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martes, 21 de enero de 2014

Hoy quiero volver a casa...


Quiero entrar por la puerta de siempre, la que se abre a todos mis recuerdos y a todo lo que un día sentí. Y a lo que un día fui.
Esa que al abrirla, te recibe con el olor familiar, el olor de antes, el de siempre. El que te envuelve y te hace volver atrás en el tiempo aun cuando estás con los ojos abiertos mirando detenidamente cómo ha cambiado todo desde la última vez que estuviste allí.
Y a ti te parece que fue ayer. Es posible detener el tiempo indefinidamente en el lugar exacto que nos hizo tan felices y no dejar que nada cambie en realidad. Porque cuando atraviesas la puerta de siempre, todo está como lo dejaste. Como tú has querido que permanezca.
Es algo tan cálido y reconfortante que te preguntas cómo es que has podido permanecer lejos tanto tiempo. Permanecer fuera de esas paredes donde te sientes protegida de todo y de todos, donde las penas se pasan con una taza de café caliente y los dolores se olvidan arropada con una manta frente a la cocina a leña. Donde siempre hace un calor agradable y todos los cojines son mullidos como nubes de algodón. 
Buscas ese lugar donde sabes que podrás estar en paz como en ningún otro y, sin quererlo, te das cuenta de que no tiene por qué ser un espacio físico.
Yo he querido volver a casa tantas veces, que a veces he olvidado cómo se llega hasta ella.
Y sin embargo hay algo que siempre me devuelve a mis raíces, a la auténtica esencia de mi ser. Es un algo imposible de explicar con palabras pero que puede encontrarse en un libro, un viejo jersey o una antigua taza de desayuno. Son los flashes de imágenes pasadas que vienen a mi cabeza una detrás de otra formando una película. Pero una película antigua, en blanco y negro. Con escenas a cámara lenta y risas resonando como eco de fondo, con sonidos que se van difuminando y terminan formando mis canciones favoritas.
Esas canciones de siempre, las de tu vida y tus recuerdos.
Y entonces me doy cuenta de que puedo estar rodeada de un millón de personas y seguir sintiéndome sola. Y que por muy lejos que me encuentre de mi lugar de origen, siempre sé cuál es el camino de vuelta hasta con los ojos cerrados, y el regreso se me pasa volando.
Porque hay momentos en que después de tanto vagar y caminar por la vida, sé cuando es el momento de volver a casa.

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