Rescata

Para más información pueden comunicarse al WhatsApp: 2926 461373 o al Correo electrónico juliomelchior@hotmail.com

lunes, 27 de mayo de 2024

El inolvidable Brummer (Prumer)

 Cuando éramos niños le pedíamos un botón grande, de saco o sobretodo, a mamá, a papá un trozo de hilo resistente, y con esos dos elementos construíamos el Brummer (zumbador): enhebrábamos el botón con los dos extremos del hilo, cuyas puntas cerrábamos con un nudo. Hecho esto, tomábamos el hilo por los extremos, manteniendo el botón en el centro, y lo hacíamos girar. A más velocidad, más ruido.
Hasta ahí el juego. Casero, original e inocente. Luego, para algunos varones traviesos, venía una etapa adicional. Acercarse por detrás a una niña con cabello largo para que el Brummer, girando a toda velocidad, se enrede en su pelo. Hubo casos en que fue imposible desenredar la cabellera. La niña directamente tuvo que cortarse el cabello para sacarse de la cabeza el objeto. Más de un varón pagó caro semejante ocurrencia. Primero un sermón, después una furibunda paliza con la alpargata y finalmente, una penitencia de varios días.

Un libro único en su género, BILINGÜE con todos los juegos, adivinanzas, salutaciones festivas, canciones de cuna e infantiles, costumbres y las etapas desde el nacimiento hasta la adolescencia en español y el dialecto de las aldeas y colonias. El libro "La infancia de los alemanes del Volga" un libro imperdible para rememorar, conocer, valorar y revivir la etapa más linda de la vida de nuestros ancestros. No lo dejen de leer! Información: WhatsApp: 011 2297 7044.

Los colchones de lana

 La abuela Ana recuerda que “mucha gente me traía la lana de oveja ya lavada, limpia, para hacer un colchón. Yo la escardaba, separaba la lana, la aireaba y una vez que la tenía suelta y suave, comenzaba a armar el colchón, lo cosía con agujas largas, especiales para esa tarea, para pasar el hilo desde un lado hacia el otro, con la ayuda de un dedal. Esta labor llevaba varios días con muchas horas de trabajo y mucho esfuerzo, porque era pesado dar vuelta el colchón a medida que lo iba terminando.
Además de hacer colchones nuevos, la gente me traía colchones que tenía que abrir para lavar la lana apelmazada para volver a recuperarlo, es decir, con la misma lana realizar uno nuevo.
También hacía acolchados, los famosos acolchados de lana que antiguamente tanto se usaban en las aldeas de los alemanes del Volga. Que eran pesados pero que tanto abrigaban” -afirma.

domingo, 19 de mayo de 2024

Pan casero con manteca y miel

 En nuestra niñez no había placer más grande que visitar a la abuela para comer el pan casero que horneaba en la cocina a leña, un pan grande, alto, esponjoso y suave que ella después untaba con abundante manteca casera y miel. Por supuesto acompañado de un mate cocido o un té con leche. Placeres que hoy nos parecen cotidianos y pequeños pero que, sin embargo, son inmensos como irrecuperable aquel tiempo vivido. Porque abuela ya no está, tampoco su pan ni la manteca casera, la miel en la actualidad ya no tiene el mismo sabor, y su cocina a leña vaya uno a saber dónde fue a parar cuando ella murió, hace ya bastantes años.

miércoles, 15 de mayo de 2024

Así vivían los alemanes del Volga las tradicionales carneadas

 El ritual de las carneadas para consumo familiar empezaba casi de madrugada, cuando se encendía un gran fuego para calentar el agua que se iba a usar para limpiar el cerdo y todos se aprestaban para la faena preparando, cada uno, sus utensilios, herramientas y elementos de trabajo. La actividad era ocasión propicia para reunir a familiares, amigos y vecinos, que se acercaban a la casa a colaborar, transformando la carneada, que duraba dos o tres días, en un gran encuentro social, con música incluida, y suculentas comilonas. Nadie se negaba a aportar su granito de arena, porque el trabajo era mucho y debía llevarse a cabo durante un fin de semana, para no interferir en las labores rurales. Además, era una costumbre establecida, que todos los que ayudaban, se llevarán como obsequio carne y morcillas y chorizos para probar. El proceso de la carneada comenzaba varios meses antes, cuando la familia adquiría un lechón, que era criado en el chiquero, que el padre construía en el fondo del patio con maderas y alambre tejido, generalmente en desuso, y era alimentado con las sobras y desperdicios de los alimentos que se consumían en el hogar y, ocasionalmente, se le agregaban cereales o forrajes que se obtenían de algún chacarero conocido. Cuando el animal alcanzaba la mayoría de edad y el peso deseado, entre los doscientos kilos, un poco más, un poco menos, se tomaba la decisión de sacrificarlo, junto con un vacuno que se compraba para ese menester, para abastecer los sótanos de chorizos y jamones para pasar los crudos y fríos inviernos.
Generalmente la carneada se llevaba a cabo durante un fin de semana, para evitar que la misma interrumpiera el normal desarrollo de las actividades rurales, y participaban no solamente todos los integrantes de la familia sino parientes y vecinos.
El cerdo se degollaba con precisión, insertando el cuchillo en medio de la unión de la cabeza y el cuello, para lograr el desangrado. La sangre se recogía en un recipiente, que se colocaba debajo de la incisión, sin dejar de removerla para evitar que se cuaje. La misma se utilizaba elaborar la morcilla negra o Blutwurst.
Una vez muerto el animal, se procedía a colocar el cerdo sobre una mesa para escaldarlo o pelarlo, es decir, quitar con abundante agua hirviendo, raspando con cuchillos y, a veces, la ayuda de otros utensilios, los pelos que recubren la piel hasta dejarla totalmente lisa y limpia.
El paso que seguía es el desposte, que no es otra cosa que descuartizar el cerdo clasificando y separando los diferentes cortes de carne de acuerdo al uso que se le iba a dar, por ejemplo, entre muchos otros, las patas para elaborar el jamón, y buena parte de las vísceras, el hígado, los riñones y diversos elementos de la cabeza del cerdo (como la lengua), que se cocinaban para formar parte de las morcillas, blanca y negra, y el queso de chancho. Porque todo se aprovechaba. Nada se tiraba.
Finalizado el proceso de fragmentación comenzaba el deshuesado (minucioso trabajo de limpieza de los huesos), cortando la carne en trozos pequeños para luego pasarlos por la picadora, condimentarlos en base a una receta que cada familia mantenía en riguroso secreto, y amasarlos con las manos en una enorme batea construía de madera, y empezar a elaborar los chorizos, sin olvidar que también se le agregaba carne de vaca a la preparación con la que se hacían los chorizos para secar, porque conjuntamente con el cerdo, también se carneaba un vacuno.
El armado de los chorizos se llevaba a cabo con tripas (generalmente de vaca) y una máquina que se llama embutidora. Las tripas son de varios metros, estas se cortan para dar el tamaño de rosca o chorizo.
Terminada la faena, los chorizos para secar, la morcilla negra, la morcilla blanca y los jamones, se colgaban del techo de los sótanos o en galponcitos especialmente acondicionados para este menester.
Además de todos estos clásicos embutidos, también se elaboraba Kalra y se derretía grasa, que luego era guardada para preparar la comida a lo largo del año, y los chicharrones obtenidos de su derretido, se incorporaban en el amasado de pan que se horneaba en la cocina a leña o en el horno de barro. Con la grasa, asimismo, se cocinaba jabón para lavar y que, en definitiva, se usaba para todos los quehaceres domésticos.
Lo habitual era que las familias carnearan dos veces al año pero, también había, pocas, es cierto, que lo hacían tres veces al año.
Si bien es cierto que esta costumbre se ha ido perdiendo, también es cierto, que en muchas colonias y aldeas, como en muchos campos, todavía se conserva y de desarrolla tal cual como en los viejos tiempos.

sábado, 11 de mayo de 2024

Pueblo Santa María y su gente, en el día de su aniversario (descendientes de alemanes del Volga)

 Hoy cumple años la localidad donde nací. Un pueblo con estilo e identidad propia. Donde nos saludamos cuando nos cruzamos en la calle y conversamos cosas privadas y de la vida misma, cuando nos encontramos en la panadería o en la carnicería.
Hablamos de todo y de todos. Porque todos nos conocemos desde el día que nacemos y todos nos preocupamos por todos. Nos ayudamos mutuamente, colaboramos cuando alguien nos necesita y siempre estamos dispuestos a poner el hombro. Somos un pueblo solidario y un pueblo que valora el trabajo y el esfuerzo familiar y en equipo. Sabemos que juntos, unidos, es más sencillo concretar proyectos que, a priori, parecen imposibles. Por eso somos un pueblo con grandes instituciones, grandes ediliciamente y también grandes en el número de personas y familias que participan de las actividades y que no escatiman esfuerzos cuando hay que trabajar y recaudar fondos para hacerlas mejorar y crecer. Instituciones culturales, educativas, deportivas y sociales que nos definen como comunidad. Todas con una dilatada trayectoria y un enorme prestigio construido a lo largo de años de exitosa actividad. Un prestigio que excede lo local e incluso lo regional.
Somos un pueblo de grandes personas y mejores familias. Un pueblo donde se valora la educación, el respeto, la honradez, el esfuerzo para crecer y el trabajo para progresar. Donde todavía podemos dormir con las puertas abiertas y nuestros hijos pueden jugar al fútbol en la calle. Donde todavía, también, se pueden oír a nuestras madres conversando en alemán, cuando se reúnen en la vereda para charlar y contarse las novedades del día, luego de barrer las hojas y dejar todo pulcramente limpio. O se puede escuchar a los hombres jugando a los naipes o a los Koser y contando chistes en la lengua de nuestros ancestros. Y también, como antaño, como siempre, en los atardeceres, se puede oír el sonido de algún acordeón. Ese mismo acordeón que aún anima fiestas familiares o se convierte en el centro de atracción de eventos multitudinarios.
Somos un pueblo que rescata y valora sus tradiciones y conserva sus costumbres. Un pueblo que le rinde homenaje a sus ancestros cotidianamente, siendo fiel al legado cultural que nos dejaron, y manteniendo vigentes las fiestas típicas, las comidas tradicionales y la lengua, que nos identifican como hijos de descendientes de alemanes del Volga.
Por todo ello, vaya un saludo fraterno a mi gente, a todas esas personas sencillas que trabajan a diario para mantener a sus familias, para educar a sus hijos, para hacerlos estudiar, para darles un futuro mejor; a toda esa gente que se esfuerza y trabaja con solidaridad para ayudar al prójimo; para toda esa gente que dedica tiempo y espacio no solo para integrar las comisiones que organizan eventos para recaudar fondos, sino también a toda esa gente que participa de las actividades que se llevan a cabo con el objetivo de hacer crecer y progresar a esas mismas instituciones, siempre pensando en un fin comunitario y social.
Y también para toda esa gente que trabaja denodadamente en todos los ámbitos de la vida comunitaria, en la educación, en el servicio de salud, en los diferentes centros y talleres, en el deporte, en las actividades recreativas, y a todos aquellos que aportan su invalorable labor y tiempo para rescatar, conservar y difundir nuestra historia y nuestra cultura.
Por todo ello, ¡Feliz cumpleaños, Pueblo Santa María!

domingo, 5 de mayo de 2024

Cómo llenaban los sótanos y aprovisionaban las despensas los alemanes del Volga

En el Volga, en Rusia, los inviernos eran largos, demasiado largos y las temperaturas excesivamente bajas. Generalmente el crudo invierno se prolongaba durante cinco interminables meses, los ríos se congelaban y el campo estaba cubierto de nieve. Por lo que se puede pensar que eran escasas las tareas que se podían realizar durante ese tiempo. Sin embargo nuestros ancestros tenían una ardua tarea por realizar durante esos meses, porque la vida cotidiana continuaba. Había que proteger a los animales y alimentarlos. Seguir ordeñando a las vacas. Reparar y preparar todos los enseres para las futuras tareas de roturar la tierra y sembrarla. De la misma manera que cuidar e ir reparando cada cosa que se rompía o requería algún arreglo dentro de la casa, en los establos o galpones. En todas estas tareas se abocaban por igual hombres y mujeres sin distinción de género.
Por eso durante el verano el tiempo se aprovechaba al máximo para hacer producir la tierra que cada colono poseía. Mientras los hombres trabajaban los campos las mujeres y niños se abocaban a realizar grandes huertas, en las que sembraban todo tipo de verduras y hortalizas, cuya producción luego se transformaba en conservas y encurtidos, que iban a parar a los sótanos que cada casa tenía. En los sótanos también se estibaban verduras que podían conservarse a lo largo de todo el año. También se envasaban y conservaban frutas. Las mujeres y los hombres, cada uno en su menester trabajaban para aprovisionarse para el invierno. Porque de esa provisión dependía sobrevivir durante los cinco meses de bajas temperaturas y nieve. Cuando mirar por la ventana era ver un horizonte blanco o días y días donde salir al patio era imposible por la cantidad de nieve acumulada.
Esa costumbre de estibar productos de la huerta en los sótanos continuó aquí en la Argentina durante muchísimos años. Así es como al descender al sótano durante el invierno uno podía encontrar Chucrut, bolsas de papa, cebolla, chorizos secos colgando del techo, frutas envasadas en grandes frascos y una amplia variedad de encurtidos y conservas que sería larguísimo de mencionar.
Andando el tiempo y dependiendo de la economía de cada familia, la costumbre prosiguió pero con algunas variantes. Familias con inmensos sótanos para guardar su producción y otras con apenas un rudimentario Schepie. Diferentes lugares para guardar los productos pero la misma costumbre y la misma tradición. 

jueves, 2 de mayo de 2024

Viajar es la forma más espectacular de conocer, aprender y sentir

 El objetivo de todo escritor es que sus libros lleguen y habiten en las bibliotecas de cada hogar, que difundan las historias, que siembren semillas de curiosidad y sus frutos sean el saber, que todos los atraídos puedan leerlos, que los disfruten la mayor cantidad de lectores posibles ya sea en soledad o junto a sus seres queridos. Que sean un legado para la posteridad. Que atesoren en sus páginas las vidas que han pasado por este suelo y sean eternas.
Por tal motivo y con el anhelo de que mi trabajo literario pueda llegar a cada rincón del planeta en donde se encuentre un ávido lector de la historia y cultura de los alemanes del Volga es que desde el 1 al 15 de mayo les acerco la oportunidad de poder adquirir dos libros sobre los alemanes del Volga, una forma de viajar a través del tiempo, aprender y conocer el legado ancestral. Ellos son “Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga”, que consta de dos partes; la primera es una recopilación de costumbres, tradiciones, vivencias, historias de vida, relatos de la vida cotidiana en las aldeas y colonias, y la segunda parte es un archivo histórico fotográfico de época que retrata y rescata en imágenes la vida de nuestros ancestros. El segundo libro “La infancia de los alemanes del Volga” es un libro bilingüe, en español y el dialecto traído desde el Sacro Imperio Romano Germánico, conservado en Rusia y hablado actualmente en algunas aldeas y colonias de la Argentina, con canciones de cuna que arrullaron a los bebés y fortalecieron el vínculo entre la madre y el niño, las canciones de la niñez, los juegos que jugaron los por aquellos días niños y niñas y con los cuales aprendieron a ser adultos y concretar sus sueños. Las salutaciones tradicionales de las fechas festivas que marcaban todo un acontecimiento social, religioso y familiar muy importante para esos momentos, la etapa escolar con sus derechos y obligaciones como así también la actividad en el hogar, la sociedad y la familia. Estos dos libros a $24.000 finales. Historia, costumbres y tradiciones que marcaron varias generaciones y que son las raíces de los actuales descendientes. Un paso más cerca de todo apasionado lector de conocer sus orígenes. Los pueden adquirir escribiendo al correo electrónico writerjuliocesarmelchior@gmail.com.

miércoles, 1 de mayo de 2024

En el Día del Trabajador, homenaje a nuestros abuelos alemanes del Volga

Trabajadores de la tierra,
peregrinos del surco:
sembraron trigo
y cosecharon pan.

Regaron la huella del arado
con el sudor de sus frentes,
legando a sus descendientes
la cultura del trabajo.

Levantaron aldeas y pueblos,
iglesias y escuelas,
educaron en la fe
y con el ejemplo.

Con sus manos amasaron el pan,
fabricaron arados y cruces.
Sembraron hijos y sueños
en la vastedad de la pampa argentina.

Fueron nobles campesinos,
chacareros, estancieros, peones,
bajo el sol de la Divina Providencia
y la certeza de sus convicciones.

¡Honor y gloria a los trabajadores
alemanes del Volga!

sábado, 27 de abril de 2024

Las mujeres alemanas del Volga eran excelentes costureras

Fotografía de: lanuevacronica.com
 Las mujeres alemanas, además de ocuparse de los quehaceres domésticos, la crianza de los
hijos, las tareas en la huerta y trabajar a la par del hombre en las labores agrícolas, también tenían a su cargo la confección de la ropa que usaban todos los integrantes de la familia.
Generalmente cosían durante la noche, a la luz de las lámparas, después de dar por terminadas las labores diarias, cuando los maridos fumaban sus pipas y los niños realizaban sus tareas escolares.
Su creatividad e ingenio eran grandes como asimismo era enorme su capacidad para aprovechar todas la telas que tenían a mano, como la tela blanca de las bolsas en las que se compraba el azúcar, la tela de arpillera, por citar solamente unos pocos ejemplos. Lo mismo sucedía con las prendas que quedaban chicas o ya estaban demasiado remendadas. Todo se transformaba.
Las mujeres aportaban muchísimo a la economía del hogar, tanto por lo que producían con su trabajo como por lo que ahorraban cuidando el dinero. Sobre sus espaldas descansaba el hecho de que una familia pudiera progresar y salir de la pobreza.

jueves, 25 de abril de 2024

Día del Autor: Julio César Melchior hizo un recorrido por sus años de trabajo y removió sus recuerdos

El escritor profundizó, en La Nueva Radio Suárez, en un repaso sobre sus once títulos en 31 años de trabajo, siempre en el marco del Día del Autor celebrado el pasado martes.

En principio, señaló que cada uno de sus libros se asocia a un momento de su vida, siendo los de historia ejemplares que lo atravesaron desde un aspecto más personal porque requirieron de intensas investigaciones sobre los alemanes del Volga.
"Miro hacia atrás y recuerdo cómo y porqué escribía esos libros" dijo el entrevistado, quien afirmó que cada escrito tiene siempre mucho que ver con el estado personal del escritor.
En ese sentido, consultado por cuál es su libro predilecto, hizo mención del gastronómico, por ser el más popular, y "La vida privada de la mujer alemana del Volga", por toda la investigación que requirió y el interés que despertó.
En ese punto, Melchior anunció que está próximo a lanzar la edición 17 del libro gastronómico: "Hay muchos que se vendieron a nivel internacional y también interesan por fuera de los alemanes del Volga" expresó el autor, anticipando además, que está trabajando en su nuevo libro gastronómico: "Con más o menos ímpetu, estoy trabajando en proyectos" dijo, no sin antes mirar hacia atrás y pensar en el Julio César Melchior que recién se iniciaba en las letras: "Cuando lancé el primer libro  me querían hacer una entrevista y no quería saber nada. Pasaron muchos años hasta la primera. Era muy tímido y me costaba mostrar mi trabajo. Tuve suerte porque gustó lo que hacía y porque mi hermana Claudia difundió y se encargó de la comunicación", proponiéndole al joven Melchior confiar más en sí mismo: "La gran diferencia entre ambos Julios es que en aquel tiempo me faltaba creer más en mí" cerró el escritor de Pueblo Santa María.

martes, 23 de abril de 2024

Las inolvidables sopas de abuela

 Hasta no hace tantos años preparar y tomar sopa era toda una ceremonia que comenzaba muy temprano a la mañana cuando abuela ponía una olla grande con abundante cantidad de agua a cocinar sobre la cocina a leña, la idea era que las legumbres estuvieran bien cocidas, porque la sopa podía ser de arvejas o porotos, ambos productos cosechados en la quinta lo mismo que las verduras, papas, zanahorias, trozos de zapallo, acelga, perejil, repollo, choclo, apio, ajo, cebolla, puerro, entre otras, a lo que se le agregaba una buena cantidad de carne que también debía estar bien cocida. Estos ingredientes no se arrojaban dentro de la olla todos a la vez, sino que el proceso estaba bien cronometrado por la abuela, había un tiempo para las legumbres, otro para la carne, otro para las verduras duras, otro para las verduras de cocción más rápida. Lo mismo que ella controlaba con precisión para que la sopa, al hervir, no desbordara la cacerola ensuciando la cocina a leña. Aunque esto muchas veces era inevitable. La casa se llenaba de aroma a hogar.
Al mediodía todos sentados alrededor de la mesa grande de madera esperaban ansiosos que abuela nos sirviera un abundante y caliente plato de sopa que, obviamente, también llegaba con fideítos caseros, amasados por ella y cortados muy finitos que eran una delicia.
Saboreada la sopa llegaba la enorme fuente llena de verduras y carne que abuela colocaba en el centro de la mesa. De más está recordar que las verduras y la carne que sobraba se cortaba en trozos relativamente pequeños para preparar lo que muchos llamaban “ropa vieja”, una especie de ensalada de papa con verduras y carne. A la que se le agregaba mayonesa casera.

martes, 16 de abril de 2024

Las mujeres trabajaban a la par del hombre

Pintura de Jules Dupré
 La vida de una familia nunca fue fácil en las aldeas de antaño. En la lucha cotidiana por la supervivencia en una época en que todo era muy, muy difícil, en la que no sobraba nada, las mujeres estuvieron comprometidas desde un comienzo no solamente con todas las tareas hogareñas, que eso implicaba, desde la cocina hasta la crianza, la educación y formación de los hijos sino también aportando mano de obra en todas las labores agropecuarias, trabajando a la par del hombre, realizando tareas que muchas veces las sobrepasaban, siendo en no pocas oportunidades los verdaderos pilares sobre los que descansaba todo el peso del hogar.
Por eso, si realizamos una mirada retrospectiva, podemos observar a mujeres caminando detrás del arado mancera, arando, sembrando, y hasta participando en la recolección del trigo, sobre todo si estas eran viudas y tenían a su cargo varios hijos. También podemos verlas ordeñando a muy tempranas horas de la madrugada junto a su marido y a sus hijos, hachando leña, trabajando la huerta con la pala, regando la quinta llevando grandes baldes de agua, criando gallinas y decenas de tareas más.

La abuela haciendo tradicionales Kreppel

 Ana amasaba. El delantal salpicado de harina. El rostro húmedo de sudor. Experta en el uso del palote. Dejó la masa sobre la mesa y fue en busca de la sartén y la grasa, para ponerla a derretir sobre la cocina a leña.
Estiró la masa. Apretó con el palote. Una vez. Dos. Tres. Por fin se decidió a cortarla. Realizó una profusa cantidad de rectángulos de unos quince por veinte centímetros, quizás un poco más y lentamente los fue friendo en la sartén, dentro de la grasa caliente.
Una vez listos, los retiraba con un tenedor, los colocaba en una fuente y los espolvoreaba con abundante azúcar.
Concentrada, canturreaba una antigua canción de cuna que aprendió de su madre.
-Schlaf, Kindie, Schlaf, der Bape it die Schaf…
El reloj de la pared señaló las seis de la mañana.
Fuera estaba oscuro. Era invierno. Hacía frío. Dentro de la cocina ardía una lámpara a kerosén y la cocina a leña.
Los niños y su marido ordeñaban las vacas en el tambo. De un momento a otro llegarían para desayunar.

lunes, 15 de abril de 2024

Tostando semillas de girasol para las noches en familia

Era costumbre en las aldeas que las abuelas tostaran semillas de girasol en el horno de la cocina a leña para que los integrantes de la familia las tomaran a manos llenas de la fuente y las metieran en los bolsillos para comerlas durante el día, era todo un arte meter una semilla en la boca, partirla en dos con los dientes y mientras se escupía la cáscara, masticar la pepita para luego tragarla con deleite. Había quienes
eran sumamente veloces haciendo esto.
Pero la tradición no terminaba ahí, porque en las aldeas de antaño era costumbre que las abuelas llevaran una de estas fuentes cuando, durante las noches, después de cenar, iban de visita a la casa de un familiar o amigo. Allí, mientras la fuente iba pasando de mano en mano para que cada uno retirara un puñadito de semillas, los que estaban reunidos conversaban de temas que hacían a la vida cotidiana. Las mujeres hablaban sobre sus labores diarias, compartían confidencias, algún rumor sobre un nuevo noviazgo o embarazo, mientras los hombres dialogaban sobre temas que concernían a sus labores rurales, la marcha de la arada, los nacimientos de los terneros, la futura cosecha y, por qué no, también opinaban tangencialmente sobre algún rumor que les interesaba.
Los niños, sin poder participar de las conversaciones de los adultos, estaban en lo suyo. Si era verano, en el patio jugando juegos tradicionales y cometiendo travesuras sin que los adultos se enteraran. Si era invierno, todos en la cocina jugando a la payana o a otro juego típico de la época, pero sin armar demasiado alboroto, porque sabían que si lo hacían la reprimenda iba a ser severa.

lunes, 8 de abril de 2024

Ir a la escuela en sulky

 El sulky es un pequeño carruaje, por lo general para dos pasajeros, que se utilizaba como una forma de transporte rural, ponderado por su sencilla construcción, escaso peso, de dos ruedas grandes, y tirado por un sólo caballo.
"Versátil, fuerte, liviano, de costo accesible y relativamente cómodo, sirvió tanto para afrontar un largo viaje como para llevar cada día los chicos a la escuela. Su único motor era un caballo, por lo general un animal de silla, que por su mansedumbre había sido iniciado en el arte del buen tiraje con el mismo sulky. -cuenta Alberto Martín Labiano.
Muchos niños alemanes del Volga asistieron a la escuela transportados por un sulky, mientras sus padres trabajaban de puesteros o peones en un establecimiento rural solitario, ubicado en algún lugar perdido en la inmensa pampa argentina. Viajaban con las piernas protegidas con una gruesa manta a causa de las heladas, durante los crudos inviernos, y las cabezas cubiertas con una lona, fabricada con arpillera o algún otro material sobrante de la chacra, para guarecerse de la lluvia, durante los trayectos que solían representar varias leguas, entre la ida y el regreso.
Motivo por el cual muchos de aquellos niños, sobre todo las niñas, no cursaron más allá de segundo o tercer grado. Como mi abuela y sus hermanos, que recuerdan que su madre dejó de enviarlos a clase porque sentía mucha pena verlos regresar de la escuela ateridos de frío, las manos y las orejas coloradas, casi violáceas.
Son historias cotidianas que pueden leerse en mis libros "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga" y "La infancia de los alemanes del Volga".
Asimismo el sulky era utilizado para otros menesteres, sostiene Alfonso Millenpeier.
Rememora que "se usaba para realizar las compras en los pueblos o en la estación de trenes, en las grandes cooperativas y los almacenes de ramos generales, también para ir de visita los domingos, cuando las familias que trabajaban cerca, los esperaban con una fuente llena de girasoles recién tostados en la cocina a leña, mate y Dünnekuchen".
Seguramente muchos de mis lectores atesoran sus propias vivencias, imágenes y recuerdos ligados a este noble transporte.

lunes, 1 de abril de 2024

¿Se acuerdan de las bromas del primero de abril?

 El 1º de abril es para los alemanes del Volga “el día de las bromas pesadas”, una fecha similar a la conmemoración del día de los Santos Inocentes.

En la jornada de hoy se realizaban bromas sin ton ni son, que concluían con la inolvidable frase "der erste April schicken wir die Narren wohin wir wollen" (lo que significa: “El 1º de abril mandamos a los tontos donde queremos”).
De esta manera se inventan pesadas bromas en las que se mandaba a los familiares y amigos a hacer o buscar determinada cosa que no existe o no es tal.
¡¡¡Por eso, amigos, cuidado con las bromas!!!

Costumbres y tradiciones que marcaban la vida de nuestros ancestros, nuestra historia y cultura, nuestra identidad, nuestro legado ancestral, nuestra gente y sus raíces, en definitiva nuestra idiosincrasia que debemos conservar y perpetuar para no perdernos en tiempo, todo está rescatado, revalorizado y perpetuado en los libros del escritor Julio César Melchior, que se envían a todo el mundo y se disfrutan por siempre en familia. Los pueden pedir por email: historiadorjuliomelchior@gmail.com.

viernes, 29 de marzo de 2024

En las aldeas de otros tiempos, cuando éramos niños, los Viernes Santo eran días de introspección y silencio. Días de comidas tradicionales

La vida cotidiana de las familias prácticamente se detenía, se apagaban las radios, las demostraciones de alegría quedaban suspendidas, los niños tenían prohibido andar a los gritos, sin tanto bullicio en sus juegos, las ventanas de las casas permanecían entornadas, había que asistir a misa a la mañana, a las tres de la tarde, hora de la crucifixión de Jesús y a la noche. Todo en la aldea estaba teñido por el duelo, por demostraciones de luto.
También era una jornada de ayuno y abstinencia de carne. Por lo que las comidas de los almuerzos habituales eran reemplazadas por otras, como Kleis, Maultaschen, Schnitt suppe mit Der Kreppel, por citar sólo algunas.
A la hora del mate, en la mayoría de los hogares, la estrella era el Dünne Kuche con miel.
Todos los hogares estaban colmados de visitas. Las comodidades poco importaban. Se dormía dónde se podía, así fuera en el piso. Lo importante era estar juntos para vivir una fecha tan trascendental no solo para la comunidad sino también para la humanidad.

* Para volver a preparar las tradicionales comidas, les recomiendo mi libro "La gastronomía de los alemanes del Volga", con más de 150 recetas.

* Para revivir las costumbres les recomiendo mi libro "La infancia de los alemanes del Volga". Un libro único en su tipo.

* También les recomiendo mi libro "La gastronomía de los alemanes del Volga", con más de 150 recetas, en inglés.

Todos los libros se pueden adquirir desde cualquier lugar del país y el mundo. Pueden comunicarse por mensaje privado, por WhatsApp 11 2297 7044. O al email: writerjuliocesarmelchior@gmail.com. 

martes, 26 de marzo de 2024

Así vivían nuestros abuelos, los alemanes del Volga

 Vivíamos en una casa de adobe muy precaria. Cuando soplaba viento fuerte nos metíamos debajo de la mesa y de las camas del miedo que teníamos de que se volara el techo. Las chapas hacían un ruido terrible. Pasamos muchas madrugadas temblando de pánico. Éramos tan pobres que tengo que confesar que pasamos frío y hambre. Comíamos pan casero untado con grasa espolvoreada con azúcar, cuando había azúcar y sino así no más. Varias noches vi llorar a mi madre en silencio mientras veía como sus hijos nos repartíamos la poca comida que había para cenar. A veces, muchas veces, no alcanzaba para llenar la panza de todos. Mamá y papá se quedaron muchas noches sin cenar. Nunca voy a olvidar sus miradas tristes y sus ojos llenos de lágrimas, sufriendo de hambre, de dolor y de impotencia por no poder darnos una niñez mejor. Mi pobre padre trabajaba todo el día en un campo cerca de la colonia pero lo que le pagaban no alcanzaba para alimentarnos y vestirnos a todos: mamá, papá y diez hijos. Además, los ricos de la colonia tampoco eran tan generosos como para pagar un sueldo acorde a lo que papá laburaba. A veces, nos ayudaban los vecinos, con lo que les sobraba, que tampoco era tanto. Llegaban con fuentes de guiso, sopa, chorizos o pedazos de carne de alguna carneada. Esos días eran de fiesta para nosotros. Comíamos hasta reventar.
La ropa pasaba de un hermano a otro y hasta que llegaba a mí, los pantalones lucían grandes remiendos y las alpargatas enormes agujeros tapados con cartón. En invierno pasamos frío. Jamás tuvimos suficiente leña. Nunca pudieron comprarme un saco. Y de noche, en la cama, nos abrigábamos con mantas que mamá cocía con tela de bolsas de arpillera. Los colchones estaban rellenos de lana de oveja y otros, simplemente de paja de trigo. Los varones dormíamos en una sola cama y las mujeres en otra. Nos dábamos calor unos a otros. Tampoco había demasiado lugar. La casa era pequeña. Una cocina y dos ambientes. El lujo no existía. Una cocina a leña para cocinar y calentar el ambiente cuando sobraba leña, una mesa de madera grande, unas cuantas sillas, un mueble fabricado por papá para guardar los enseres de cocina y apenas una o dos chucherías más. Del techo colgaba una lámpara a kerosén para alumbrar las oscuras noches de invierno.
Sufrí mucho y, sin embargo, recuerdo mi infancia con cariño. Siento nostalgia al hablar de ella. Añoro aquellos años en que la vida era simple y en que éramos felices con poco o casi nada. Recuerdo que recibir un plato de comida de un vecino de algo que no comíamos hacía tiempo, se transformaba en una fiesta. Valorábamos mucho todo. Sabíamos que todo costaba mucho sacrificio. Las cosas no caían del cielo. Había que trabajar y esforzarse para tenerlo. Y había que hacerlo desde muy niño. Yo empecé a trabajar en el campo a los ocho años. Ayudaba a mi padre en todo lo que podía. Terminaba cansado. Destrozado. Pero no me quejaba porque sabía que ese era mi deber y eso era lo que se esperaba de mí.

domingo, 24 de marzo de 2024

Así celebraban la Semana Santa los alemanes del Volga

Kleis, una de las consumidas que más
cocinaban el Viernes Santo,
día de ayuno y abstinencia total de carne
La Semana Santa comienza con el Domingo de Ramos, una de las conmemoraciones más importantes para la cristiandad.
Muchos fieles van a misa con ramos de olivo -símbolo del recibimiento de Cristo en Jerusalén- para que sean bendecidos. Portando esas palmas y ramos se organiza una procesión, en recuerdo de la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén. En tanto que, durante la Semana Santa propiamente dicha, se celebraban tres ritos solemnes para evocar la pasión, muerte y Resurrección de Jesucristo. El Jueves Santo: la institución de la eucaristía; el Viernes Santo: las lecturas de las Sagradas Escrituras, oraciones solemnes, y la veneración de la cruz rememoraban la crucifixión de Cristo; y el Sábado Santo: conmemoraba el entierro de Cristo; los oficios de vigilia de medianoche inauguran la celebración de la Pascua de Resurrección.
Con el Domingo de Ramos se evoca la entrada de Cristo en Jerusalén. Según la fe católica, el pueblo judío le dio la bienvenida agitando ramos de olivo. A partir del jueves próximo -día que se conmemora la Ultima Cena- la liturgia religiosa adquiere mayor importancia. El viernes santo se evoca el tormento de Cristo en su marcha hacia el Calvario y el domingo, con la Pascua de Resurrección, se festejará el paso de la muerte a la vida del Hijo de Dios.
La Pascua constituye el fundamento sobre el cual se asienta y gira toda la vida del cristianismo. Es festejada por millones de fieles en todo el mundo y el Papa da la bendición en una misa urbi et orbi desde la Basílica de San Pedro.
La ley del ayuno la observaban los antiguos con sumo rigor. No contentos con cercenar la cantidad del alimento, se privaban totalmente de carnes, huevos, lacticinios, pescado, vino y todo aquello que el uso común consideraba como una gratificación. Hacían sólo una comida diaria, después de la misa, que terminaba al declinar la tarde; y esa única comida solamente consistía en pan, legumbres y agua, y, a veces, una cucharada de miel. Con la particularidad que ninguno se eximía del ayuno, ni aún los jornaleros, ni los ancianos, ni los mismos niños de más de doce años de edad; tan sólo para los enfermos se hacía una excepción, que debía ser refrendada por el sacerdote. A estas penitencias añadían otras privaciones, tales como la continencia conyugal, la supresión de las bodas y festines, de las reuniones del Consejo del Pueblo, de los juegos, recreos públicos, caza, deportes, etc.
De este modo se santificaba no ya solamente en el templo, como ahora, sino también en los hogares, y hasta en todos los lugares tanto de trabajo como de diversión. Es decir, que el espíritu de Semana Santa tutelaba la vida de toda la sociedad cristiana aldeana.
Los templos se veían privados durante los oficios cuaresmales del alegre Aleluya, del himno Angélico Gloria in excelsis, de la festiva despedida Ite missa est, de los acordes del órgano, de los floreros, iluminaciones y demás elementos de adorno, los crucifijos y las imágenes, que se cubrían con telas de color morado. El contenido exterior de la liturgia acentuaba los cantos graves y melancólicos del repertorio gregoriano y el frecuente arrodillarse para los rezos corales.
Durante la Semana Santa, las colonias cambiaban totalmente su aspecto. No se oían los suaves acordes de los “Schnerorgellier” y los colonienses que andaban por las calles lo hacían en profundo silencio.
El Jueves Santo, durante la Misa, en que se celebraba la Ultima Cena de Cristo y la ceremonia de lavar los pies para rememorar el lavado de pies de los discípulos de Cristo, el templo quedaba de pronto en silencio y a oscuras: súbitamente los fieles comenzaban a entonar el himno sagrado Gloria in excelsis al tiempo que comenzaban a repicar todas las campanas (que se “volaban” y permanecerían mudas hasta el sábado a la noche, cuando “regresarían”, haciendo el mismo estruendo que ensordecía a toda la colonia). Desde ese momento, solamente las matracas (Klapperer) de los campaneros anunciaban el inicio de la misa, durante los dos días subsiguientes.
El Viernes Santo, los fieles concurrían a misa vestidos de colores oscuros o de negro. Se conmemoraba la muerte de Jesucristo. Era un día dedicado a la penitencia, el ayuno y la oración. La liturgia se componía de cuatro partes diferenciadas: lecturas bíblicas y oraciones solemnes, incluyendo la lectura de la Pasión según san Juan, la adoración de la cruz, la comunión de los fieles y las devociones populares. También se realizaban procesiones por las calles, en las que los niños iluminaban su camino llevando en las manos farolitos (Fackellier), adornados con papel crepé, entonando cánticos religiosos y orando devotamente. En muchas esquinas se instalaban pequeños altares preparados por los vecinos.
El Sábado Santo por la noche, se hacía el remedo de quemar a Judas, el traidor de Jesús. Y el Domingo de Pascua se asistía a misa con los corazones alborozados para celebrar la resurrección del Señor.
Al atardecer se organizaban animadas tertulias y bailes. Hecho que se reiteraba los lunes y martes. Siempre con una masiva participación popular.

martes, 19 de marzo de 2024

The gastronomy book of the Volga Germans

 Now in English! The gastronomy book of the Volga Germans that rescues more than 150 traditional recipes. The book is about to out of print its fifteenth edition in Spanish. Five years of research by the writer Julio César Melchior.

The book is divided into ten chapters and rescues more than one hundred and fifty traditional recipes of the Volga Germans, compiled by the writer over several years of research.
It contains the recipes and the secret to elaborate traditional menus: typical meals, soups, cakes, breads, jams, cheeses, preserves, beers, wines, liquors and dozens and dozens of other recipes, to elaborate any of the traditional dishes that make up the traditional gastronomy. With images of the most popular dishes. Email: writerjuliocesarmelchior@gmail.com
A book to give as a gift and to be given yourself, to keep and treasure, a book that should not be missing in any kitchen. A work that revalues, rescues, disseminates and keeps alive the gastronomic identity of the Volga Ge

viernes, 15 de marzo de 2024

El horno de barro y los Dünnekuchen de la abuela

Fotografía de noticiasd.com
Don José encendió el horno de barro, que él construyó con sus manos, hace cuarenta y ocho años, cuando se casó con doña Elvira y se mudó a la casa. Lo hizo con tallos secos de cardo y unas pocas astillas cortadas con el hacha de manera fina y prolija. Sobre esto había colocado ramas más gruesas y pequeños troncos para generar no solamente abundante llama sino, una vez consumido, carbón para distribuir uniformemente en el interior del horno.
En el interior de la casa, doña Elvira trabajaba denodadamente con sus manos, un mazacote de harina, huevos, crema y varios ingredientes más, que tenía sobre la mesa, rodeada de varias fuentes que esperaban su turno para ser llenadas y llevadas al horno. Mientras el reloj marcaba las cuatro y media de la mañana, tomó el palo de amasar. Con paciencia, delicadeza y no sin esfuerzo físico, fue trabajando la masa y distribuyéndola equitativamente en las fuentes. Finalmente tomó una sartén de la cocina a leña para concluir poniendo sobre la masa, anteriormente distribuida en todas las fuentes, una cobertura de grumos. Ya estaban listos los Dünnekuchen para ser llevados al horno, una vez que hubieran levado lo suficiente.

domingo, 3 de marzo de 2024

¡Santa María logró batir su propio récord! Un strudel de 71,90 m en este domingo inolvidable!!

 Felices de poder compartir con todos los que nos visitaron y con quienes nos acompañan de forma virtual, les dejamos las imágenes de lo que fue la medición de la elaboración final del Strudel que en poco tiempo se va a proceder a cortar y a repartir para que todos los amigos que nos visitaron puedan probar y degustar esta delicia.
No olviden que la receta del Strudel y sus variedades, una mas exquisita que otra, la encuentran en mi libro "La gastronomía de los alemanes del Volga", que rescata mas de 150 recetas tradicionales de la cocina de las abuelas. Es un legado que permanecerá por siempre en cada familia.


Una obra de restauración sin igual

 En el marco de la 9º edición de la Strudel Fest tres vecinos de la localidad, el Sr. Alberto Beier, el Sr. Cesar Schwerdt y el Sr. Cito Reeb y un grupo de colaboradores, realizaron la presentación de un carro del año 1877 que fue realizado en su totalidad por el, ya fallecido, Sr. Don Alejandro Streitenberger Maier, un personaje sin igual (historiador, escritor, inventor, músico, entre muchas otras cosas) de pueblo Santa María. En esta oportunidad el carro que se encontraba fuera de circulación, fue restaurado y puesto en marcha por estos tres vecinos que en un trabajo mancomunado que les insumió al menos tres años y con la colaboración de otros integrantes del pueblo que hicieron posible este hecho, se presentaron en el escenario principal desfilando con este carro que es testigo viviente de lo que fue su gente y sigue siendo hoy día. Ingenio, trabajo en equipo, tenacidad, fuerza de voluntad y espíritu solidario hacen posible este acontecimiento trascendental para la identidad y el rescate de lo que fue la vida en esta colonia. Como se rescata en palabras las vivencias, costumbres y tradiciones de las aldeas y colonias fundadas por alemanes del Volga en mi libro “Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga”. Una obra literaria que consta de dos partes, la primera la recopilación de vivencias, costumbres, tradiciones, relatos históricos de pobladores que nos han dejado sus vidas como ejemplo y la segunda parte del libro una muestra fotográfica de época de lo que fue la vida en las aldeas y colonias de la provincia de Buenos Aires. Un libro histórico imperdible y digno de leer para todo descendiente de alemanes del Volga.



Fotografías de María Claudia Melchior

Fotografías de los ganadores del Torneo de Koser que se llevó a cabo ayer

Compartimos las fotografías de las parejas ganadoras del multitudinario Torneo de Koser que sedesarrolló ayer en la Plaza del Inmigrante- Paseo Juan Carlos Roht con motivo de la 9º edición de la Strudel Fest, que se está llevando a cabo en Pueblo Santa María, Coronel Suárez, provincia de Buenos Aires.
Felicitaciones a los ganadores y a los organizadores del evento.
También felicitaciones a los organizadores por mantener vivo el juego tradicional de nuestros ancestros, juego, para los que deseen aprender a jugarlo, rescato en mi libro "La infancia de los alemanes del Volga". 



Fotografías de María Claudia Melchior