
Las nietas, Florencia y Ana, ingresaron a la
casa saludando a sus tíos, con sus respectivas esposas y sus hijos. Los hombres
las recibieron sentados alrededor de la mesa, saboreando una picada de chorizo
casero, jamón, maníes y queso, mientras las mujeres ayudaban a la abuela, en
los quehaceres domésticos, que eran muchos, ya que había que terminar de
preparar los últimos detalles para un almuerzo para casi treinta personas.
Todos conversaban con todos. En voz alta. Casi
gritándose de una punta a la otra de la mesa. El abuelo enseguida les acercó
una silla y les cortó un pedazo de chorizo casero a cada una. Les sirvió un
vasito de guindado, para que lo probaran. Era de su última cosecha. Estaba
orgulloso de ella. No dejaba de repetir que "jamás me salió tan rico como
este año".
Abuela les acercó unas masitas de vainilla,
que había horneado el día anterior, porque sabía que les gustaban mucho a las
dos. Florencia y Ana, no supieron que probar primero. La abuela y el abuelo,
las observaban expectantes, esperando su veredicto.
Florencia probó el chorizo, en tanto que Ana
las vainillas. No querían que los abuelos se pusieran celosos.
La conversación continuó. El abuelo comenzó a
recordar tiempos de su juventud. Los hijos a rememorar travesuras que habían
enojado mucho al abuelo. Como el día en que le robaron un atado de cigarrillos
y lo fumaron, escondidos en el galpón, que estaba lleno de fardos de alfalfa.
-Cómo no me voy a enojar si Juanito recién
tenía siete años y además podían haber desencadenado un incendio -argumentó el
abuelo.
-La paliza que nos diste, viejo. Me acuerdo
que te sacaste el cinto y nos diste de lo lindo a los cuatro -reprochó riendo
Ernesto.
-Imaginate si esos fardos se prendían fuego.
Había más de cien fardos para el invierno ahí. Qué le decía al patrón si todo
eso se quemaba por culpa de una travesura de mis hijos?" -preguntó el
abuelo.
Las nietas escuchaban con atención. Florencia
sacó su anotador y comenzó a registrar todo.
-Qué hacés, Florencia? No vale anotar. No
queremos aparecer en Crónica TV -bromeó uno de los tíos.
-Es para un trabajo de la escuela -explicó
Ana.
El abuelo se quedó en silencio. Era muy
desconfiado. No le gustaba andar ventilando su pasado por ahí. En eso se
parecía a su padre, que se murió sin contar nada de su infancia. Y eso que le
preguntó varias veces si se acordaba algo de su aldea, que dejó allá en el
Volga. Pero nunca contó nada. Siempre se quedaba en silencio.
-Las tristezas hay que dejarlas atrás -repetía
si uno insistía mucho. Y se iba a caminar.
-Contale la que se mandó el papá de Florencia
con el vecino de al lado? Lindo lío armó tu viejo! -río Luis.
-Noooo! Qué va a pensar mi hija de mí! -clamó
el padre de Florencia.
-Pobre don Ignacio -suspiró el abuelo.
-Qué pobre don Ignacio ni que ocho cuartos -se
quejó Luis. Un viejo hincha que nunca nos dejaba en paz.
-Es verdad! -agregó la abuela. Se quejaba por
todo. Mis hijos no podían hacer nada. Vivía quejándose.
-Es que tus hijos eran unos diablillos
bárbaros -le espetó a la abuela el abuelo.
-Qué diablillos ni que ocho cuartos. Se quejaba
porque gritábamos mucho. Porque jugábamos a las bolitas en su veredas y encima
nunca nos devolvía las pelotas que sin querer, pateábamos a su patio.
-Hasta que un día, tu papá se cansó,
Florencia.
-Una noche de invierno le desapareció la bomba
de agua al vecino. Se levantó y la bomba ya no estaba. Llamó a la policía. Armó
un lío bárbaro. Tanto que un montón de gente se juntó en su casa. Dijo que iba
a meter preso al ladrón que había osado entrar a su casa y robarle. Gritaba
furioso. Dijo que iba a denunciar a todos los vecinos. Que todos teníamos que
ir al destacamento a declarar. Que todos íbamos a saber quién era él. Papá
tenía un susto bárbaro.
-Y qué pasó? Descubrieron quién la había
robado? -preguntó Florencia.
-No pasó nada -siguió contando Luis. El viejo
era puro grito. Nada más. Qué poder iba a tener. Después de lo que pasó y se
supo quién había robado la bomba, se le cayó la cara de vergüenza. Se sintió
burlado. Terminó siendo el comentario de la colonia. Después me dio pena, pobre
viejo.
-Pero qué es lo que había pasado? -insistió
Florencia.
-¿Querés saber eh? ¿Te intriga no? Ahora te
cuento. El robo fue un martes. El sábado a la mañana, día en que mamá lavaba
las habitaciones de la casa, encontró la bomba debajo de la cama de tu papá.
Sí, Florencia! Tu papá había desarmado la bomba del vecino y se la llevó a
casa, para darle un escarmiento. Sólo que después no supo dónde meterla. Y no
tuvo mejor idea que esconderla debajo de la cama. Te podés imaginar la que se
armó cuando se enteró tu abuelo. Casi lo mata de tantos cintazos que le dio. Y
encima tuvieron que ir a devolver la bomba y pedir disculpas. Al abuelo se le
caía la cara de vergüenza y tu papá se moría de miedo. Tenía terror de que lo
llevaran preso. Se armó un lío bárbaro. Pero todo se calmó enseguida. Porque ni
bien se enteró la gente de la colonia, nadie lo pudo creer. Un niño se había
burlado del vecino y de la policía de una manera increíble. Justo de él, de don
Ignacio, que siempre decía tener tanto poder y ser tan inteligente. Nunca más
nos molestó.
-Pobre Ignacio -repitió el abuelo.
Florencia anotaba. Registraba todo.
-Hablando de recuerdos de infancia y del
pasado de la colonia, yo traje algo para mostrar -comentó Ana mientras sacaba
cuatro libros de su mochila. Los títulos eran: "La gastronomía de los
alemanes del Volga", "La infancia de los alemanes del Volga",
"Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga" y "La vida
privada de la mujer alemana del Volga", del escritor Julio César Melchior.
Y los comenzó a pasar a sus abuelos y tíos.
-Mirá! El Tros, Tros, Trillie! -gritó una de
las nueras, hojeando uno de los libros. También está el Pelznickel! Si le habré
tenido miedo al Pelznickel. Una Navidad se quiso llevar a mi hermano porque
dijo que me había portado mal durante el año.
-Mirá, la vida de las mujeres -comentó otra de
las nueras, pasando las hojas de otro libro. Todo lo que dice acá, me hace
acordar a mi abuela, que se casó a los dieciséis y tuvo nueve hijos. Hacía
todos los trabajos de la casa y el campo. También me recuerda a mi mamá. Acá
cuenta cómo eran educadas las mujeres. Y cómo vivían.
-Cuántos recuerdos -suspiró Luis mirando el
libro de recetas. Los Wickel Nudel, los Maultasche, los Kleis… cuántas recetas
de comidas que comíamos cuando éramos chicos y estábamos todos juntos. Qué
linda época!
El abuelo, emocionado, se retiró a la
habitación y regresó con su acordeón.
Mientras
todos conversaban con todos, comenzó a tocar una polka. (Autor: Julio César
Melchior).
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