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jueves, 9 de octubre de 2014

Doña Berta Bohn llora a su marido

Las campanas de la iglesia tocan a difunto. Llueve. Cae agua del cielo y lágrimas en el alma de Doña Berta. Está sola frente al ataúd. Su esposo duerme el sueño de la muerte en la misma habitación en la que engendraron a sus hijos.

Doña Berta, hija de Margarita Detzel y Aurelio Bohn, nieta de inmigrantes llegados al país desde la lejana aldea Kamenka, ubicada a orillas del río Volga, en Rusia, ahora viuda de Juan Jacobo Minig, de 89 años de edad, está sola, sola en la vida que le espera, frente a la muerte que la mira a través de los ojos muertos de su marido.
Vestida de negro, reza el rosario. Enterró a sus padres, a tres hermanos, dos cuñados, una cuñada, un sobrino, un hijo. Por eso la ropa negra. Por eso el luto. Doña Berta sabe de pérdidas. De soledades. Y sin embargo, esta vez el dolor, la angustia, la sensación de desamparo, es más profunda, más desgarradora, más devastadora. Nada se asemeja a la pérdida de un esposo, de un hombre que cuidó de ella siempre, que lo decidía y hacía todo, desde el día que se casaron. Dios le entrega una libertad que no pidió ni desea. Se siente abandonada en la inmensidad del océano de la vida. Un océano que desconoce total y absolutamente. Como desconoce la vida misma. 

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