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martes, 21 de enero de 2014

No somos nada (Historias de la vida cotidiana)

Ingresó al cuarto. Hizo la señal de la cruz. Tomó con la mano derecha el ramito de aromo del vaso con agua bendita y salpicó al difunto. Lo agitó de tal manera que mojó el rostro de la viuda que lloraba desconsolada al grito de “¿Por qué? ¿Por qué, Juan? ¿Por qué?”.
Juntó sus manos en actitud de santo apóstol y se paró a observar al muerto. Lo miró en detalle, fijamente, mientras su rostro se iba contrayendo en rictus dramáticos. Cuando se vio desbordado por la necesidad de expresar tanta congoja, se arrojó sobre el féretro gritando “¿Por qué, Dios, por qué?”

Hombre y ataúd cayeron ruidosamente al piso. Y al caer, el muerto salió despedido y el hombre terminó dentro de la caja.

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