Rescata

Para más información pueden comunicarse al WhatsApp: 2926 461373 o al Correo electrónico juliomelchior@hotmail.com

viernes, 21 de febrero de 2025

Se cumplen 60 años de la entronización de la Virgen de Fátima en la Gruta de acceso a la localidad de Pueblo Santa María

 El 21 de febrero se conmemora un nuevo aniversario de la entronización de la Virgen de Fátima en la Gruta que se erige en la rotonda de acceso a Pueblo Santa María, en el Partido de Coronel Suárez. Fecha para rememorar dos acontecimientos históricos que dejaron huella en la región, uno climático y otro religioso. También momento oportuno para recordar a los protagonistas.

Durante los primeros años de la década de 1960 del siglo pasado Pueblo Santa María y por ende, el Partido de Coronel Suárez, sufrió una prolongada sequía que afectó profundamente la economía lugareña, que por aquellos años dependía casi exclusivamente de la producción agropecuaria, lo que desencadenó una crisis económica, con la pérdida de tres cosechas consecutivas y mortandad de animales a consecuencia de la falta de agua y escasez de pasto.
Los propietarios de los campos, al igual que los habitantes de la localidad, preocupados por la situación, se entrevistaron con el sacerdote Juan Peter, que estaba al frente de la parroquia, para plantearle su incertidumbre ante una realidad que iba empeorando a medida que pasaban los meses.
A instancias del cura párroco, y en la primera misa que se celebró, se tomó la decisión de solicitar a la Virgen de Fátima que intercediera ante Dios para que les envié la lluvia, que tanta falta hacía, prometiendo los feligreses en su conjunto que si el milagro se producía, iban a construir una gruta y entronizar una imagen en su honor.
La población participó multitudinariamente de misas especiales, rezos y procesiones que se desarrollaron por las calles de la localidad organizados por el cura párroco, en las que quedó de manifiesto la devoción de la comunidad y la certeza en sus convicciones religiosas.
Y un día el milagro se produjo: después de mucho tiempo llegó la tan ansiada lluvia con sus bendiciones para el campo y las personas. Volvieron a nacer los pastos para alimentar a los animales, la tierra volvió a ser apta para ser sembrada, en la localidad volvieron a florecer los jardines y regresó la vida en todo su esplendor. La virgen cumplió y ahora nos toca a nosotros cumplir con ella -dijo el sacerdote.
El sacerdote Juan Peter junto con la colaboración desinteresada de muchas personas, concretaron la obra en muy poco tiempo: Pedro Pin donó 2 hectáreas de campo, Mateo Hippener diseñó la gruta, el albañil Pedro Schmidt la construyó, el artista plástico Salvador Schneider pintó los murales a ambos laterales y Pedro Cumler tuvo a su cargo el riego y cuidado de la plantación de árboles con que se embelleció el lugar.
Mientras esto se llevaba a cabo, el Padre Peter solicitó una réplica de la imagen de la Virgen directamente en el Santuario que la Virgen de Fátima tiene en la Cova de Iría, en Fátima, Portugal, donde entre el 13 de mayo y el 13 de octubre de 1917, se le apareció a tres niños pastores, llamados Lucia dos Santos, Jacinta y Francisco Marto.
Al intentar ingresarla al país la imagen fue retenida en la aduana, en el marco de una investigación bajo sospecha que podría contener droga en su interior. Siendo infructuosos todos los trámites que se realizaron, se solicitó la intervención del escribano Domingo Nicolás Móccero, quien logró destrabar la medida para que la estatua de la Virgen pudiera ser transportada a Pueblo Santa María. Previamente, las autoridades de la aduana verificaron que en su interior no contuviera ningún tipo de sustancias, realizando un corte a la altura de la cabeza.
Finalmente, el 21 febrero de 1965, el repicar de las campanas de la iglesia anunciaban la salida de una procesión, en la que participó todo el pueblo, rumbo a la gruta construida en el ingreso a la localidad, llevando en andas a la Virgen de Fátima para ser entronizada en el lugar, seguido por una solemne peregrinación de carrozas ornamentadas con temas religiosos y abundancia de flores, otras llevando espigas de trigo y demás productos que son el esfuerzo del trabajo rural o de la actividad desarrollada en el pueblo, y los acompañaba una larga fila de implementos agrícolas, máquinas cosechadoras, tractores, carros tirados por caballos, jinetes y muchos más.
Una multitud agitando pañuelos blancos y banderas argentinas los recibió al ingresar a la gruta y participó de la misa y posterior entronización de la Virgen, en un evento religioso sin precedentes para la región, de un pueblo fundado y habitado por descendientes de alemanes del Volga, para quien la fe en Dios representa un elemento fundamental de su identidad, cultura y un pilar central en la vida de sus antepasados y continúa siéndolo para sus descendientes en la actualidad.
Desde aquel día, los habitantes de Pueblo Santa María mantienen viva la tradición de visitar la Gruta de la Virgen de Fátima los días 13 de cada mes. Este fervor se intensifica especialmente entre mayo y octubre, fechas que conmemoran las apariciones de la Virgen en 1917 en la Cova de Iría, Fátima, Portugal.
Y cada 21 de febrero, la comunidad se congrega en la gruta para conmemorar el milagro de la lluvia y la entronización de la imagen de la Virgen. En esta fecha especial, mediante una misa en acción de gracias y la presentación de los frutos de la tierra, tal como sucediera en aquel 1965, se agradecen las bendiciones recibidas durante el año anterior y se elevan oraciones pidiendo protección y guía para el nuevo año.
Esta tradición, arraigada en la fe y el fervor religioso, ha fortalecido los lazos de la comunidad y mantenido viva la devoción a la Virgen de Fátima en Pueblo Santa María a lo largo de estos 60 años. (Autor: Julio César Melchior)

Julio César Melchior
Lleva más de 30 años dedicados a rescatar, revalorizar y difundir la historia y cultura de los alemanes del Volga, con siete libros publicados sobre el tema. Además, editó cuatro libros de otros géneros. En total lleva once libros publicados. En la actualidad tiene disponible tres títulos sobre los alemanes del Volga: “Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga”, “La infancia de los alemanes del Volga” y “La gastronomía de los alemanes del Volga”. Para adquirir los libros comunicarse a juliomelchior@hotmail.com o al WhatsApp 2926 461373. También pueden visitar su blog: www.hilandorecuerdos.blogspot.com


miércoles, 12 de febrero de 2025

Las inolvidables semillas de girasol de la abuela

 Todavía recuerdo a abuela cuando arrojaba semillas de girasol dentro de una fuente y las llevaba al horno de la cocina a leña para tostarlas, retirando de vez en cuando la fuente para revolverlas con mucho cuidado, porque el calor que despedían podía quemar. Ese era su secreto para lograr un tostado equilibrado.
Cuando consideraba que estaban en su punto justo, retiraba la fuente y la colocaba en un lugar resguardado, donde ningún niño podía tener acceso, para que las semillas se enfriaran. Finalmente, las guardaba en una lata, por lo general, un tarro de aceite comestible, que por aquellos años se comercializaba de esa manera.
Los domingos a la tarde, cuando llegaban a visitarla sus hijos y sus nietos, y después de convidarlos con tomar junto con Kreppel o Dünnekuchen horneados por ella, buscaba la lata, tomaba un plato, lo llenaba con semillas de girasol y lo colocaba en el centro de la mesa.
Todos se sentaban alrededor para servirse una mano llena y comenzar a abrir las semillas con los dientes y comer las pepitas.

jueves, 23 de enero de 2025

Una de las tantas tareas que realizaban las mujeres en verano

 Cuenta mi madre que mi abuela y sus cinco hijas se sentaban alrededor de la mesa a pelar y quitarles el carozo a baldes y baldes de ciruelas, que cosechaban de los frutales que tenían en el fondo del patio. Lo hacían generalmente bien temprano a la mañana, con el fresco del amanecer. Y también para que no hubiera tantas moscas molestando su quehacer. A esa hora de la mañana la casa, que era de adobe, estaba fresca. Las cortinas se mantenían cerradas para que no hubiera tanta luz y el ambiente se mantuviera fresco.
Pelaban las ciruelas, les quitaban el carozo, y las arrojaban dentro de una enorme fuente. Cuando estas se llenaban, abuela la tomaba y se dirigía a la bomba para lavar las ciruelas ya peladas y descarozadas. Después regresaba a la cocina y las arrojaba dentro de una enorme cacerola con agua que estaba sobre la cocina a leña. En esa enorme cacerola se cocinaban kilos y kilos de dulce de ciruela. Tarea que llevaba sus horas y sus días. Porque no solamente se elaboraba dulce de ciruela sino también de higos, duraznos, manzanas, peras, tomates, zapallo.
Una vez cocinada y fría la preparación se trasvasaba a frascos de todos los colores y especies, que abuela y los niños lograban reunir a lo largo del año. Pidiendo aquí y allá a vecinos, familiares y amigos. De más está decir, que el que colaboraba con frascos recibía uno lleno para probar el dulce cocinado en la ocasión.
Finalizado este proceso, los frascos eran sellados y estibados en un lugar fresco y seco, generalmente un sótano o en el Schepie. Bajo el estricto control de la abuela, que mantenía un justo equilibrio y decidía cuando abrir uno, los dulces duraban hasta la cosecha del año siguiente y a veces más allá.

La abuela tenía un jardín

 La abuela tenía infinidad de plantas en macetas debajo de la galería, flores de todos los tamaños y colores, que en invierno cubría cuidadosamente para protegerlas de la helada, pero que en verano florecían para recibir a las visitas con alegría, con mariposas revoloteando de aquí para allá, al igual que las abejas que buscaban su polen para alimentar su panal.
También tenía flores, sobre todo rosales, al frente de la casa, en el patio, donde a veces, cortaba algunas para llevar a la iglesia y colocar en el altar, en el regazo de la virgen, en señal de gratitud.
La abuela era una persona alegre, que tenía una sonrisa dulce dibujada en sus labios y en los ojos la felicidad, que cantaba mientras hacía las tareas domésticas o regaba sus amadas flores. La abuela es el recuerdo de unas manos trabajando la tierra, cosechando trigo, cocinando rico, educando a sus hijos, amando a sus nietos.

sábado, 18 de enero de 2025

Sentarse alrededor de la mesa para comer era para los alemanes del Volga una forma de expresar su identidad cultural

 Sentarse alrededor de la mesa para comer era para los alemanes del Volga una forma de expresar su identidad cultural. Un momento en el que se compartían historias, se enseñaban modales y se inculcaban pautas de convivencia como la solidaridad, el respeto y el agradecimiento. Estas reuniones ayudaban a mantener unidos a los miembros de la comunidad y a preservar sus tradiciones, sus valores y su rica herencia cultural.
Los abuelos tenían un papel crucial en la transmisión de estos valores, costumbres y tradiciones de una generación a otra. Eran los encargados de enseñar a los jóvenes sobre la historia familiar, las normas sociales y las habilidades necesarias para la vida. En un contexto de desarraigo y adaptación, los abuelos ofrecían consuelo, apoyo emocional y un sentido de pertenencia, además de experiencia y sabiduría.
Todos esos valores y principios que inculcaron en sus descendientes los abuelos en aquellos primeros tiempos de las aldeas y colonias, todavía se reflejan en nuestras decisiones diarias y en la forma en que nos relacionamos con los demás. Un legado cultural que se mantiene vigente y define nuestra identidad.

Todas las recetas ancestrales que las mujeres han cuidado con celo y fueron legando a sus hijas de generación en generación se encuentran en el libro "La gastronomía de los alemanes del Volga" que recopila mas de 150 recetas tradicionales.
Las costumbres y tradiciones que nos hablan de quienes somos, de donde venimos y cual es nuestro pasado las encuentran en el libro "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes el Volga", un libro que contiene vivencias, anécdotas, costumbres, tradiciones, la vida diaria en las aldeas. Un libro cargado de historia. Ambos libros se envían a domicilio ya que no se encuentran a la venta en librerías.
Para más información pueden comunicarse al WhatsApp: 2926 461373 o al Correo electrónico historiadorjuliomelchior@gmail.com

viernes, 10 de enero de 2025

La abuela cocina Kleis, una comida tradicional de los alemanes del Volga

 Pela las cebollas, las lava, las picas y las arroja dentro de una sartén para rehogar en un poco de grasa, después corta pequeños rectángulos de pan duro y también los arroja dentro de la sartén mientras en una olla pone a hervir los Kleis, preparados con harina, sal, un poco de agua caliente y algún ingrediente más.
Parada frente a la cocina a leña, la abuela supervisa y controla cada detalle, esperando que las cebollas y el pan terminen por rehogarse y los Kleis se cocinen.
Ya en su punto, abuela cuela los Kleis, los coloca dentro de una fuente y distribuye encima el pan un poco frito con las cebollas y todo listo para servir. Solamente resta agregarle un poco de crema.
Su madre le enseñó la receta, pero sin el agregado de las cebollas, porque el plato original solamente se prepara con pan duro, sin sumarle nada más, apenas un poco de grasa para freír. Abuela no lo olvidó, se acuerda muy bien, pero qué va a hacer, a su nieta le gusta con pan y cebolla frita, y quiere agasajar a su nieta, que hoy viene a almorzar con ella y le pidió que cocinara Kleis con una cobertura de pan duro y cebolla, recalcando “como solamente vos, abuela, sabés cocinarlo”.
Y eso hace feliz a abuela. Tanto que puso sobre la mesa sus mejores platos y cubiertos.

Para volver a cocinar la receta ancestral de los Kleis, les recomiendo mi libro “La gastronomía de los alemanes del Volga Volga”, que, además, rescata más de 150 recetas tradicionales con fotos a color en papel brillante de la elaboración paso a paso de las comidas tradicionales. Para más oinformación escribir al correo electrónico historiadorjuliomelchior@gmail.com.

lunes, 6 de enero de 2025

Cómo se celebraba el Día de Reyes en los pueblos alemanes de Coronel Suárez en tiempo de nuestros abuelos

 Las tradiciones de los alemanes del Volga son un fascinante mosaico cultural que refleja su origen y su historia. Esta mezcla se manifiesta en diversos aspectos de su vida cotidiana, desde la religión y la lengua hasta la gastronomía y la música. Con una rica historia que se remonta a su migración desde el Sacro Imperio Romano Germánico hasta el Imperio Ruso a finales del siglo XVIII. Sus tradiciones, transmitidas de generación en generación, son un testimonio de su resistencia y adaptabilidad. Y esta época del año, donde abundan los festejos, cada día tiene la suya. Así lo hemos ido contando en dos historias publicadas en este medio, una en Navidad, con la llegada del Pelznickel y el Chriskindie; otra, el primer día de Año Nuevo, con el wünsche gehen; y la última, que daremos a conocer hoy, llamada großes neues Jahr. Todas presentes en la vida cotidiana de los pueblos alemanes de Coronel Suárez.

En Navidad, mejor expresado, el 24 a la medianoche, que se vivía con austeridad, después de haber asistido a la iglesia, a participar de la Misa de Gallo (Mette, en el dialecto de los alemanes del Volga), las familias regresaban a casa a aguardar la llegada del Pelznickel y el Chriskindie, que venían el primero, a reprender a los niños traviesos y el segundo, a obsequiarles masitas y dulces a todos los hijos del hogar.
Mientras que el primer día del año los niños se levantaban bien temprano a la mañana, casi con el amanecer, para saludar a sus padres deseándoles feliz año nuevo, recitando en alemán un poema varias veces centenario, para después recorrer la colonia vor wünsche gehen (ir de buenos deseos) visitando para saludar a tíos, abuelos y demás parientes, también a vecinos y amigos, recibiendo a cambio obsequios en masitas, golosinas o un poco de dinero que guardaban en un Pindlie, nombre que se le da al pañuelo atado en sus cuatro puntas en forma de paquete.
Finalmente, la mañana del Día de Reyes se llevaba a cabo una tradición que lleva por nombre Grosses neues Jahr (cuya traducción literal es año nuevo grande) porque en esa jornada quienes se levantaban temprano eran los hombres para ir de hogar en hogar visitando a familiares y amigos deseando un feliz y próspero año nuevo a cambio de un Schnapps, una copita de licor, siendo agasajados con un brindis en cada vivienda que ingresaban.
Demás está agregar que a medida que avanzaba la jornada y las visitas se repetían una tras otra, sumando a los buenos deseos y augurios cantos tradicionales en alemán, y los brindis con sendas copitas de licor también se repetían, los hombres finalizaban su cometido un poquito pasados de alcohol.
Dando por concluidas de esta manera, las tradiciones ancestrales asociadas a los festejos de Navidad, Año Nuevo y Reyes, que enlazaban elementos religiosos, familiares y culturales.

Julio César Melchior
Lleva más de 30 años dedicados a rescatar y difundir la historia y cultura de los alemanes del Volga. En la actualidad tiene disponible tres títulos: “Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga”, “La infancia de los alemanes del Volga” y “La gastronomía de los alemanes del Volga”. Para más información, comunicarse a historiadorjuliomelchior@gmail.com o al WhatsApp 2926 461373. También pueden visitar su blog: www.hilandorecuerdos.blogspot.com.

domingo, 5 de enero de 2025

Hoy 5 de enero se cumple un nuevo aniversario de Colonia Hinojo, el primer asentamiento de alemanes del Volga en el país, que se fundó en 1878

 Los colonos buscaban un lugar donde pudieran preservar su identidad cultural, practicar su religión libremente y tener mejores oportunidades económicas. El gobierno argentino les ofreció grandes extensiones de tierra a bajo costo y les brindó la certeza de un futuro próspero y un lugar donde pudieran vivir sin las restricciones políticas, sociales y culturales que les había impuesto el Imperio Ruso. En la actualidad, el legado de estos pioneros es innegable. Su espíritu emprendedor, su fuerte ética del trabajo y su arraigo a la tierra contribuyeron significativamente al desarrollo de la región de Olavarría, en la provincia de Buenos Aires. De la misma manera, como lo hicieron los varios contingentes de alemanes del Volga que llegaron posteriormente, fundando aldeas y colonias en varias provincias de Argentina.

Los colonos llegaron al país alentados por la Ley de Inmigración y Colonización sancionada en 1876 por el presidente Nicolás Avellaneda, que tenía como meta poblar el territorio, desarrollar la agricultura y la industria, y consolidar el Estado nacional, que les ofrecía la oportunidad de construir una nueva vida en un país con grandes perspectivas de desarrollo y crecimiento, donde podían preservar sus tradiciones y disfrutar de los beneficios de una sociedad libre y democrática.
Es en este marco que el 5 de enero de 1878 fundan Colonia Hinojo, que en sus orígenes llamaron Kamenka, igual que la aldea natal que habían dejado atrás, allá lejos, en una amplia región meridional del río Volga, en el Imperio Ruso, que sus ancestros habían colonizado a partir de 1763, cuando emigraron del Sacro Imperio Romano Germánico rumbo a Rusia, convocados por la zarina Catalina II, La Grande.
En 1878, el territorio de la provincia de Buenos Aires presentaba características muy distintas a las actuales. La expansión hacia el sur estaba en pleno desarrollo y las campañas militares, con todo lo que esto significaba, estaban en pleno desarrollo para extender la frontera agrícola. Y las vías de comunicación eran escasas como escasa era la infraestructura en general. La región era un vasto territorio, con un horizonte infinito y donde todo estaba por hacer.
Al respecto, existe un antiguo manuscrito que el historiador José Gottfriedt encontró revisando viejos archivos hace ya varias décadas, que relata que "duros fueron los primeros tiempos, nos decían nuestros abuelos, primero el idioma, después los pajonales, no se divisaba más que unos metros y el poco tiempo transcurrido de la conquista del desierto, aún quedaban algunos aborígenes merodeando a los hombres que tenían que ir a sus chacras a trabajar” en jornadas agotadoras, interminables, en las que tanto los hombres como las mujeres tuvieron que realizar tareas sumamente agobiadoras, no sólo en la casa sino también en el campo.
La adaptación tampoco fue sencilla. Tuvieron que enfrentar un entorno y un clima diferentes, nuevas enfermedades y adaptarse a la convivencia con otras culturas. Tarea compleja, porque a raíz de algunos conflictos suscitados con un grupo de colonos franceses establecidos en la zona, los alemanes del Volga solicitaron y obtuvieron el permiso para trasladarse a un kilómetro de distancia del primer lugar escogido para fundar la nueva localidad. Acordado el permiso, desmontaron todo y se trasladaron al nuevo destino, al cual llegaron pocos días después nuevas familias.
Poco a poco, los colonos fueron levantando sus viviendas, construyendo una iglesia y estableciendo una escuela. La comunidad creció y se fortaleció gracias al esfuerzo conjunto de sus miembros, transformando las tierras vírgenes en campos productivos, contribuyendo al desarrollo económico de la región y del país. Por lo que con el correr de los años, Colonia Hinojo se convirtió en un modelo de inmigración exitosa, demostrando que con esfuerzo y perseverancia se pueden superar los desafíos y construir una nueva vida.
Los fundadores, que llegaron junto a sus familias, fueron, entre otros: Andrés Fischer, Jorge Fischer, José Kissler, Miguel Kissler, Andrés Kissler, Pedro Pollak, José Simon, Juan Schamber, Jacobo Schwindt y Leonardo Schwindt.
Colonia Hinojo se convirtió rápidamente en un próspero centro agrícola, contribuyendo al desarrollo económico de la región, merced al esfuerzo, el trabajo y los conocimientos ancestrales en agricultura, adaptados a las condiciones del nuevo territorio, que trajeron consigo los colonos.
Además, la comunidad alemana del Volga logró mantener su identidad cultural y transmitirla a las siguientes generaciones, en diversos aspectos de la vida cotidiana: en la arquitectura, la lengua, la música, la gastronomía, las festividades, las costumbres y las tradiciones. Un legado invaluable que todavía en la actualidad se mantiene vivo.

Las fotografías son gentileza de Hugo Schwindt.

Julio César Melchior
Lleva más de 30 años dedicados a rescatar y difundir la historia y cultura de los alemanes del Volga. En la actualidad tiene disponible tres títulos: “Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga”, “La infancia de los alemanes del Volga” y “La gastronomía de los alemanes del Volga”. Para más información, comunicarse a historiadorjuliomelchior@gmail.com o al WhatsApp 2926 461373. También pueden visitar su blog: www.hilandorecuerdos.blogspot.com.




miércoles, 1 de enero de 2025

El primer día del año en los pueblos alemanes de Coronel Suárez en la época de nuestros abuelos

 El primer día del año era una fiesta para los niños, porque en esa jornada se levantaban apenas amanecía para saludar a sus padres y después visitar la casa de parientes y vecinos, para desear feliz Año Nuevo, recitando poemas varias veces centenarios. Manteniendo vigente una tradición ancestral, cuyas raíces históricas se diluyen en la Edad Media. A cambio, recibían una recompensa en masitas, golosinas o un poco de dinero. Esta tradición lleva por nombre wünsche gehen (cuya traducción aproximada sería “ir de buenos deseos”).

Cada primero de enero, los niños, ni bien despertaban y luego de vestirse, se paraban frente a sus padres, para desear un feliz Año Nuevo, recitando el siguiente poema:
-Vater und Moter ich wünsch euch
ein glückseliges Neues Jahr,
langes Leben und Gesundheit,
Friede und Einigkeit,
und nach dem Tod
die ewige Glückseligkeit.
-Das wünsche mir dir euch! (1) -respondían mamá y papá, entregando masitas o golosinas (que eran un obsequio muy valorado por aquellos años) y en ocasiones, hasta un poco de dinero.
Después, los pequeños salían para desear un próspero año nuevo a familiares, vecinos y amigos, ingresando en la mayoría de las viviendas de la localidad para, al final de la jornada, reunir la mayor cantidad de obsequios, que guardaban en un Pindle, nombre que se le da al pañuelo atado en sus cuatro puntas en forma de paquete, para atesorar en su interior las masitas y golosinas que recibían. Obviamente, las familias los esperaban con alegría y los regalos preparados.
En esta ocasión, el poema que recitaban era otro:
glück und segen
auf allen Wegen!
Frieden im Haus
jahrein, jahraus!
In gesunden und kranken Tagen
kraft genung, Freud und Leid tragen!
Stets im Kasten ein stücklein Brot,
das geb’ uns gott! (2)
Al finalizar la jornada, los niños se sentían dichosos por la cantidad de cosas dulces que lograban reunir tras una larga jornada visitando tíos, abuelos y demás parientes. Además, regresaban a sus hogares con la satisfacción del deber cumplido y el corazón henchido por todo el cariño cosechado.

1.         Traducción del primer poema:
-Mamá y papá, yo les deseo
un feliz Año Nuevo,
larga vida y salud,
paz y unidad,
y después de la muerte,
la dicha eterna.
-Eso te deseamos a ti también!
2.         Traducción del segundo poema:
Felicidad y bendiciones
en todos los sentidos,
paz en la casa,
año tras año,
fuerza suficiente para soportar
los días buenos y malos!
Siempre un trozo de pan en la caja.
¡Dios nos conceda todo eso!

Julio César Melchior
Lleva más de 30 años dedicados a rescatar y difundir la historia, cultura, tradiciones y costumbres de los alemanes del Volga. Autor de once libros (uno traducido al inglés). Fundador de Periódico Cultural Hilando Recuerdos, que publicó de forma mensual durante 8 años en soporte papel y que actualmente se puede visitar en www.hilandorecuerdos.blogspot.com, con más de 4 millones de visitas. Para más información, escribir a historiadorjuliomelchior@gmail.com o al WhatsApp 2926 461373.

viernes, 27 de diciembre de 2024

Recetas de pepinos en conserva

Nuestros antepasados preparaban encurtidos de pepinos utilizando el método tradicional, es decir, colocaban los pepinos en una salmuera que preparaban con agua y sal, a la que le sumaban ramitas de eneldo y hojas de parra. Este proceso es más lento pero produce un sabor más complejo, con notas ligeramente fermentadas.
Con el paso de los años algunas familias empezaron a incorporar una nueva técnica de preparar pepinos en conserva: los sumergen en una solución que preparan con vinagre, agua, sal y especias. El proceso de encurtido es más rápido, y el sabor es más agrio y ácido.
Aquí presentamos las dos recetas:

Sauer Kummer
(Pepinos en conserva que se preparan siguiendo el método tradicional)

Ingredientes:
1 docena de pepinos
2 litros de agua
Sal gruesa a gusto
Eneldo a gusto
6 hojas de parra

Preparación:
Lavar bien los pepinos con agua para eliminar cualquier suciedad, asegurándose de que sean de tamaño uniforme, para que el proceso de encurtido se produzca sin inconvenientes y al mismo tiempo.
Después colocarlos cuidadosamente en el frasco, intercalando algunas ramitas de eneldo, apretando un poco, pero no tanto para que los pepinos no se dañen o queden aplastados, dejando un poco de espacio en la parte superior (aproximadamente 1 cm).
Verter el agua, previamente mezclada con la sal, hasta cubrir por completo. Golpear suavemente el frasco con la mano para eliminar cualquier burbuja de aire que pueda haberse formado. Si es necesario, agregar más líquido hasta que estén completamente cubiertos.
Tapar con las hojas de parra y poner encima una madera o un plato con un peso, para mantener sumergidos los pepinos.
Guardar en un lugar fresco y oscuro. Se podrán consumir en tres o cuatro días, aproximadamente, dependiendo del tamaño de los pepinos y la cantidad de sal utilizada.
Opción:
Si bien esta es la manera tradicional de preparar pepinos en conserva, está en el paladar y el gusto de cada uno, sumar especias al momento de elaborar la receta. Lo mismo que se puede utilizar ramitas de hinojo si no se tiene a mano ramitas de eneldo.

……………….

Sauer Kummer
(Pepinos en conserva que se preparan con vinagre)

Ingredientes:
1 Kg de pepinos
1 litro de agua
1 litro de vinagre
2 cucharadas de azúcar
Ramitos de eneldo
Sal a gusto

Preparación:
Llevar a hervor por unos minutos la mezcla de agua, vinagre, azúcar y sal.
Dejar enfriar.
Elegir pepinos del mismo tamaño y colocarlos en frascos previamente esterilizados, alternando con las hojas de eneldo. Verter la mezcla, que anteriormente se preparó, sobre los pepinos. Tiene que estar fría.
Poner encima una madera o un plato con un peso, para mantener los pepinos sumergidos.
Guardar en un lugar seco y fresco.
Pasados unos días ya estarán a punto para degustar.

La receta de los pepinos en conserva al igual que otras 150 recetas tradicionales más, las podrán encontrar en mi libro “La gastronomía de los alemanes del Volga”.
Diez capítulos con recetas de comidas típicas, tortas, sopas, panes caseros y pan dulces, encurtidos y conservas, recetas de licores y de Kwast: la cerveza tradicional de los alemanes del Volga, vinos y licores, dulces caseros de todo tipo de frutas y mucho más.
El libro se envía a todo el país y el mundo por correo.
Los espero en mi libro, donde sobrevive la memoria gastronómica de los alemanes del Volga.
Correo electrónico: juliomelchior@hotmail.com

martes, 24 de diciembre de 2024

La Navidad de los pueblos alemanes de Coronel Suárez en tiempos de nuestros abuelos

 Las semanas previas a la fiesta de Navidad, las familias acondicionaban las viviendas, ordenaban las dependencias y limpiaban a fondo cada rincón de sus hogares. Era tiempo de celebración, de reunir a la familia en torno a la mesa paterna, el momento en que se lucían las mejores prendas, la fecha cumbre del año, que lo dividía en un antes y después, sobre todo en el Volga, allá en la lejana aldea natal, en el imperio ruso, durante los largos e interminables inviernos de nieve, de la misma manera que recordaban había sido en la tierra ancestral, el Sacro Imperio Romano Germánico, la actual Alemania, antes de emigrar, a finales del siglo XVIII.
El 24 a la medianoche todos asistían a la iglesia, a participar de la Misa de Gallo (Mette, en el dialecto de los alemanes del Volga), en la que, iluminada por farolitos, la luz de las velas y las lámparas a kerosene, en una localidad que todavía no contaba con energía eléctrica, cantaban himnos tradicionales y comulgaba toda la población, viviendo el nacimiento de Jesús con verdadero fervor religioso.
Concluida la ceremonia, las familias regresaban a sus hogares, viviendo la fiesta con suma austeridad, reunidos alrededor de la mesa paterna, algunas personas leyendo la Biblia, otras rezando, hasta que llegaba a sus oídos un ruido de cadenas arrastradas por las calles por un personaje que vociferando palabras incongruentes metía miedo en el alma de los niños, que llenos de pánico comenzaban a buscar refugio bajo la mesa o detrás de los vestidos de sus madres, porque sabían que venía a castigarlos por las faltas que habían cometido durante el año.
Súbitamente la puerta de la vivienda se abría y allí estaba el Pelznickel, un ser casi mitológico, ataviado con un sobretodo oscuro del tiempo de la arada, barba enmarañada, sombrero y botas, en ocasiones armado de un Rustchie (una ramita delgada y larga), solicitando que los niños compadezcan ante él, quién luego de interrogarlos por las travesuras cometidas durante el año (que obviamente conocía, previamente informado por los padres), los castigaba ordenando que se arrodillen y recen frente a él, después de aplicarles un duro sermón, incluyendo todo tipo de amenazas, que no olvidarían jamás.
Cuando el Pelznickel se marchaba, entre rugidos y golpes de cadena, dejando en la cocina a los niños hundidos en un mar de lágrimas, llegaba el Chriskindie (un hada buena que representaba al Niño Dios), con su inmaculado atuendo blanco, trayendo consuelo a los niños y distribuyendo cariño y cosas dulces.
Al mediodía se reunía la familia completa, abuelos, padres, hijos, nueras, yernos, nietos, un mundo de gente, para degustar sabrosos platos tradicionales preparados en los hornos de barro y las cocinas a leña.
Otros tiempos, otras épocas, otra forma de ver la vida y vivir la Navidad, basada en tradiciones y costumbres cuyos orígenes se pierden más allá de la Edad Media y forman parte de la identidad cultural no sólo de los pueblos alemanes de Coronel Suárez sino también de los alemanes del Volga que habitan en todo el país.

domingo, 15 de diciembre de 2024

Abuela y nieta recuerdan lo doloroso que resultó la integración de los habitantes de las colonias alemanas del Volga a la vida social y cultural del país

 -Hasta cerca de la mitad del siglo XX -explica Sonia-, los alemanes del Volga en la Argentina vivieron casi de manera autónoma, manteniendo sus tradiciones y costumbres, incluido su idioma, el dialecto, que se usaba en la vida cotidiana, mientras que en la iglesia y en la escuela se utilizaba el alemán estándar. El castellano, o español, sólo era usado para fines administrativos de las colonias.
-Es verdad, querida -reconoce doña Elisa, de 89 años. Las colonias eran autosuficientes. Producían y fabricaban todo lo que necesitaban. Era muy escaso lo que se compraba fuera de la colonia.
-A medida que fue avanzando el siglo XX -agregó Sonia-, y con él el adelanto tecnológico en el área agropecuaria, creció la necesidad de un mayor contacto con la población local. Y surgió lo inevitable: la asimilación lingüística, en la que el castellano, o español, se fue transformando en la lengua más usada.
-Sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial -continúa doña Elisa-, en que se prohibió la enseñanza del alemán en las escuelas. Porque hasta ese momento, a la mañana se dictaban clases en español y a la tarde en alemán. Todo eso desapareció de un día para el otro. Se llegó al extremo de castigar a los alumnos si hablaban en dialecto en los recreos. Fue un cambio muy traumático y doloroso para todos. En las escuelas parroquiales, por ejemplo, había religiosas que tuvieron que aprender a hablar bien el castellano, porque apenas sabían unas pocas palabras, porque muchas habían sido enviadas directamente desde Alemania a ejercer su misión de evangelizar y educar aquí.
-Y así -prosigue Sonia-, se gestó el proceso de asimilación lingüística, en la que el español se fue transformando en la lengua más hablada entre los jóvenes. Hasta el extremo de que, en la actualidad, los niños olvidaron casi por completo su lengua madre. Salvo raras excepciones. Pero hay un excelente trabajo que llevan a cabo, en los últimos años, escritores e investigadores, comisiones culturales y sociales, para mantener vivas las fiestas tradicionales, y algunas escuelas y docentes que también desarrollan una magnífica tarea, para revivir el dialecto.
-En este punto -interrumpe doña Elisa- hay que destacar la labor profesional que está desarrollando, desde hace más de treinta años ininterrumpidos, el escritor Julio César Melchior, que lleva publicados más de una decena de libros sobre nuestra cultura, abarcando casi todos los ejes temáticos de los alemanes del Volga: la historia, la cultura, las tradiciones, las costumbres, la infancia, la vida de la mujer, la gastronomía, en fin, la mayoría.
-Es verdad, abuela -reconoce Sonia. Leí todos sus libros. Sumergirse en sus obras es reconstruir el pasado de los alemanes del Volga. Muchas de ellas fueron premiadas, presentadas en la Feria Internacional del Libro, en Buenos Aires, y trascendieron las fronteras.
-Y un detalle que, a mí, como docente, siempre me gustó de Julio César Melchior es que él, desde el momento que comenzó a publicar sus obras sostuvo que rescataba y revalorizaba la historia y cultura de los alemanes del Volga. Porque es verdad que había mucho para rescatar, pero esa palabra: revalorizar, siempre me resultó fundamental. Porque, por aquellos años, estamos hablando de treinta años atrás, todo lo que proviniera de las colonias o de los alemanes del Volga, estaba muy devaluado. La mayoría se avergonzaba de sus raíces. Ni que decir la vergüenza que teníamos de hablar en alemán fuera de la colonia o frente a extraños o en la ciudad, donde ni lo usábamos.
-Es comprensible, abuela, porque con la asimilación lingüística, en la que el castellano, o español, se fue transformando en la lengua más usada en las colonias y la integración casi forzada por hechos sociales y culturales externos, además de cuestiones políticas, y a la vez, deseada por los jóvenes, que buscaban nuevos horizontes, fue profundamente dolorosa y traumática. No te olvides que hasta ese momento en que comienza la etapa de revalorización, nosotros éramos los rusos o los rusos de mier… Para los adolescentes que tuvieron la suerte económica de, al menos, intentar asistir a la escuela secundaria, viajando todos los días a la ciudad, se les hizo muy difícil. Para algunos imposibles. Eran literalmente discriminados. De diez que empezaban, terminaba uno. A veces, ninguno. Recién en la década de los ochenta era cosa más habitual ver asistir adolescentes a la secundaria, viajando de las colonias a la ciudad.
Sonia se levanta de la mesa, pone a calentar agua con una pava y a preparar mate. Mientras su abuela va hacia a la alacena y regresa con una fuente llena de Kreppel.
-Te pasaste, abuela -exclama sonriendo Sonia. Se ven riquísimos. Ya mismo pruebo uno.
-Los hice para vos. Me puse a amasarlos esta mañana, después de que me avisaste que ibas a venir a tomar mate.

Autora: María Rosa Silva Streitenberger

martes, 10 de diciembre de 2024

El Pelznickel y el Christkindie, dos personajes tradicionales de la Navidad de los alemanes del Volga

 El Pelznickel, de barba enmarañada, arrastrando su larga y gruesa cadena, ataviado de prendas oscuras y gastado sobretodo negro, viene vociferando sonidos guturales, cual monstruo prehistórico escapado del fondo de los tiempos para castigar a los niños díscolos. En la mano un Rutschie, una rama fina y delgada, para descargar sobre los dedos de los infantes que, una vez sorprendidos en su falta, no saben rezar o, a causa del pánico, se olvidan del Padrenuestro, confundiéndolo con el Avemaría.
Un solo eco de su voz a lo lejos, provoca que los niños huyan despavoridos a esconderse debajo de la mesa y de la cama o detrás de la falda de la madre. Imposible huir de este personaje que conoce las faltas y las travesuras cometidos por todos los niños de la colonia a lo largo del año.
Pero como todo tiene su recompensa, una vez que el Pelznickel hubo partido de la casa, dejando a los niños inmersos en un mar de lágrimas, llega el Christkindie, el niño Dios, personificado en una niña vestida de blanco inmaculado, para calmar el llanto, mitigar el sufrimiento y brindar consuelo a las almas de los pobres niños de la colonia.
Toda ella es dulzura y santidad y lleva colgado en uno de sus brazos, una canastilla llena de galletitas caseras, frutas y alguna que otra humilde golosina que, para los niños colonienses, es el manjar supremo, una delicia que saborean solamente en estas ocasiones o en Pascua, cuando llega el conejito.

domingo, 17 de noviembre de 2024

La ceremonia del té entre los alemanes del Volga y una receta de masitas caseras

Los alemanes del Volga que arribaron a la Argentina trajeron consigo la ceremonia del té al estilo ruso que habían incorporado a sus hábitos diarios luego de más de cien años de vivir en sus aldeas fundadas en las lejanas tierras del zar.
Compartiendo una taza de té surgían conversaciones de toda índole, fiestas, reuniones, con sus tristezas y alegrías, llegando a simbolizar hospitalidad para con el huésped, historias y tradición para con los niños, y conversación para con los afectos.
La ceremonia del té se desarrollaba en torno al samovar, un utensilio típico de Rusia para hervir agua y conservarla caliente, que se colocaba en el centro de la mesa, que consiste en un recipiente de cobre u otro metal con una canilla en su parte inferior para servir el agua y una concavidad en la parte superior donde se coloca la tetera.
El agua se calentaba con carbón y maderas que ardían lentamente, para mantener la temperatura constante en un tubo ubicado en el centro. Mientras que en la parte superior del samovar se apoyaba una pequeña tetera con té en hebras muy concentrado, es decir, con bastantes hebras y poca agua, para hidratarlas.
Finalmente se tomaba la taza, se echaba un poco de té y se diluía con el agua caliente que se extraía del grifo del samovar hasta obtener la infusión deseada. La bebían sosteniendo un terrón de azúcar entre los dientes.
En la Argentina cambiaron la ceremonia del té por la del mate, conservando, sin embargo, la costumbre de diluir el terrón de azúcar en la boca.

Receta de las masitas:

Ingredientes
100 g azúcar blanca
150 g manteca
240 g harina
1 huevo
1 cucharadita polvo de hornear
1 cucharadita esencia de vainilla
Azúcar impalpable

Preparación
Batir la manteca con el azúcar, agregar el huevo y luego la vainilla, hasta que la preparación quede cremosa.
Tamizar la harina y el polvo de hornear. Agregar de a poco a la preparación anterior.
Se estira sobre la mesada enharinada. Cortamos con formas diferentes, podemos usar cortantes y algunas las podemos hacer con hueco en el centro para luego rellenar.
Hornear en placa enmantecada y enharinada Controlar que no se doren. Se retiran del horno se despegan y se dejan enfriar.
Se decoran con azúcar impalpable. A las masitas que tienen hueco le podemos poner dulce. Se rellenan si se quieren con diferentes dulces.

Todos llevamos en el alma la sonrisa de mamá al servirnos nuestra comida favorita

 Cuando era niño la cocina de mamá olía a cebolla rehogada, a ajo, a grasa y crepitaba la leña dentro de la cocina a leña, mientras preparaba Kleis, Kraut und Brei, Brotschnitze, Der Kreppel, detrás de su delantal gris y el cabello recogido en un rodete. Sus manos sabias se movían con maestría y conocimiento entre la harina y la sal conjugando mágicos ingredientes, sabores y olores para crear los platos más sabrosos que florecían en el centro de nuestra mesa familiar, cuando la familia unida se reunía a comer. Esas imágenes impregnan nuestra memoria. Son escenas que todos queremos recordar porque cada uno de nosotros las hemos vivido cuando fuimos niños. Llevamos impresa en el alma la sonrisa de mamá al servirnos nuestra comida favorita. El orgullo de papá de saber que su esposa sabía manejar la economía familiar en tiempos difíciles y la felicidad de nosotros los niños, que en aquel momento no supimos o no quisimos darnos cuenta del mundo mágico en el que vivíamos. Recién nos dimos cuenta cuando ya no lo teníamos. Cuando mamá ya no estaba. Cuando su comida era sólo un recuerdo. Cuando ella misma era un recuerdo en nuestra alma. Por todo ello es que un día empecé a reunir todas las recetas que componen la herencia ancestral de la cocina de nuestras madres en el libro “La gastronomía de los alemanes del Volga” donde rescato más de ciento cincuenta recetas tradicionales con sus aromas y sabores y también reuní en otro libro, que titulé “La vida privada de la mujer alemana del Volga”, la esencia primordial de nuestras madres, su quehacer cotidiano, su niñez, adolescencia, juventud y vejez dentro del marco de la idiosincrasia particular y patriarcal de los alemanes del Volga.

Kartoffelskreppielr o tortitas de papa

Ingredientes:
4 papas
3 huevos
1/3 taza de harina

Preparación:
Hervir las papas con cáscara, cuando estén blandas escurrir y quitarles la piel. Hacer un puré. Agregar los huevos, la harina, salpimentar a gusto y con la mano formar tortitas.
Freír en aceite bien caliente.
Para una versión más saludable utilizar una sartén apenas untada con un poco de aceite
Kartoffelskreppielr o tortitas de papa

domingo, 10 de noviembre de 2024

Las campanas de la iglesia llaman a misa

Las campanas de la iglesia sonaron tres veces: la primera vez media hora antes de la misa, la segunda, 15 minutos antes, y la tercera y última, justo un minuto antes de empezar la ceremonia.
En esos momentos doña Ana recordó a la Hna. Filomena, su maestra de cuarto grado, que cuando le había consultado por qué sonaban tres veces, le contó que Dios lo había dispuesto así porque cuando suena la primera hay que vestirse, en la segunda hay que salir de casa y en la tercera estar dentro de la iglesia sentada en el banco. Cosas de niños, murmuró insatisfecha con la respuesta, sesenta años después, cuando la Hna. Filomena ya no estaba en este mundo para recriminarle nada.
Vestida de negro, Biblia en mano, doña Ana asistía a misa todos los días, incluida la misa especial de los domingos. Tenía mucho para agradecer y muchos muertos por los que rezar.
Tampoco se perdía ninguna procesión ni velorio. Acompañaba a todos hasta su última morada. Su pensamiento era que todos merecemos ser despedidos como corresponde y a nadie se le niega una oración y un poco de agua bendita.
Esas parecían ser sus únicas salidas y su único pasatiempo desde que enviudó.
Vivía sola. Sus hijos se habían casado y se habían marchado de la casa. Las amigas, tan grandes como ella, también fueron falleciendo. Más que acompañar a los que se iban adelantando en el viaje, ya le quedaba muy poco que hacer en esta vida.
Además, ella lo consideraba un deber y una obligación moral. Lo mismo que llevarle agua bendita a las tumbas de los seres queridos en su visita semanal al cementerio.

jueves, 7 de noviembre de 2024

Preparando Strudel

Extendió la masa filo sobre la mesa con sumo cuidado, teniendo presente el consejo de su abuela. Debe quedar tan delgada que se transparenten las manos -le recordaba doña Ana cada vez que elaboraba un Strudel.
Una vez que hubo concluido, distribuyó encima rodajas de manzanas verdes y rojas peladas y cortadas de forma muy delgada, las bañó en azúcar y unas cucharadas de crema.
Después enrolló la masa tratando de no romperla, con cautela y paciencia, y la colocó dentro de una asadera enmantecada y enharinada, la pinceló con un poco de manteca y azúcar y la llevó al horno de la cocina a leña.
Mientras esperaba que se cocine lavó los utensilios que ensució en el proceso de preparación, que no eran pocos. Tenía que aprender a corregir eso. No ensuciar tantos recipientes e ir lavando mientras dejaba de usarlos.
Transcurrida un poco más de media hora, tomó un repasador, abrió la puerta del horno y extrajo el Strudel, que inundó el ambiente de la cocina de un aroma exquisito, que inmediatamente la retrotrajo a los años de su niñez, a la casa de sus padres y de su abuela.

Aquí encuentran la receta del Strudel de manzana
https://hilandorecuerdos.blogspot.com/.../receta-de...

viernes, 1 de noviembre de 2024

Las Rogativas, una tradición ancestral de los alemanes del Volga

 Las Rogativas se llevan a cabo todos los años, durante los primeros días de noviembre, cuando una procesión parte del frente de la iglesia, en tres días consecutivos, rumbo a tres cruces enclavadas en tres puntos cardinales diferentes, ubicadas en las afueras de las aldeas y que, en su conjunto, representan a la Santísima Trinidad.
La procesión, precedida por un sacerdote, los monaguillos y el Schulmeister (Sacristán), portando una cruz, parte del frente de la iglesia durante las tres mañanas siguientes a la conmemoración del Día de los Fieles Difuntos, para dirigirse a una de las cruces, en tres jornadas sucesivas, erigida a uno de los laterales de las calles de acceso a la localidad, para celebrar una ceremonia religiosa en Acción de Gracias por los dones recibidos durante el año fenecido y solicitar que la próxima trilla sea buena y que Dios prosiga bendiciendo a la comunidad con su gracia divina. La procesión retorna, cantando y rezando, a la iglesia, donde el sacerdote oficia una misa.
Cada procesión se lleva a cabo con profunda fe, rezando y cantando; mientras que ya en el lugar, frente a Jesús crucificado, el sacerdote, luego de expresadas las letanías, oraciones y cantos, rocía con agua bendita los campos en señal de gratitud por los dones recibidos y en solicitud de buena cosecha.
Finalizada la ceremonia, la procesión retorna a la iglesia, donde todos los fieles participan de una misa en la parroquia.

También cabe hacer una mención especial a la jornada en que se conmemora el Día de los Fieles Difuntos, que en cada aldea se vive rindiendo un sentido homenaje a los ancestros y a los habitantes fallecidos de la comunidad. Una procesión de la que participan todos se dirige al cementerio donde se lleva a cabo una sentida ceremonia.