
Mientras
él cumplía con su tarea diaria, sus padres, mamá y papá, juntos con sus hijos e
hijas, que iban desde los diez hasta los dieciocho años, ordeñaban las vacas,
sentados bajo la intemperie, con las manos coloradas y la cara ardiendo del
tremendo frío que hacía.
Don
Pedro, actualmente con casi noventa años, recuerda que, sin embargo, nadie se
quejaba. "Es más -afirma-, mi padre silvaba mientras ordeñaba y mis hermanos
hacían bromas y competían para ver quién de todos ordeñaba más vacas
lecheras".
"Mis
padres seguramente estaban felices porque lo tenían todo" -sostiene-.
Tenían trabajo, que les proveía casa y comida, y un sueldo. Ellos pudieron
criar a sus once hijos sin problemas. Porque vivimos en ese ranchito de adobe
hasta que todos los hijos se fueron casando y mis padres se jubilaron. Me
acuerdo que era una casita muy precaria, con una cocina y dos habitaciones.
Después mi padre levantó otra, con sus propias manos, cuando empezaron a llegar
más hijos. Había un galpón de chapa, demasiado chico para guardar todos los
enseres rurales. Un molino, donde buscábamos agua para consumir, cocinar,
bañarnos, lavar la ropa, que quedaba a más de cien metros de la casa. Todos los
días había que arrastrar agua con los baldes para lavar la ropa y cocinar. Y
todas las mañanas íbamos al molino a lavarnos las caras al despertarnos.
Teníamos quinta de verduras. Había un horno de barro. Mamá hacía un pan
riquísimo, que untábamos con manteca casera y miel.
“Mis
padres carneaban dos veces al año -continúa Don Pedro. No sé cómo se las
arreglaban para llevar a cabo todo el proceso con la ayuda de sus hijos
solamente. Porque estábamos muy lejos de la colonia. Nadie, ningún amigo o
pariente, estaba cerca para colaborar. Pero, sin embargo, nunca nos faltaron el
chorizo, las morzillas, el jamón, el jabón casero. Mamá hacía manteca y quesos.
Mis padres no compraban casi nada. Solamente harina, yerba, azúcar y alguna
otra cosita más. Todo se hacía en casa. Con alegría. Mi padre sabía tocar la
acordeón. De noche, si el cansancio lo permitía, después de cenar y leer la
Biblia en familia, papá tocaba y todos cantábamos bajo la luz de un farol a
kerosén, en la pequeña cocina de adobe, calentada por una cocina a leña, que se
mantenía encendida con bosta de vaca. Bosta de vaca que juntaban en el campo,
durante las tardes, mamá con mis hermanos menores.
"Tuve
una hermosa infancia. Unos padres increíbles. Éramos felices y estábamos
agradecidos a Dios por lo que teníamos. Nunca nos faltó nada" -concluye
Don Pedro. (Investigación histórica y redacción: Julio César Melchior).
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