conservaban en la memoria las antiguas recetas ancestrales que se cocinaban antaño, en los tiempos fundacionales de las colonias y aldeas. Por eso, este libro no solamente tiene un alto valor histórico y cultural por las recetas que rescata, conservando al pie de la letra cada ingrediente original, sino también porque en sus páginas sobreviven las voces de muchas abuelas y abuelos que en la actualidad ya no están entre nosotros.
El libro está dividido en diez capítulos y rescata más de ciento cincuenta recetas tradicionales: comidas típicas, sopas, tortas, panes, dulces, quesos, conservas, cervezas, vinos, licores y decenas y decenas de recetas más, para elaborar cualquiera de los platos tradicionales que componen la gastronomía de los alemanes del Volga.
Es una obra para regalar y regalarse, para guardar y atesorar, que no debe faltar en ninguna cocina. Que contiene imágenes a color de las comidas más populares.
Un libro que rescata, revaloriza y mantiene viva la identidad culinaria de los alemanes del Volga.

sábado, 29 de junio de 2024

Hoy, 29 de junio, se conmemoran 260 años de la fundación de la primera aldea alemana en la región del Volga

 Para comprender en toda su magnitud el acontecimiento que conmemoran hoy los descendientes de alemanes del Volga hay que situarse en una época signada por las interminables guerras que asolaban de manera cotidiana a los campesinos y aldeanos de Europa, sobre todo a los del Sacro Imperio Romano Germánico, la Guerra de los cien años (1337 - 1453), la Guerra de los 30 Años (1618 – 1648) y la Guerra de los 7 Años (1756 - 1763), que dejaron los territorios devastados por la miseria, la pobreza, el sufrimiento y la muerte, sin esperanza en un futuro mejor, sin hombres jóvenes para sembrar los campos, levantar las cosechas y realizar los trabajos agrícolas para volver a empezar. Además, el Sacro Imperio Romano Germánico se encontraba en crisis, con graves problemas sociales y económicos, como asimismo en un estado de inestabilidad política. Esto llevó a que centenares de familias migraran al Imperio Ruso enfrentando la dificultad de tener que recorrer enormes distancias en precarios buques, carros tirados por caballos y a pié, enfrentando climas hostiles, de nieve y fríos extremos, sin posibilidad alguna de poder regresar al hogar ni arrepentirse una vez iniciada la marcha. Es en ese contexto que un grupo de migrantes fundaron el 29 de junio de 1764, la primera aldea en cercanías del río Volga, en una extensa y desolada estepa en la que todo estaba por hacerse, en el vasto Imperio Ruso, dando inicio a una colonización que no sólo dejó su huella en el tiempo sino que modificó para siempre el destino de varias generaciones de familias, que fundaron aldeas, construyeron iglesias, levantaron escuelas, forjando una sociedad y una cultura, haciendo surgir un vergel donde solamente había estepa y desolación. Una historia que luego, más de cien años después, continuaron sus descendientes en la República Argentina.

Un poco de historia

La historia de los alemanes del Volga comienza en 1763, cuando un grupo de familias, respondiendo al Manifiesto lanzado por Catalina II La Grande, parten, principalmente de los territorios que en la actualidad conforman los estados alemanes de Hesse, Renania-Palatinado, Baden-Wurtemberg y Baviera, a colonizar tierras del bajo Volga, embarcando en el puerto de Lübeck, para navegar por el Mar Báltico, rumbo a la ciudad de Oranienbaum, Rusia, para finalmente dirigirse a San Petersburgo. Donde se encontraron con la primera violación del Manifiesto, al enterarse que todos debían dedicarse a la agricultura, sin importar su profesión de origen (había farmacéuticos, médicos, abogados, ingenieros, maestros, zapateros, herreros, panaderos) y que debían rendir fidelidad a la Corona. Desde donde se dirigieron al bajo Volga.
La comitiva buscaba un nuevo horizonte escapando de los conflictos religiosos y las sucesivas guerras, la de los Cien Años (que en realidad se prolongó durante 116 años, entre 1337-1453), la guerra de los Treinta Años (1618-1648) y la guerra de los Siete Años (1756-1763), que habían dejado los territorios devastados por el permanente paso de las tropas, que arrasaban con todo, cosechas y alimentos, y dejaban el campo sembrado de muertes, hambrunas, enfermedades, pestes, y sin gente joven para comenzar de nuevo.
En los primeros diez años partieron de la actual Alemania unas 30.000 personas y como consecuencia de las inhumanas peripecias que tuvieron que afrontar durante el viaje, solamente consiguieron llegar a destino unas 23.000. El resto quedó al margen del camino, bajo una tumba cubierta de nieve y una cruz de madera señalando su ubicación final. Una muerte dolorosa, de frío, hambre y enfermedades.
Tardaron aproximadamente un año en realizar todo el recorrido, desde su tierra natal, en el Sacro Imperio Romano Germánico, hasta llegar a la tierra prometida, en la región del bajo Volga.
Allí los esperaba una desagradable sorpresa: Catalina II no solo los había escogido para colonizar los campos inhóspitos, desolados y lejos de las grandes urbes, rodeados de siervos analfabetos, sino también como barrera humana de contención para mantener controlados a las tribus nómades y salvajes que asolaban la región, a pura violación y matanzas.
El 29 de junio de 1764 fundaron la primera aldea, que llamaron Dobrinka, (en alemán, Moninger) acontecimiento que se conmemora hoy.
Una historia que luego, más de cien años después, continuaron nuestros abuelos en la Argentina.

lunes, 10 de junio de 2024

La antigua bomba de agua

 Con la bomba se sacaba desde el fondo de la tierra el agua que precisaba la familia para llevar a cabo todas sus labores. Instalada al frente de la casa era la proveedora del agua que se utilizaba tanto en los quehaceres domésticos, vinculados al normal funcionamiento interno de la vivienda, como así también a las labores externas, que estaban asociadas a tareas que tenían que ver con el trabajo de la tierra.
El agua se extraía bombeando con ímpetu, llenando grandes baldes que luego resultaban pesados para trasladarlos al lugar donde se necesitaba. Porque esta tarea de bombear y trasladar los baldes no solamente la desarrollaban mamá y papá sino también los niños. Como es sabido, antiguamente toda la familia debía aportar su esfuerzo y trabajo para sostener la economía familiar.
Yo tenía nueve años cuando tuve que comenzar a ayudar a regar la quinta. Tenía que llenar baldes de casi veinte litros bombeando con fuerza y después llevar el agua a más de cincuenta metros donde estaba instalada la huerta. Mis hermanos y yo íbamos y veníamos una decena de veces hasta concluir la tarea, que había que desarrollar a la mañana temprano y al atardecer, recuerda don Federico.
Sin embargo, eso no era todo. También tenía que acarrear agua cuando mamá los lunes a la mañana lavaba la ropa de toda la familia, que era muchísima. Lavaba mamá y una de mis hermanas. Con la tabla de lavar y jabón casero. Se necesitaba muchísima agua. Primero para lavar la ropa y luego para enjuagar. Los brazos le quedaban entumecidos de tanto bombear y de llevar y traer los grandes baldes llenos de agua, continúa recordando don Federico.
Dentro de la casa también se tenía que llevar muchísima agua porque en aquel tiempo nadie tenía agua corriente ni canilla ni nada de eso. Imagínense ustedes acarrear toda el agua que se utiliza en la cocina: lavar las verduras, llenar las ollas para la cocción de las mismas, lavar los platos, lavar el piso, limpiar la cocina a leña; más toda el agua que se utiliza durante el día para preparar el desayuno, el mate, la merienda, y muchas otras rutinas que hacen al normal funcionamiento del hogar. Y ni que hablar los sábados cuando todos se bañaban y había que llenar esos enormes fuentones que utilizábamos como bañeras, acota don Federico.
Hechos cotidianos que nos muestran a las claras que la vida no era sencilla.
La vida cotidiana en las aldeas, las costumbres y tradiciones que identificaron a sus habitantes, lo que mantuvieron inalterable por siglos a pesar de las vicisitudes, de los problemas y pruebas que debieron afrontar, lo que conservamos hoy en día y nos identifica como descendientes de los alemanes del Volga lo relato en mi libro "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga", un libro que consta de dos partes: la primera parte recopila lo antes mencionado y la segunda parte contiene fotografías de época que retratan la primera parte en imágenes. No se vende en librerías. Lo envío a domicilio por correo. Mas información se pueden comunicar por email a historiadorjuliomelchior@gmail.com.

lunes, 27 de mayo de 2024

El inolvidable Brummer (Prumer)

 Cuando éramos niños le pedíamos un botón grande, de saco o sobretodo, a mamá, a papá un trozo de hilo resistente, y con esos dos elementos construíamos el Brummer (zumbador): enhebrábamos el botón con los dos extremos del hilo, cuyas puntas cerrábamos con un nudo. Hecho esto, tomábamos el hilo por los extremos, manteniendo el botón en el centro, y lo hacíamos girar. A más velocidad, más ruido.
Hasta ahí el juego. Casero, original e inocente. Luego, para algunos varones traviesos, venía una etapa adicional. Acercarse por detrás a una niña con cabello largo para que el Brummer, girando a toda velocidad, se enrede en su pelo. Hubo casos en que fue imposible desenredar la cabellera. La niña directamente tuvo que cortarse el cabello para sacarse de la cabeza el objeto. Más de un varón pagó caro semejante ocurrencia. Primero un sermón, después una furibunda paliza con la alpargata y finalmente, una penitencia de varios días.

Un libro único en su género, BILINGÜE con todos los juegos, adivinanzas, salutaciones festivas, canciones de cuna e infantiles, costumbres y las etapas desde el nacimiento hasta la adolescencia en español y el dialecto de las aldeas y colonias. El libro "La infancia de los alemanes del Volga" un libro imperdible para rememorar, conocer, valorar y revivir la etapa más linda de la vida de nuestros ancestros. No lo dejen de leer! Información: WhatsApp: 011 2297 7044.

Los colchones de lana

 La abuela Ana recuerda que “mucha gente me traía la lana de oveja ya lavada, limpia, para hacer un colchón. Yo la escardaba, separaba la lana, la aireaba y una vez que la tenía suelta y suave, comenzaba a armar el colchón, lo cosía con agujas largas, especiales para esa tarea, para pasar el hilo desde un lado hacia el otro, con la ayuda de un dedal. Esta labor llevaba varios días con muchas horas de trabajo y mucho esfuerzo, porque era pesado dar vuelta el colchón a medida que lo iba terminando.
Además de hacer colchones nuevos, la gente me traía colchones que tenía que abrir para lavar la lana apelmazada para volver a recuperarlo, es decir, con la misma lana realizar uno nuevo.
También hacía acolchados, los famosos acolchados de lana que antiguamente tanto se usaban en las aldeas de los alemanes del Volga. Que eran pesados pero que tanto abrigaban” -afirma.

domingo, 19 de mayo de 2024

Pan casero con manteca y miel

 En nuestra niñez no había placer más grande que visitar a la abuela para comer el pan casero que horneaba en la cocina a leña, un pan grande, alto, esponjoso y suave que ella después untaba con abundante manteca casera y miel. Por supuesto acompañado de un mate cocido o un té con leche. Placeres que hoy nos parecen cotidianos y pequeños pero que, sin embargo, son inmensos como irrecuperable aquel tiempo vivido. Porque abuela ya no está, tampoco su pan ni la manteca casera, la miel en la actualidad ya no tiene el mismo sabor, y su cocina a leña vaya uno a saber dónde fue a parar cuando ella murió, hace ya bastantes años.

miércoles, 15 de mayo de 2024

Así vivían los alemanes del Volga las tradicionales carneadas

 El ritual de las carneadas para consumo familiar empezaba casi de madrugada, cuando se encendía un gran fuego para calentar el agua que se iba a usar para limpiar el cerdo y todos se aprestaban para la faena preparando, cada uno, sus utensilios, herramientas y elementos de trabajo. La actividad era ocasión propicia para reunir a familiares, amigos y vecinos, que se acercaban a la casa a colaborar, transformando la carneada, que duraba dos o tres días, en un gran encuentro social, con música incluida, y suculentas comilonas. Nadie se negaba a aportar su granito de arena, porque el trabajo era mucho y debía llevarse a cabo durante un fin de semana, para no interferir en las labores rurales. Además, era una costumbre establecida, que todos los que ayudaban, se llevarán como obsequio carne y morcillas y chorizos para probar. El proceso de la carneada comenzaba varios meses antes, cuando la familia adquiría un lechón, que era criado en el chiquero, que el padre construía en el fondo del patio con maderas y alambre tejido, generalmente en desuso, y era alimentado con las sobras y desperdicios de los alimentos que se consumían en el hogar y, ocasionalmente, se le agregaban cereales o forrajes que se obtenían de algún chacarero conocido. Cuando el animal alcanzaba la mayoría de edad y el peso deseado, entre los doscientos kilos, un poco más, un poco menos, se tomaba la decisión de sacrificarlo, junto con un vacuno que se compraba para ese menester, para abastecer los sótanos de chorizos y jamones para pasar los crudos y fríos inviernos.
Generalmente la carneada se llevaba a cabo durante un fin de semana, para evitar que la misma interrumpiera el normal desarrollo de las actividades rurales, y participaban no solamente todos los integrantes de la familia sino parientes y vecinos.
El cerdo se degollaba con precisión, insertando el cuchillo en medio de la unión de la cabeza y el cuello, para lograr el desangrado. La sangre se recogía en un recipiente, que se colocaba debajo de la incisión, sin dejar de removerla para evitar que se cuaje. La misma se utilizaba elaborar la morcilla negra o Blutwurst.
Una vez muerto el animal, se procedía a colocar el cerdo sobre una mesa para escaldarlo o pelarlo, es decir, quitar con abundante agua hirviendo, raspando con cuchillos y, a veces, la ayuda de otros utensilios, los pelos que recubren la piel hasta dejarla totalmente lisa y limpia.
El paso que seguía es el desposte, que no es otra cosa que descuartizar el cerdo clasificando y separando los diferentes cortes de carne de acuerdo al uso que se le iba a dar, por ejemplo, entre muchos otros, las patas para elaborar el jamón, y buena parte de las vísceras, el hígado, los riñones y diversos elementos de la cabeza del cerdo (como la lengua), que se cocinaban para formar parte de las morcillas, blanca y negra, y el queso de chancho. Porque todo se aprovechaba. Nada se tiraba.
Finalizado el proceso de fragmentación comenzaba el deshuesado (minucioso trabajo de limpieza de los huesos), cortando la carne en trozos pequeños para luego pasarlos por la picadora, condimentarlos en base a una receta que cada familia mantenía en riguroso secreto, y amasarlos con las manos en una enorme batea construía de madera, y empezar a elaborar los chorizos, sin olvidar que también se le agregaba carne de vaca a la preparación con la que se hacían los chorizos para secar, porque conjuntamente con el cerdo, también se carneaba un vacuno.
El armado de los chorizos se llevaba a cabo con tripas (generalmente de vaca) y una máquina que se llama embutidora. Las tripas son de varios metros, estas se cortan para dar el tamaño de rosca o chorizo.
Terminada la faena, los chorizos para secar, la morcilla negra, la morcilla blanca y los jamones, se colgaban del techo de los sótanos o en galponcitos especialmente acondicionados para este menester.
Además de todos estos clásicos embutidos, también se elaboraba Kalra y se derretía grasa, que luego era guardada para preparar la comida a lo largo del año, y los chicharrones obtenidos de su derretido, se incorporaban en el amasado de pan que se horneaba en la cocina a leña o en el horno de barro. Con la grasa, asimismo, se cocinaba jabón para lavar y que, en definitiva, se usaba para todos los quehaceres domésticos.
Lo habitual era que las familias carnearan dos veces al año pero, también había, pocas, es cierto, que lo hacían tres veces al año.
Si bien es cierto que esta costumbre se ha ido perdiendo, también es cierto, que en muchas colonias y aldeas, como en muchos campos, todavía se conserva y de desarrolla tal cual como en los viejos tiempos.

sábado, 11 de mayo de 2024

Pueblo Santa María y su gente, en el día de su aniversario (descendientes de alemanes del Volga)

 Hoy cumple años la localidad donde nací. Un pueblo con estilo e identidad propia. Donde nos saludamos cuando nos cruzamos en la calle y conversamos cosas privadas y de la vida misma, cuando nos encontramos en la panadería o en la carnicería.
Hablamos de todo y de todos. Porque todos nos conocemos desde el día que nacemos y todos nos preocupamos por todos. Nos ayudamos mutuamente, colaboramos cuando alguien nos necesita y siempre estamos dispuestos a poner el hombro. Somos un pueblo solidario y un pueblo que valora el trabajo y el esfuerzo familiar y en equipo. Sabemos que juntos, unidos, es más sencillo concretar proyectos que, a priori, parecen imposibles. Por eso somos un pueblo con grandes instituciones, grandes ediliciamente y también grandes en el número de personas y familias que participan de las actividades y que no escatiman esfuerzos cuando hay que trabajar y recaudar fondos para hacerlas mejorar y crecer. Instituciones culturales, educativas, deportivas y sociales que nos definen como comunidad. Todas con una dilatada trayectoria y un enorme prestigio construido a lo largo de años de exitosa actividad. Un prestigio que excede lo local e incluso lo regional.
Somos un pueblo de grandes personas y mejores familias. Un pueblo donde se valora la educación, el respeto, la honradez, el esfuerzo para crecer y el trabajo para progresar. Donde todavía podemos dormir con las puertas abiertas y nuestros hijos pueden jugar al fútbol en la calle. Donde todavía, también, se pueden oír a nuestras madres conversando en alemán, cuando se reúnen en la vereda para charlar y contarse las novedades del día, luego de barrer las hojas y dejar todo pulcramente limpio. O se puede escuchar a los hombres jugando a los naipes o a los Koser y contando chistes en la lengua de nuestros ancestros. Y también, como antaño, como siempre, en los atardeceres, se puede oír el sonido de algún acordeón. Ese mismo acordeón que aún anima fiestas familiares o se convierte en el centro de atracción de eventos multitudinarios.
Somos un pueblo que rescata y valora sus tradiciones y conserva sus costumbres. Un pueblo que le rinde homenaje a sus ancestros cotidianamente, siendo fiel al legado cultural que nos dejaron, y manteniendo vigentes las fiestas típicas, las comidas tradicionales y la lengua, que nos identifican como hijos de descendientes de alemanes del Volga.
Por todo ello, vaya un saludo fraterno a mi gente, a todas esas personas sencillas que trabajan a diario para mantener a sus familias, para educar a sus hijos, para hacerlos estudiar, para darles un futuro mejor; a toda esa gente que se esfuerza y trabaja con solidaridad para ayudar al prójimo; para toda esa gente que dedica tiempo y espacio no solo para integrar las comisiones que organizan eventos para recaudar fondos, sino también a toda esa gente que participa de las actividades que se llevan a cabo con el objetivo de hacer crecer y progresar a esas mismas instituciones, siempre pensando en un fin comunitario y social.
Y también para toda esa gente que trabaja denodadamente en todos los ámbitos de la vida comunitaria, en la educación, en el servicio de salud, en los diferentes centros y talleres, en el deporte, en las actividades recreativas, y a todos aquellos que aportan su invalorable labor y tiempo para rescatar, conservar y difundir nuestra historia y nuestra cultura.
Por todo ello, ¡Feliz cumpleaños, Pueblo Santa María!

domingo, 5 de mayo de 2024

Cómo llenaban los sótanos y aprovisionaban las despensas los alemanes del Volga

En el Volga, en Rusia, los inviernos eran largos, demasiado largos y las temperaturas excesivamente bajas. Generalmente el crudo invierno se prolongaba durante cinco interminables meses, los ríos se congelaban y el campo estaba cubierto de nieve. Por lo que se puede pensar que eran escasas las tareas que se podían realizar durante ese tiempo. Sin embargo nuestros ancestros tenían una ardua tarea por realizar durante esos meses, porque la vida cotidiana continuaba. Había que proteger a los animales y alimentarlos. Seguir ordeñando a las vacas. Reparar y preparar todos los enseres para las futuras tareas de roturar la tierra y sembrarla. De la misma manera que cuidar e ir reparando cada cosa que se rompía o requería algún arreglo dentro de la casa, en los establos o galpones. En todas estas tareas se abocaban por igual hombres y mujeres sin distinción de género.
Por eso durante el verano el tiempo se aprovechaba al máximo para hacer producir la tierra que cada colono poseía. Mientras los hombres trabajaban los campos las mujeres y niños se abocaban a realizar grandes huertas, en las que sembraban todo tipo de verduras y hortalizas, cuya producción luego se transformaba en conservas y encurtidos, que iban a parar a los sótanos que cada casa tenía. En los sótanos también se estibaban verduras que podían conservarse a lo largo de todo el año. También se envasaban y conservaban frutas. Las mujeres y los hombres, cada uno en su menester trabajaban para aprovisionarse para el invierno. Porque de esa provisión dependía sobrevivir durante los cinco meses de bajas temperaturas y nieve. Cuando mirar por la ventana era ver un horizonte blanco o días y días donde salir al patio era imposible por la cantidad de nieve acumulada.
Esa costumbre de estibar productos de la huerta en los sótanos continuó aquí en la Argentina durante muchísimos años. Así es como al descender al sótano durante el invierno uno podía encontrar Chucrut, bolsas de papa, cebolla, chorizos secos colgando del techo, frutas envasadas en grandes frascos y una amplia variedad de encurtidos y conservas que sería larguísimo de mencionar.
Andando el tiempo y dependiendo de la economía de cada familia, la costumbre prosiguió pero con algunas variantes. Familias con inmensos sótanos para guardar su producción y otras con apenas un rudimentario Schepie. Diferentes lugares para guardar los productos pero la misma costumbre y la misma tradición. 

jueves, 2 de mayo de 2024

Viajar es la forma más espectacular de conocer, aprender y sentir

 El objetivo de todo escritor es que sus libros lleguen y habiten en las bibliotecas de cada hogar, que difundan las historias, que siembren semillas de curiosidad y sus frutos sean el saber, que todos los atraídos puedan leerlos, que los disfruten la mayor cantidad de lectores posibles ya sea en soledad o junto a sus seres queridos. Que sean un legado para la posteridad. Que atesoren en sus páginas las vidas que han pasado por este suelo y sean eternas.
Por tal motivo y con el anhelo de que mi trabajo literario pueda llegar a cada rincón del planeta en donde se encuentre un ávido lector de la historia y cultura de los alemanes del Volga es que desde el 1 al 15 de mayo les acerco la oportunidad de poder adquirir dos libros sobre los alemanes del Volga, una forma de viajar a través del tiempo, aprender y conocer el legado ancestral. Ellos son “Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga”, que consta de dos partes; la primera es una recopilación de costumbres, tradiciones, vivencias, historias de vida, relatos de la vida cotidiana en las aldeas y colonias, y la segunda parte es un archivo histórico fotográfico de época que retrata y rescata en imágenes la vida de nuestros ancestros. El segundo libro “La infancia de los alemanes del Volga” es un libro bilingüe, en español y el dialecto traído desde el Sacro Imperio Romano Germánico, conservado en Rusia y hablado actualmente en algunas aldeas y colonias de la Argentina, con canciones de cuna que arrullaron a los bebés y fortalecieron el vínculo entre la madre y el niño, las canciones de la niñez, los juegos que jugaron los por aquellos días niños y niñas y con los cuales aprendieron a ser adultos y concretar sus sueños. Las salutaciones tradicionales de las fechas festivas que marcaban todo un acontecimiento social, religioso y familiar muy importante para esos momentos, la etapa escolar con sus derechos y obligaciones como así también la actividad en el hogar, la sociedad y la familia. Estos dos libros a $24.000 finales. Historia, costumbres y tradiciones que marcaron varias generaciones y que son las raíces de los actuales descendientes. Un paso más cerca de todo apasionado lector de conocer sus orígenes. Los pueden adquirir escribiendo al correo electrónico writerjuliocesarmelchior@gmail.com.

miércoles, 1 de mayo de 2024

En el Día del Trabajador, homenaje a nuestros abuelos alemanes del Volga

Trabajadores de la tierra,
peregrinos del surco:
sembraron trigo
y cosecharon pan.

Regaron la huella del arado
con el sudor de sus frentes,
legando a sus descendientes
la cultura del trabajo.

Levantaron aldeas y pueblos,
iglesias y escuelas,
educaron en la fe
y con el ejemplo.

Con sus manos amasaron el pan,
fabricaron arados y cruces.
Sembraron hijos y sueños
en la vastedad de la pampa argentina.

Fueron nobles campesinos,
chacareros, estancieros, peones,
bajo el sol de la Divina Providencia
y la certeza de sus convicciones.

¡Honor y gloria a los trabajadores
alemanes del Volga!

sábado, 27 de abril de 2024

Las mujeres alemanas del Volga eran excelentes costureras

Fotografía de: lanuevacronica.com
 Las mujeres alemanas, además de ocuparse de los quehaceres domésticos, la crianza de los
hijos, las tareas en la huerta y trabajar a la par del hombre en las labores agrícolas, también tenían a su cargo la confección de la ropa que usaban todos los integrantes de la familia.
Generalmente cosían durante la noche, a la luz de las lámparas, después de dar por terminadas las labores diarias, cuando los maridos fumaban sus pipas y los niños realizaban sus tareas escolares.
Su creatividad e ingenio eran grandes como asimismo era enorme su capacidad para aprovechar todas la telas que tenían a mano, como la tela blanca de las bolsas en las que se compraba el azúcar, la tela de arpillera, por citar solamente unos pocos ejemplos. Lo mismo sucedía con las prendas que quedaban chicas o ya estaban demasiado remendadas. Todo se transformaba.
Las mujeres aportaban muchísimo a la economía del hogar, tanto por lo que producían con su trabajo como por lo que ahorraban cuidando el dinero. Sobre sus espaldas descansaba el hecho de que una familia pudiera progresar y salir de la pobreza.

jueves, 25 de abril de 2024

Día del Autor: Julio César Melchior hizo un recorrido por sus años de trabajo y removió sus recuerdos

El escritor profundizó, en La Nueva Radio Suárez, en un repaso sobre sus once títulos en 31 años de trabajo, siempre en el marco del Día del Autor celebrado el pasado martes.

En principio, señaló que cada uno de sus libros se asocia a un momento de su vida, siendo los de historia ejemplares que lo atravesaron desde un aspecto más personal porque requirieron de intensas investigaciones sobre los alemanes del Volga.
"Miro hacia atrás y recuerdo cómo y porqué escribía esos libros" dijo el entrevistado, quien afirmó que cada escrito tiene siempre mucho que ver con el estado personal del escritor.
En ese sentido, consultado por cuál es su libro predilecto, hizo mención del gastronómico, por ser el más popular, y "La vida privada de la mujer alemana del Volga", por toda la investigación que requirió y el interés que despertó.
En ese punto, Melchior anunció que está próximo a lanzar la edición 17 del libro gastronómico: "Hay muchos que se vendieron a nivel internacional y también interesan por fuera de los alemanes del Volga" expresó el autor, anticipando además, que está trabajando en su nuevo libro gastronómico: "Con más o menos ímpetu, estoy trabajando en proyectos" dijo, no sin antes mirar hacia atrás y pensar en el Julio César Melchior que recién se iniciaba en las letras: "Cuando lancé el primer libro  me querían hacer una entrevista y no quería saber nada. Pasaron muchos años hasta la primera. Era muy tímido y me costaba mostrar mi trabajo. Tuve suerte porque gustó lo que hacía y porque mi hermana Claudia difundió y se encargó de la comunicación", proponiéndole al joven Melchior confiar más en sí mismo: "La gran diferencia entre ambos Julios es que en aquel tiempo me faltaba creer más en mí" cerró el escritor de Pueblo Santa María.

martes, 23 de abril de 2024

Las inolvidables sopas de abuela

 Hasta no hace tantos años preparar y tomar sopa era toda una ceremonia que comenzaba muy temprano a la mañana cuando abuela ponía una olla grande con abundante cantidad de agua a cocinar sobre la cocina a leña, la idea era que las legumbres estuvieran bien cocidas, porque la sopa podía ser de arvejas o porotos, ambos productos cosechados en la quinta lo mismo que las verduras, papas, zanahorias, trozos de zapallo, acelga, perejil, repollo, choclo, apio, ajo, cebolla, puerro, entre otras, a lo que se le agregaba una buena cantidad de carne que también debía estar bien cocida. Estos ingredientes no se arrojaban dentro de la olla todos a la vez, sino que el proceso estaba bien cronometrado por la abuela, había un tiempo para las legumbres, otro para la carne, otro para las verduras duras, otro para las verduras de cocción más rápida. Lo mismo que ella controlaba con precisión para que la sopa, al hervir, no desbordara la cacerola ensuciando la cocina a leña. Aunque esto muchas veces era inevitable. La casa se llenaba de aroma a hogar.
Al mediodía todos sentados alrededor de la mesa grande de madera esperaban ansiosos que abuela nos sirviera un abundante y caliente plato de sopa que, obviamente, también llegaba con fideítos caseros, amasados por ella y cortados muy finitos que eran una delicia.
Saboreada la sopa llegaba la enorme fuente llena de verduras y carne que abuela colocaba en el centro de la mesa. De más está recordar que las verduras y la carne que sobraba se cortaba en trozos relativamente pequeños para preparar lo que muchos llamaban “ropa vieja”, una especie de ensalada de papa con verduras y carne. A la que se le agregaba mayonesa casera.

martes, 16 de abril de 2024

Las mujeres trabajaban a la par del hombre

Pintura de Jules Dupré
 La vida de una familia nunca fue fácil en las aldeas de antaño. En la lucha cotidiana por la supervivencia en una época en que todo era muy, muy difícil, en la que no sobraba nada, las mujeres estuvieron comprometidas desde un comienzo no solamente con todas las tareas hogareñas, que eso implicaba, desde la cocina hasta la crianza, la educación y formación de los hijos sino también aportando mano de obra en todas las labores agropecuarias, trabajando a la par del hombre, realizando tareas que muchas veces las sobrepasaban, siendo en no pocas oportunidades los verdaderos pilares sobre los que descansaba todo el peso del hogar.
Por eso, si realizamos una mirada retrospectiva, podemos observar a mujeres caminando detrás del arado mancera, arando, sembrando, y hasta participando en la recolección del trigo, sobre todo si estas eran viudas y tenían a su cargo varios hijos. También podemos verlas ordeñando a muy tempranas horas de la madrugada junto a su marido y a sus hijos, hachando leña, trabajando la huerta con la pala, regando la quinta llevando grandes baldes de agua, criando gallinas y decenas de tareas más.

La abuela haciendo tradicionales Kreppel

 Ana amasaba. El delantal salpicado de harina. El rostro húmedo de sudor. Experta en el uso del palote. Dejó la masa sobre la mesa y fue en busca de la sartén y la grasa, para ponerla a derretir sobre la cocina a leña.
Estiró la masa. Apretó con el palote. Una vez. Dos. Tres. Por fin se decidió a cortarla. Realizó una profusa cantidad de rectángulos de unos quince por veinte centímetros, quizás un poco más y lentamente los fue friendo en la sartén, dentro de la grasa caliente.
Una vez listos, los retiraba con un tenedor, los colocaba en una fuente y los espolvoreaba con abundante azúcar.
Concentrada, canturreaba una antigua canción de cuna que aprendió de su madre.
-Schlaf, Kindie, Schlaf, der Bape it die Schaf…
El reloj de la pared señaló las seis de la mañana.
Fuera estaba oscuro. Era invierno. Hacía frío. Dentro de la cocina ardía una lámpara a kerosén y la cocina a leña.
Los niños y su marido ordeñaban las vacas en el tambo. De un momento a otro llegarían para desayunar.

lunes, 15 de abril de 2024

Tostando semillas de girasol para las noches en familia

Era costumbre en las aldeas que las abuelas tostaran semillas de girasol en el horno de la cocina a leña para que los integrantes de la familia las tomaran a manos llenas de la fuente y las metieran en los bolsillos para comerlas durante el día, era todo un arte meter una semilla en la boca, partirla en dos con los dientes y mientras se escupía la cáscara, masticar la pepita para luego tragarla con deleite. Había quienes
eran sumamente veloces haciendo esto.
Pero la tradición no terminaba ahí, porque en las aldeas de antaño era costumbre que las abuelas llevaran una de estas fuentes cuando, durante las noches, después de cenar, iban de visita a la casa de un familiar o amigo. Allí, mientras la fuente iba pasando de mano en mano para que cada uno retirara un puñadito de semillas, los que estaban reunidos conversaban de temas que hacían a la vida cotidiana. Las mujeres hablaban sobre sus labores diarias, compartían confidencias, algún rumor sobre un nuevo noviazgo o embarazo, mientras los hombres dialogaban sobre temas que concernían a sus labores rurales, la marcha de la arada, los nacimientos de los terneros, la futura cosecha y, por qué no, también opinaban tangencialmente sobre algún rumor que les interesaba.
Los niños, sin poder participar de las conversaciones de los adultos, estaban en lo suyo. Si era verano, en el patio jugando juegos tradicionales y cometiendo travesuras sin que los adultos se enteraran. Si era invierno, todos en la cocina jugando a la payana o a otro juego típico de la época, pero sin armar demasiado alboroto, porque sabían que si lo hacían la reprimenda iba a ser severa.

lunes, 8 de abril de 2024

Ir a la escuela en sulky

 El sulky es un pequeño carruaje, por lo general para dos pasajeros, que se utilizaba como una forma de transporte rural, ponderado por su sencilla construcción, escaso peso, de dos ruedas grandes, y tirado por un sólo caballo.
"Versátil, fuerte, liviano, de costo accesible y relativamente cómodo, sirvió tanto para afrontar un largo viaje como para llevar cada día los chicos a la escuela. Su único motor era un caballo, por lo general un animal de silla, que por su mansedumbre había sido iniciado en el arte del buen tiraje con el mismo sulky. -cuenta Alberto Martín Labiano.
Muchos niños alemanes del Volga asistieron a la escuela transportados por un sulky, mientras sus padres trabajaban de puesteros o peones en un establecimiento rural solitario, ubicado en algún lugar perdido en la inmensa pampa argentina. Viajaban con las piernas protegidas con una gruesa manta a causa de las heladas, durante los crudos inviernos, y las cabezas cubiertas con una lona, fabricada con arpillera o algún otro material sobrante de la chacra, para guarecerse de la lluvia, durante los trayectos que solían representar varias leguas, entre la ida y el regreso.
Motivo por el cual muchos de aquellos niños, sobre todo las niñas, no cursaron más allá de segundo o tercer grado. Como mi abuela y sus hermanos, que recuerdan que su madre dejó de enviarlos a clase porque sentía mucha pena verlos regresar de la escuela ateridos de frío, las manos y las orejas coloradas, casi violáceas.
Son historias cotidianas que pueden leerse en mis libros "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga" y "La infancia de los alemanes del Volga".
Asimismo el sulky era utilizado para otros menesteres, sostiene Alfonso Millenpeier.
Rememora que "se usaba para realizar las compras en los pueblos o en la estación de trenes, en las grandes cooperativas y los almacenes de ramos generales, también para ir de visita los domingos, cuando las familias que trabajaban cerca, los esperaban con una fuente llena de girasoles recién tostados en la cocina a leña, mate y Dünnekuchen".
Seguramente muchos de mis lectores atesoran sus propias vivencias, imágenes y recuerdos ligados a este noble transporte.

lunes, 1 de abril de 2024

¿Se acuerdan de las bromas del primero de abril?

 El 1º de abril es para los alemanes del Volga “el día de las bromas pesadas”, una fecha similar a la conmemoración del día de los Santos Inocentes.

En la jornada de hoy se realizaban bromas sin ton ni son, que concluían con la inolvidable frase "der erste April schicken wir die Narren wohin wir wollen" (lo que significa: “El 1º de abril mandamos a los tontos donde queremos”).
De esta manera se inventan pesadas bromas en las que se mandaba a los familiares y amigos a hacer o buscar determinada cosa que no existe o no es tal.
¡¡¡Por eso, amigos, cuidado con las bromas!!!

Costumbres y tradiciones que marcaban la vida de nuestros ancestros, nuestra historia y cultura, nuestra identidad, nuestro legado ancestral, nuestra gente y sus raíces, en definitiva nuestra idiosincrasia que debemos conservar y perpetuar para no perdernos en tiempo, todo está rescatado, revalorizado y perpetuado en los libros del escritor Julio César Melchior, que se envían a todo el mundo y se disfrutan por siempre en familia. Los pueden pedir por email: historiadorjuliomelchior@gmail.com.