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martes, 20 de septiembre de 2016

Por medio de lo que escribo doy vida a la historia que identifica a mi pueblo

Por medio de lo que escribo doy vida a la historia que identifica a mi pueblo. Esa historia en la que crecí y viví siendo parte y que hoy parece tan lejana, con sus costumbres, tradiciones, comidas… y esa forma de vida tan particular que le da identidad a los descendientes de alemanes del Volga. Una forma de vida que, sin embargo, existió y yo no solamente pude observar sino que la viví a diario. Con sus lámparas a kerosén, colchones confeccionados por abuela rellenos con yuyos que crecían a la vera del arroyo. La ropa de la familia diseñada y realizada por mamá con retazos de tela arpillera de las bolsas de harina que se compraban en el almacén de ramos generales. Una sola muda de prendas nuevas y un solo par de zapatos para asistir a la misa del domingo y que tenían que durar casi una vida. La lana de oveja recién esquilada para que abuela hile en la rueca los vellones y las madejas para tejer pulóveres, guantes, medias… Los pisos de barro de la casa de adobe. La bosta de vaca para alimentar la cocina a leña para cocinar y calentar la vivienda. Buscar la polenta que el sacerdote, en su misericordia, repartía a las familias humildes. Repartir lo que cosechábamos en la quinta de verduras con los ancianos de la localidad o las viudas y mujeres solas de la cuadra. Lavar los pisos de la iglesia y de la escuela y de los vecinos de edad avanzada porque mamá nos mandaba a colaborar con el prójimo y nos enseñaba a ser personas de bien.
En lo que escribo también doy vida a mi niñez, esa niñez en la que jugué durante muy poco tiempo, porque a los nueve años ya tuve que comenzar a ayudar a mamá, porque tenía muchos hermanos y la labor cotidiana era profusa y no terminaba nunca y porque a los doce me obligaron a dejar mi casa para salir a trabajar para aportar mi sueldo en la manutención de la familia. Por eso crecí lejos. Muy lejos. Lejos del afecto y del cariño familiar. Añorando, llorando, sintiéndome solo, soñando con regresar a mi terruño, a mi casa, con mi madre y mis hermanos.
Y pese a que todo eso se transformó, que el tiempo transcurrió, que la vida moderna modificó a la colonia, a sus viviendas, a sus calles, a su devenir cotidiano, hay un lugar en mí donde todo permanece intacto, un lugar dónde subsisten indelebles el amor de familia, la unión, el respeto,  los sabores y los aromas, y los seres que ya no están pero un día formaron parte de mi esencia y forjaron mi identidad. Ese lugar está dentro de mí, en mi alma y en mi corazón. Es un lugar al cual me remonto para ser feliz y recordar aquellos lejanos años de mi infancia. Un sitio en que ni el tiempo ni la muerte, ni la ausencia ni la distancia, pueden destruir. Porque en ese lugar no solamente están mis recuerdos más hermosos e indelebles sino que está mi identidad. Una identidad que sobrevive en mis libros.

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