
Tenía en la mirada la dignidad que
conceden los valores más nobles, esos que nos llenan el alma de fortaleza en la
hora más difícil y dramática y nos hacen levantar y volver a empezar una y otra
vez y otra vez y otra vez...; esos que nos abrazan sin necesidad de palabras;
esos que nos iluminan el espíritu aun en la soledad y en el recuerdo; esos que
nos hacen llorar amargamente cada vez que rememoramos la niñez y pensamos en
mamá y evocamos aquel día en que, próxima a morir, nos pidió: “No me olvides.
Piensa en mí. Recuérdame en los momentos difíciles. No mires hacia atrás, hacia
el pasado, porque siempre estaré a tu lado acompañándote. No me llores. Pero,
por favor, no me dejes morir en el olvido. No quemes las fotografías ni tires
los objetos que atesoro en mi caja de memorias. Consérvalas. Algún día me
extrañarás y agradecerás haberlas guardado porque te servirán para aplacar tu
nostalgia. Y una última cosa te pido: quiéreme mucho. Hoy, mañana y siempre...
¡quiéreme mucho, hijo mío!”.
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