Rescata

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miércoles, 18 de diciembre de 2013

El Padre Daniel Melchior conmemoró sus 63 años de vida sacerdotal


Santa misa en acción de gracias en la Parroquia y agasajo de toda la comunidad parroquial. “Recuerdo el momento de mi ordenación como un eterno presente. No necesito fotografías ni nada para recordar cada detalle”

Tiene 88 años, la voz más clara que hace unos años atrás y la misma convicción de siempre en la transmisión de la fe.
El martes celebró 63 años de su ordenación sacerdotal, la que logró a una edad muy joven, con apenas 25 años.
“Todavía me acuerdo que Monseñor Esorto, en la Iglesia Parroquial de Pueblo San José, me ordenó sacerdote. Hoy estoy actualizando todo ese momento hermoso, de cuando me buscaron en la casa paterna. Vino el cura y todo el pueblo a buscarme –a pesar de ser un día de semana- y en la casa de mis padres habían puesto los arcos de triunfo hechos de flores y ramos de olivo que se acostumbraban en aquel tiempo. Fuimos en procesión a la Iglesia de San José, donde nos esperaba el Obispo para ordenarme sacerdote”.
Por supuesto que se acuerda como se sentía ese día: “ante todo una gran alegría, no se puede describir, al ver mi familia todos contentos alrededor mío. Y en segundo lugar, la respuesta que dio el Pueblo San José a esa ordenación. Eso me estoy acordando todo porque la gente vino en procesión a mi casa, que distaba de la Iglesia como dos cuadras grandes y me acompañó al templo y durante toda la ceremonia. ¡Eso no lo puedo olvidar más! Y lo estoy viviendo en estos días en un eterno presente”.
Recuerda –y lo tiene guardado en un cuadro- el momento en que su mamá ató sus manos puestas en posición de oración con unas cintas, símbolo de su atadura para siempre con Dios y con su Iglesia, luego que el Obispo le ungiera las manos con aceite: “ese momento para mí fue una emoción grandísima”.
Recuerda épocas difíciles. Joven, como era al momento de empezar a ejercer el magisterio de la Iglesia, dice hoy, a la vuelta de los años, que “en la fe no tuve problemas, gracias a Dios, en mi sacerdocio tampoco tuve problema, pero sí tuve grandes dificultades en algunas parroquias porque me perseguían de día y de noche quienes buscaban en mí al hombre; pero gracias a Dios y a la Virgen me pude mantener en pie”.
Dice “yo me ordené de cura para siempre y hoy sigo firme en mi puesto, gracias a Dios que me fue ayudando para cumplir mi misión sacerdotal”.
Habló también de momentos de dolor que le tocó vivir. Cuando falleció su hermano Vicente, siendo sacerdote de Coronel Pringles, hasta el día de hoy recordado y extrañado por aquella comunidad. “Me acuerdo cuando lo despedí”, dijo el Padre Daniel a la Radio, y agregó: “después de la ceremonia litúrgica, cuando con el ataúd abierto, me acerqué, tomé las manos de mi hermano y le dije ´Bueno, che hermano, hasta el cielo!´. Ese fue un momento fuerte. También lo fue cuando murió mi mamá, que falleció de repente y cuando mi padre estaba ya muy mal, en cama, yo lo cuidaba; y el día anterior a que falleciera le propuse, por primera vez, confesarlo, cosa que aceptó”. 
Dice por propia vivencia y por plena convicción que frente al dolor “la única solución es la fe. El que no se apoya en Dios no encuentra explicación a ese fenómeno tan raro y misterioso que pasa todos los días”.
El Padre Daniel es un hombre bueno, un santo sacerdote que al día de hoy, con sus 88 años, sigue manifestando a quien quiera escucharlo su alegría por creer en Dios y en trabajar por su casa. 
Lo sigue haciendo. Cada mañana, a las 10 hs., en una reacondicionada Capilla del Hogar de Ancianos celebra misa para los abuelos que quieran ir. 
El martes celebró el 63º aniversario de haber sido ordenado sacerdote con una misa en acción de gracias en la Parroquia Nuestra Señora del Carmen, en la compañía del Párroco Diego Kessler, los sacerdotes Antonio, Agustín y Leandro en una ceremonia que fue muy cálida y en la que estuvo acompañado de todos quienes lo quieren mucho en nuestra ciudad.
En su mensaje el padre Daniel valoro la presencia de tanta gente, la actuación del Coro Parroquial y tras celebrarse la Eucaristía fue recibiendo personalmente el saludo de los fieles.

jueves, 12 de diciembre de 2013

"¡Quiéreme mucho, hijo mío!" -me pidió mi madre.

Tenía en los ojos el celeste del cielo pintado con crayones de ternura; eran diáfanos y transparentes como un amanecer de verano; claros y puros como bellos y dulces el mirar de los ángeles; comprensivos como solo los de una madre pueden serlo.
Tenía en la mirada la dignidad que conceden los valores más nobles, esos que nos llenan el alma de fortaleza en la hora más difícil y dramática y nos hacen levantar y volver a empezar una y otra vez y otra vez y otra vez...; esos que nos abrazan sin necesidad de palabras; esos que nos iluminan el espíritu aun en la soledad y en el recuerdo; esos que nos hacen llorar amargamente cada vez que rememoramos la niñez y pensamos en mamá y evocamos aquel día en que, próxima a morir, nos pidió: “No me olvides. Piensa en mi. Recuérdame en los momentos difíciles. No mires hacia atrás, hacia el pasado, porque siempre estaré a tu lado acompañándote. No me llores. Pero, por favor, no me dejes morir en el olvido. No quemes las fotografías ni tires los objetos que atesoro en mi caja de memorias. Consérvalas. Algún día me extrañarás y agradecerás haberlas guardado porque te servirán para aplacar tu nostalgia. Y una última cosa te pido: quiéreme mucho. Hoy, mañana y siempre... ¡quiéreme mucho, hijo mío!”.

Rätsel (Adivinanzas de los alemanes del Volga)

Ihr lieben Leut,
was dies bedeut’:
hat Sieben Häut,
beisst alle Leut?

Die Zwiebel

…………………………..

Erst weiss wie Schnee,
dann grün wie Klee,
dann rot wie Blut,
schmeckt allen Kindern gut.

Die Kirsche

…………………………..

Traducción:

Estimadas personas…
¿Qué significa aquello
que posee siete pieles
y muerde a toda la gente?

La cebolla
…………………………..

Primero blanca como la nieve,
después verde como el trébol,
luego roja como la sangre:
a todos los niños les gusta.

Las guindas

martes, 10 de diciembre de 2013

El día que mi madre lloró...

Mamá lloró. Las lágrimas rodaron por sus mejillas. Éramos tan pobres y el alimento que nos podía ofrecer tan humilde… Que lloró, lloró desconsoladamente. Cubriendo el rostro con las manos.  Sentada en un rincón de la cocina, no soportó ver cenar a sus hijos café con leche con pan casero untado con grasa. Lo que para nosotros, inocentes niños de seis, ocho, diez, doce y trece años nos parecía un manjar, para ella, sin embargo, no era así. Seguramente hubiese querido servirnos carne, papas… pero no podíamos pagar semejante exquisitez. Lo que papá ganaba en el campo no alcanzaba para darnos ese lujo.
La miramos llorar. ¡Pobre mamá! ¡La vimos tan sola, tan desamparada y sufrida! Su cuerpo temblaba al ritmo del sollozo. Parecía tan frágil. ¡Cuánto la amamos en ese instante! ¡Cuánto hubiésemos dado para calmar su tristeza! Pero aún éramos demasiado niños para comprender el dolor de las personas mayores y las injusticias del mundo que no permiten a las madres alimentar a sus hijos como desean.

lunes, 9 de diciembre de 2013

La Fiesta de la Cerveza concitó el interés de la región

Pueblo Santa Trinidad fue sede de un evento que incluyó la ceremonia de apertura de los barriles de cerveza. Danzas, orquestas típicas, patios de comida, entre otras atracciones conformaron la propuesta que se desarrolló a lo largo de tres días. Una carpa que albergó a unas 500 personas que disfrutaron del menú tradicional que identifica a nuestras tradiciones de los Alemanes del Volga. Juan Hippener, incansable, prometió seguir promoviendo estos acontecimientos que hacen honor a nuestros antepasados.

Durante el fin de semana se llevó a cabo la decimocuarta edición de la Fiesta de la Cerveza bajo la organización de la Asociación Descendientes de Alemanes del Volga y la Asociación Germano Argentina del Pueblo San José con un gran despliegue en el Anfiteatro del Pueblo Santa Trinidad que incluía patios de comidas de las empresas gastronómicas locales e instituciones de la localidad anfitriona, la gran cena de gala que se organizo bajo una carpa para dar cabida a unas 500 personas aproximadamente.
Desde el viernes la actividad fue constante, con público paseando por el amplio predio, disfrutando de los servicios que se ponían a disposición de la gente, pero indudablemente el impacto fuerte estuvo presente en la cena y luego en los espectáculos musicales que se desarrollaron al aire libre y bajo una noche maravillosa que facilitó que la concurrencia disfrutara de todo el espectáculo que se había organizado incluyendo el gran Spiker cervecero que llegó custodiado por los monjes y el encargado de romperlo fue Juan Hippener, mientras Elsa Kette distribuía pedacitos de "Pretzel", una masa muy salada que se degusta antes de esta celebración generando sed y en consecuencia la posibilidad de disfrutar de la cerveza.
El show fue imparable con las actuaciones de Los Hermanos Papp, los ritmos tradicionales del Grupo Astral y el colorido musical de Los Herederos del Ritmo quienes conformaron un elenco ideal para el gran baile que se mantuvo hasta altas horas de la madrugada con un clima que congregó no solo a quienes participaron de la cena, sino también a los asistentes a los patios de comida que se sumaron a la gran maratón bailable con la música característica y contagiosa que preside una celebración tradicional.
Un párrafo aparte merece el Grupo de danzas de Bahía Blanca "Así Bailan Nuestro Abuelos" quienes aclararon que su denominación correcta es “Bailan” tiempo presente y no "bailaban" como siempre anunciaban los presentadores.
En el acto protocolar habló primeramente el Delegado Municipal del Pueblo Santa Trinidad Fabián Maier quien agradeció a Juan Hippener y su grupo por acercar las tradiciones alemanas a toda la gente conservando y promoviendo una tradición que es tan cara a los sentimientos de nuestros pueblos.
Luego fue invitado a hablar Hugo Schwab, Presidente de la Asociación Cultural Germano Argentina del Pueblo San José, quien prometió llevar las fiestas a cada colonia alemana con todo esfuerzo y satisfacción por el resultado obtenido.
A su turno Juan Hippener, incansable como siempre, con un fiel grupo de colaboradores que encabeza su esposa Elsa expresó con toda emoción que "Los objetivos solo se logran si uno recorre".
"Desde la primer edición que queremos una Bierfest (Fiesta de la Cerveza) al aire libre, pero nunca tuvimos el coraje de hacerla y ahora estamos acá disfrutando de esta fiesta y de la bendición de una noche bárbara".
"Gracias por acompañarnos y les prometo que mientras tenga salud seguiremos haciendo fiestas en Santa Trinidad, San José, Santa María y porque no en Suárez o los pueblos vecinos".
Juan Hippener reconoció que "Hablamos de mil personas, la hicimos y fuimos por las dos mil, luego tres mil, cinco mil y llegamos a la de los diez mil el año pasado, pero no puedo prometer mas porque no tengo salud para tanto desgaste, pero en la medida que pueda tengan la plena seguridad que vamos a seguir haciendo fiestas, porque estamos dispuestos a trabajar, nos gustan las fiestas, nacimos para realizarlas y nos vamos a morir haciéndolas" concluyo este verdadero defensor y trabajador incansable por sostener una tradición que identifica a nuestros Pueblos Alemanes.
Después del acto protocolar, con entrega del subsidio Municipal que gestiono el Diputado Provincial Ricardo Moccero quien si bien participó del festejo con sus colaboradores inmediatos tuvo que retirarse con anterioridad a la ceremonia, por lo cual fue representado por el Delegado Municipal de Santa Trinidad.
Un fin de semana diferente, con gran concurrencia de público, buen trabajo de los patios de comida a cargo de instituciones, Weimannhaus y Dominga Restaurante, entre otros aportes similares que contribuyeron al notable despliegue que se organizó con gran esfuerzo y dedicación para cerrar el año 2013.
Carne al horno con papas, filssen, chorizo, ensaladas, postre y cerveza, mucha cerveza característica y símbolo de este acontecimiento que resulto de gran atracción en el Pueblo Santa Trinidad.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Hoy comienza la XIV Fiesta de la Cerveza


Juan Hippener y Hugo Schwab, integrantes de la Asociación Alemanes del Volga, hablaron con La Nueva Radio Suárez sobre los últimos preparativos para la XIV Fiesta de la Cerveza que tendrá lugar entre viernes y domingo de esta misma semana.
Esta realización es igual a las anteriores, en el sentido que tendrá muchos litros de cerveza corriendo hacia los vasos y las jarras, pero distinta, porque es un evento que abarca tres días y es al aire libre.
La actividad comienza este viernes a la noche, con una propuesta más orientada hacia los jóvenes. 
El día sábado la actividad se pone en marcha en horas de la tarde, temprano, abriendo el patio cervecero en el Anfiteatro de Pueblo Santa Trinidad (donde se llevará a cabo toda la actividad a lo largo de los tres días); luego la cena de gala en la carpa que estará habilitada para alrededor de 1.000 personas. 
Paralelamente funcionará el patio de comidas donde estarán los Restaurantes Dominga y Weimannhaus, pero también instituciones como el Rotary Club Las Colonias, Club El Progreso, San Martín, Peña Tradicionalista, Adultos Mayores, el Jardín de Infantes de Santa Trinidad y otros organismos que ofrecerán diferentes platos de comida y también tortas para las horas de la tarde.
El día domingo la actividad comenzará alrededor de las 11 horas de la mañana, donde volverá a abrirse el patio cervecero.
El sábado, jornada de inauguración de la Fiesta de la Cerveza, se producirá la ceremonia típica con los monjes cerveceros y la rotura del barril de cerveza para llenar desde allí los vasos y las jarras que se dispongan para recibir el preciado líquido dorado.
Durante la noche del día sábado está previsto que en algunos momentos las tres orquestas contratadas para la ocasión toquen juntas desde el escenario mayor que será levantado.
La invitación a la gente de Coronel Suárez y de los tres Pueblos Alemanes a que disfruten de esta propuesta en una fiesta que ha sido pensada para toda la familia

Historia del anciano que alguna vez creyó en el amor

Esta es la historia de un anciano que  sufrió por amor. Un viajero de la vida. Nació en las colonias; se mudó a Buenos Aires para hacer fortuna y regresar para casarse con la hija del patrón donde trabajó de peón rural, en una estancia cercana a los pueblos alemanes; pero cuando regresó para concretar la boda, se encontró con la novedad de que su amada se había casado con otro. Todo lo que obtuvo como disculpa es una carta de despedida que guarda desde hace cincuenta años y el convencimiento de que el camino de los ricos y los pobres no se unen jamás. “Hay un destino para gente con dinero -sostiene con amargura- y otro para gente pobre. ‘El oro y el barro no se mezclan’, me dijo el padre de ella cuando fui a pedirle la mano de su hija, aquella tarde en que lo perdí todo. En que perdí mis sueños y mis ganas de seguir viviendo. Si continué  fue porque no tuve el coraje de quitarme la vida. De toda una existencia no queda más que una carta, una antigua carta de amor que vine a compartir con los lectores de Periódico Cultural Hilando Recuerdos”.

De entre los pliegues de la libreta de enrolamiento sacó una carta, doblada en cuatro, y me la entregó. El papel estaba ajado, viejo y amarillento. Abrí la hoja con cuidado, crujía, de tan frágil que era, casi como un pétalo en otoño… y comencé a leer. Eran palabras de amor. Frases engarzadas con sílabas de ternura y adiós; un adiós manchado de llanto que borroneó las últimas oraciones que apenas eran legibles.
El anciano me miró leer la carta; bajó la mirada para que no descubriera como se le llenaban de llanto los ojos y suspiró hondo, como quien exhala aliviado luego de revelar un secreto largamente guardado. Dijo algo en alemán, algo como una frase de disculpa, y se sonó la nariz. Dobló el pañuelo y lo guardó en el bolsillo trasero del pantalón: vestía traje antiguo, fuera de época y muy usado.
Levantó la vista y sonrió. Sus ojos celestes brillaron intensamente. Me confesó que llegó a la redacción de Periódico Cultural Hilando Recuerdos porque había visto un ejemplar y le gustó la manera “en que se relatan los recuerdos, las historias de antaño, los días felices de la niñez”. Me dijo que deseaba que leyera la carta y escribiera sobre él y su historia de amor que no fue. También me pidió que no revelara su nombre, que solamente dijera que era “un viajero de paso por las colonias. Alguien que alguna vez amó mucho y no fue correspondido. Un peón de campo que se atrevió a amar a la hija del patrón.
“Un hijo de las colonias que un día se fue a Buenos Aires y tuvo suerte. Abrí una pequeña tiendita. Empecé de abajo e hice un poco de plata”, agregó. “Siempre pensando en volver para casarme. Tenía que ser alguien para esta a la altura de ella”, sentenció con tristeza, estrujando sus manos.
“Pero cuando pude regresar ella ya se había casado con otro. Ni siquiera se tomó la molestia de recibirme. Me mandó una carta de despedida”.
El anciano volvió a bajar la mirada. Sus labios temblaron y una lágrima rodó por la mejilla. No hacían falta palabras. Le devolví la carta. Me estrechó en un fuerte abrazo, como desahogando la angustia reprimida durante años.
Una vez calmado, acotó que al leer la carta decidió retornar a Buenos Aires. Nunca se casó y jamás volvió a las colonias, hasta hoy, en que visitó la redacción de Periódico Cultural Hilando Recuerdos para hacer pública su historia de amor.
“No la culpo”, concluyó. “Se casó con alguien de su posición social. Le hizo caso a su padre. Tuvo varios hijos. Todavía vive pero no tengo el valor de ir a visitarla. ¿Para qué? Ya pasó mucho tiempo. Quizás ni siquiera me reciba. ¿Para qué ahondar el dolor? Además no creo que regrese otra vez a las colonias. Ya estoy demasiado viejo”.

Crónicas de la vida diaria: La muerte del niño

La anciana reza en silencio. Las manos dejan correr las cuentas del rosario. La mirada fija en Jesucristo, que la observa desde la cruz, en el altar de la iglesia de la colonia, cuyos habitantes también asisten a la misa de cuerpo presente del nieto. La iglesia está llena. Toda la comunidad está conmocionada y compungida por la muerte del niño y la manera trágica en que se produjo: un caballo lo mató de una patada en la frente.
El sacerdote también está conmovido, levanta los ojos al cielo, ora a Dios por el alma del pequeño difunto, y al bajarlos posa la vista en los rostros de la multitud que desborda la iglesia, y ve caras curtidas por el trabajo y el sacrificio impotentes ante la fatalidad del destino, tristes, profundamente tristes, y su corazón se contrae en un impulso de angustia que lo ahoga. Permanece mudo. La boca seca. Las palabras atragantadas. Una lágrima rueda por la mejilla. El féretro del niño lanza destellos de estrellas a la luz de las velas. La colonia está de luto. El cura logra continuar. Su voz es un débil murmullo. Las almas estás unidas por un mismo dolor.
El responso concluye. Los hombres toman el ataúd de las manijas. La madre cae en llanto desgarrador. Comienza la procesión al cementerio. Una cruz con el nombre del niño, varios estandartes, y el sacerdote van detrás. Cae una llovizna tenue. Moja los rostros y el cuerpo. Confunde en un abrazo lluvia y lágrimas. La procesión se desplaza lenta, al paso que impone el cura. Llegan al cementerio. Ingresan. Depositan el pequeño cajón en la fosa no menos pequeña. El sacerdote hace lo que la Iglesia y Dios le mandan. El sepulturero tira paladas de tierra sobre el cuerpo del niño. Lo sepultan. La multitud canta el Schiksal. La madre cae en un desmayo. Los familiares la socorren. La reaniman. Pero ella ya no desea vivir. Terminada la ceremonia tiran agua bendita sobre la tumba fresca en la que colocaron una corona de flores con la leyenda  “Mamá y papá”.  Nadie quiere ser el primero en dejar el lugar. La madre no quiere irse, desea ser enterrada con su niño, con su pobre bebé que ahora yace bajo tierra para siempre. Solo. Muy solo.

martes, 3 de diciembre de 2013

“A los catorce me casaron con un viudo de treinta y cinco años”

Todavía jugaba con su muñeca de trapo cuando su padre la llamó a la cocina y la sentó frente a Don Luis y le dijo “te vas a casar con él”. Doña Catalina recién había cumplido catorce años y su futuro marido era viudo, tenía treinta y cinco años y nueve hijos.

Doña Catalina pasó de jugar con su muñeca de trapo a criar un bebé de cinco meses que la mujer de Don Luis dejó al morir en el parto, y ser la madre de ocho hijos más. Los había de todas las edades y sexos. Grandes, tan grandes que podían ser sus hermanos, y tan chicos que necesitaban del cuidado más elemental para sobrevivir. A todo ese universo familiar tuvo que sumar enseguida a su propio hijo, que nació un año después y luego otro y otro, hasta completar siete. Su marido murió pero no se salvó de tener más hijos. La volvieron a casar con un hombre cinco años mayor que ella, con el que tuvo cuatro hijos más.
Su vida no fue fácil. Su existencia la pasó pariendo hijos, encerrada en su casa, yendo del dormitorio donde traía niños al mundo a la cocina donde los alimentaba y criaba. Jamás fue a una fiesta. Jamás salió a pasear con ninguno de sus maridos. Su territorio fue siempre la casa. Su universo los niños. Su futuro ser abuela si es que tenía suerte y la voluntad suficiente para sobrevivir.
Y sobrevivió. Y dice que fue feliz.
Y seguramente lo fue porque no conoció otra realidad. Las pocas mujeres con las que intercambió experiencias a lo largo de su vida, estaban casi en la misma situación. Por aquellos lejanos años nadie se planteaba la cuestión de la felicidad y tampoco nadie se preguntaba ¿soy feliz? La realidad se aceptaba tal como era. No se la cuestionaba jamás. Las cosas eran así y punto.
Catalina vivió una vida larga. Crió hijos. Los suyos y los de su marido. Enviudó dos veces. Fue abuela. Bisabuela. Tatarabuela.  Y un día llegó su hora. Murió apaciblemente. De vejez. Falleció sin saber ni preguntarse jamás qué es lo que quería o esperaba de la vida, de su vida. No se lo preguntó porque jamás supo que tenía derecho a preguntárselo y porque ahogaron su adolescencia bajo el yugo de un matrimonio y un hogar sin escalas previas. Sin tener en cuenta su opinión ni sus deseos. 

sábado, 30 de noviembre de 2013

Tapa Periódico Cultural Hilando Recuerdos Nº75

Ya está a la venta Periódico Cultural Hilando Recuerdos Nº75, El primer periódico cultural independiente de los pueblos alemanes, con entrevistas, anécdotas, vivencias, historias, costumbres, tradiciones y todo lo que hace a la identidad cultural de las colonias. ¡Un periódico para leer, compartir y coleccionar! ¡No sé lo pierda! Investiga y escribe: Julio César Melchior – Promoción y venta: María Claudia Melchior.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Julio Cesar Melchior cerrando uno de los mejores años de su vida en lo personal y en lo literario.


“En los próximos días tendremos en imprenta nuestro nuevo libro”

El notable escritor del Pueblo Santa María anticipó que “se trata de un libro que es muy particular, porque sale de lo común, por lo menos para mí, que estoy muy identificado por la historia de los Pueblos Alemanes” adelantó Julio Cesar Melchior.

Al ser entrevistado por la Radio confirmó que “esto llega antes de los esperado, resulta que hace alrededor de tres años comencé a escribir en la r ed social algunas reflexiones diarias, que tuvieron tanta repercusión que decidí volcarlas en un libro, por eso fui viendo cuál consideraba las mejores y las resumí en cinco capítulos que serán parte de este nuevo libro”.
“Aprender a vivir, reflexiones para el alma”, ese será el titulo, indicó Melchior.
Luego agregó que “estoy buceando en una faceta nueva, primero publiqué el libro de poesías, luego la historia de los alemanes del Volga y más tarde el de las recetas, el cual tuvo un éxito increíble, ya que se vendieron más de cinco mil libros en diferentes ciudades del país y en el mundo; para mí esto es algo increíble, ya que nosotros no tuvimos a la gran prensa nacional para publicitarlo y además estamos en una localidad pequeña, como Pueblo Santa María, pero bueno, Internet, las redes sociales, el boca a boca, todo sumó para que alcancemos este logro de 9 reediciones de La gastronomía de los alemanes del Volga” indicó.
Ante la consulta sobre si este nuevo libro contenía reflexiones propias, expresó que “prácticamente el 90% son mis reflexiones, fueron naciendo y apuntan al amor, la amistad, en creer en si mismo, en la motivación, en resumen, es lo que uno mismo afrontó en esta vida”.
“Considero esto un paso adelante, me permitirá estar relacionado con más gente, me abre el camino para en el futuro tener nuevos trabajos, creo que me sirve para crecer como escritor y como persona, es darme a conocer a la sociedad desde otra faceta”.
Al formular un balance personal, Julio reconoció que este año transcurrido “fue el mejor de mi vida, no tengo dudas; tuve la oportunidad de presentar mis trabajos literarios en diferentes ámbitos, inclusive en la ciudad de La Plata y Buenos Aires, seguí creciendo y además, y lo más importante, conocí el amor correspondido, yo nunca había tenido esta oportunidad y por eso estoy feliz, cierro uno de los mejores años de mi vida, por eso diga gracias a los que siempre estuvieron cerca mío”.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Sigamos el ejemplo de nuestros abuelos. Luchemos para conservar su cultura,

Nuestros abuelos vivían en comunidad. Sabían compartir y ser solidarios. Respetaban al prójimo. Le daban valor y sentido a un compromiso asumido: la palabra empeñada tenía fuerza de ley. Jamás renunciaban a un proyecto y nunca bajaban los brazos. Siempre apostaban al futuro y siempre luchaban por vencer los obstáculos que se presentaban en el camino. Eran fuertes porque creían en sí mismos y en sus convicciones. Porque poseían identidad: sabían quiénes eran y hacia iban.
Nuestros abuelos deber ser nuestros ejemplos en este momento crucial de la historia. Debemos tomar y levantar sus banderas de trabajo, coraje, fe y tesón, basados en la virtud, en el bien común y en el bienestar de cada uno y de todos.
Debemos luchar para conversar sus tradiciones, costumbres, en suma, su cultura, para mantener viva nuestra identidad y no terminar perdiéndonos en la nada anodina de la masa.

sábado, 23 de noviembre de 2013

La llave de los recuerdos

Por Julio César Melchior

“La llave de los recuerdos…”
Sentado cerca de la cocina a leña que deja oír su murmurar de astillas consumiéndose por la s llamas del fuego, que me abriga en esta tarde gris de otoño, miro a través de los cristales de la ventana como la brisa juega con las hojas mustias, que caen de los árboles cual amargas perlas desprendiéndose de los brazos de duendes vencidos por las melancolía.
Algunos gorriones, con sus saltitos característicos, recorren la desteñida gramilla explorándola con la ilusión de encontrar alguna semilla perdida, bajo un cielo que va bordando sobre su inmenso telón, nubes oscuras anunciadoras de lluvia.
Mientras pausadamente ingiero un sorbo de mate, acaricio con mis dedos una antigua llave que pese a sus muchos años aún es útil, todavía conserva inviolable una casa.
La llave, más larga que las actuales, de unos diez centímetros aproximadamente, recorrió dos generaciones hasta llegar a mis manos, que hoy la aferran como si aprisionaran el fragmento de una clave secreta rescatada de los restos de un naufragio ocurrido hace años.
El naufragio ocurrió cuando falleció mi abuelo, y la clave secreta de esta llave es que con su presencia es capaz de abrir mágicamente la impredecible puerta detrás de la cual el inconsciente guarda los recuerdos.
Sin pensarlo, me levanto y me pongo la campera.
Camino por Tucumán hasta llegar a Belgrano, para dirigirme al mil y pico de su altura.
Me detengo en la entrada de una humilde vivienda que todos llaman rancho por lo pobre, y observo sus gastados ladrillos, su parte de adobe que todavía perdura, sus pequeñas ventanas de varios vidrios, su techo de chapa oxidada, su chimenea enhiesta pero sin humo… Y pienso en que el tiempo no la pudor tirar abajo pese a lanzar desesperada y cruelmente todas las huestes y hordas que se prendieron en la desamparada casa, tejiendo yuyos, óxido… pudriéndolo todo, en silencio y lentamente.
Saco la llave de mi bolsillo y abro la puerta, no sin dificultad.
Me detengo en medio de la habitación, que hace años fue cocina, y al cerrar los ojos invaden mi alma fragancias simples: un olorcillo de café con leche recién preparado, chorizo casero, manteca realizada en el hogar, miel… Y mis oídos perciben el bullicio tierno y sereno de un dulce despertar de niños que conversan en alemán, cuando el alemán se hablaba sin pudo y con orgullo.
Abro los ojos para recorrer cada dependencia de la casa, algunas todavía con su piso de tierra, que abuela preparaba prolijamente, sabiamente, para que quedara presentable.
Observo el empapelado, el empapelado… que se pegaba con el engrudo cocinado bajo una fórmula secreta y que adhería el papel en forma casi increíble, tan increíble que aún hoy se conserva intacto, pese a alguna que otra mancha de humedad.
Vuelvo a cerrar mis ojos, y pese a los años transcurridos, y a los pocos de vida que yo tenía, aún viene a mí, entre tinieblas, la imagen de mi abuelo.
Llega con su nostalgia infinita, dejándome el desamparo de saber que nuestras vidas nunca, nunca más, se cruzarán ni se tocarán, siquiera en un gesto desesperado de hacer perdurable lo imposible.
Nuevamente lo veo caminando con paso cansino, su espalda encorvada por los sacrificios que debió hacer para proteger bajo sus cálidas alas patriarcales a toda su familia.
Su raído pantalón negro sujeto con tiradores, su saco, su bufanda al pecho…
Su rostro esculpido por las inclemencias de las estaciones del año, que día con día, hora con hora, lo vieron trabajando, creyendo en quimeras, persiguiendo sueños, para que sus descendientes tuvieran un país mejor, no siempre bien remunerado, pero siempre con la frente manchada con otra cosa que no fuera sudor:  gotas diamantinas que enriquecieron su corazón.
Sus canas, brillos de plata, su pequeño bigote, su voz fuerte, si idioma, que aún perdura en los labios de sus nietos, cual un tesoro invalorable que su alma de inmigrante, su infinita alma, dejó impreso en los labios de sus descendientes cual el susurro de los hombres que perduran en el recuerdo.
Y sus ojos, manantiales de ternura, en los cuales colmaron su sed, su esposa, sus hijos, sus nietos… y todo aquel que supiera descubrir la fuente impresionante de amor que escondía en su interior.
Recuerdo los últimos años de su vida, los cuatro que compartí junto a él, cuando su oficio era el de zapatero…
Las mañanas bajo un tibio sol, cortando cuero para fabricar alguna suela o enmendar algún zapato; porque eran épocas difíciles y los zapatos no se tiraban cuando el uso continuo los rompía: se confiaban a las maestras manos de don José…
Don José… que con sus temblorosos dedos, llenos de cicatrices, que las horas y el oficio de eterno trabajador le fueron dejando, aún podía sentir con total honestidad el orgullo de haber realizado un buen trabajo.
Pero como nada es perdurable, la tristeza fue tejiendo sus hilos, enmarañando su corazón, cual una negra araña teje sus telas sobre una flor carmesí: murió la mujer con la que había compartido todo: su esposa.
Y la soledad, la nostalgia, la melancolía, el desamparo, comenzaron a roerle el corazón, a robarle subrepticiamente los pequeños anhelos, las esperanzas, y lo condenaron al silencio de los atardeceres sin voz, sin palabras cómplices que compartir, ni a quien contar las vivencias de una vida vivida a pleno.
Dicen que una noche Dios se consoló de su dolor y apagó la débil llama que aún ardía en su pecho.
Abro lo ojos y dirijo mi mirada hacia la habitación donde lo velaron: porque hace más de treinta años todavía se creía que el dueño de casa debía permanecer en ella hasta ser llevado a la última morada.
Presiento nítidamente el suave murmullo de los que rodean el féretro y que rezan el rosario, mientras los hijos, reunido por última vez en esta casa, lloran impotentes el adiós a su padre.
Bajo una lluvia torrencial lo trasladan a la iglesia y de allí al cementerio. Todo el trayecto se hace “a pulso”, es decir, los hombres de la familia se turnan para llevar el féretro; acompañados por un canto triste en alemán, que provoca en las personas que conforma el cortejo, un sentimiento aún más profundo de sufrimiento, y una consciencia verdaderamente real que la pérdida es eterna.
Vuelvo a la realidad, al advertir que las sombras de la noche que llega, ya no me permiten distinguir nada.
Salgo a la calle bajo una llovizna de otoño, melancólica y triste. Al caminar unos pasos, me detengo y vuelvo la mirada para observar la antigua casa… Y me pregunto: ¿Por qué no dejarla como testimonio de una época de la historia de nuestros pueblos alemanes y de Santa María en particular?

El relato obtuvo el Primer Premio en el certamen de cuentos “Los Pueblos Alemanes”, organizado por la Biblioteca “Zulma Bonnaterre”, de Pueblo Santa Trinidad, en el mes de octubre de 1993.

Para ti, abuelo…

Por Julio César Melchior
Don José Melchior
Abuelo murió y los años continuaron pasando, en silencio, inevitablemente. Su imagen se fue alejando, quedando allá lejos en el tiempo, entre la bruma del llanto y la nostalgia. Y yo seguí andando por la vida llevando en el alma su recuerdo. Conservé las vivencias que compartimos y la casa donde vivimos. Tengo frescas en mi memoria sus palabras, gestos y actitudes. Los amaneceres dorados compartidos en su taller de zapatero, remendando algún calzado, atendiendo a un cliente, añorando su tierra natal, la aldea Kamenka, en la lejana ribera del rió Volga, en Rusia; o llorando la soledad de un esposo huérfano, en un atardecer gris y frío de otoño.
Más de treinta años después aún conservo la llave… La llave de su casa que ahora es mi casa. La llave que abre la puerta de los recuerdos y mantiene viva su presencia. Porque está aquí, en la casa, conmigo, compartiendo cada momento, disfrutando cada sueño, o llorando cada fracaso, de sus amados nietos dispersos por la región.
No se ha ido. Es mentira que está en una tumba, en el cementerio. Es mentira que se fue, que Dios se lo llevó a su lado. Todo es una gran mentira.
Él nunca morirá ni jamás se irá. No mientras haya alguien que lo recuerde y lo ame.

6, 7 y 8 de diciembre: 14° Fiesta de la Cerveza


Un gran acontecimiento de los pueblos alemanes que se desarrollará en Pueblo Santa Trinidad.

“Estamos trabajando mucho, con mucha expectativa, estamos por concretar un sueño que hemos programado entre todos los que integramos la Asociación Alemanes del Volga y sus colaboradores”, dijo Juan Hippener, Presidente de la institución mencionada, al referirse a la próxima edición de la Fiesta de la Cerveza, que en esta ocasión será distinta a las anteriores, porque será a lo largo de tres días y al aire libre la mayor parte de las actividades.
Toda la propuesta se concentrará en el Anfiteatro de Pueblo Santa Trinidad, donde allí se levantará un patio de comidas, un patio cervecero, donde a muy bajo precio se podrá degustar la dorado bebida, de una marca que todavía no está determinada, porque se está en plena negociación para el sponsor de esta fiesta.
El ingreso al predio donde se desarrollará la actividad tendrá un costo mínimo el día viernes, que Hippener estimó en $10, y un costo de $20 el día sábado, con acceso a través de esta entrada a una consumición. 
Anunció que “además de programar todo para que la gente la pase muy bien, estamos proponiéndonos que todo se desarrolle con mucha seguridad ante todo: ante el primer desmán él que lo provoque va a ser retirado del lugar”.
La actividad, como queda dicho, comenzará el día viernes 6, con una jornada prevista para los jóvenes, donde habrá música con orquestas que todavía no se terminan de acordar. 
El día sábado 7, a las 15 horas, se abrirá la fiesta para llevar a cabo en el lugar un acontecimiento que tiene hora de comienzo pero no de terminación, ya que continuamente en el escenario va a haber orquestas, grupos de baile y otras muestras artísticas, acompañados de la presencia de artesanos que constituirán en el Anfiteatro un muy buen paseo para quienes quieran ir a pasar la tarde y la noche. Habrá servicio de comida a través de los Restaurantes Dominga, Weimannhaus y el Rotary Club Las Colonias. 
El sábado además estará la cena en la carpa, que tiene capacidad para 1.000 personas y donde se ha vendido ya más del 50% de las tarjetas. 
El día domingo seguirá la fiesta, abriéndose el patio de comidas y patio cervecero a partir de las 11 de la mañana, previéndose música y baile durante toda la tarde del día domingo.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Fue creada la Cátedra Libre de la Historia y la Cultura de los Alemanes del Volga en Argentina

Por Horacio A. Walter

Con fecha 11 de noviembre de 2013 y por resolución Nº 1065 el Sr. Presidente de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), Dr. Arq. Fernando Tauber ha resuelto crear en el ámbito de la Presidencia de la UNLP la Cátedra Libre de la historia y la Cultura de los Alemanes del Volga en Argentina. En la misma resolución se designa al Prof. Horacio Agustín Walter como Director de la citada cátedra y a la Cra. Margarita Hilda Hollmann y a la Arq. Cristina Elena Vitalone como Secretaria y Secretaria Docente respectivamente.
 Los objetivos de esta Cátedra se encuentran enmarcados en la necesidad de estudiar, profundizar y difundir aquellos elementos fundacionales de la instalación de los Alemanes del volga en ARgentina, desde 1878 hasta el presente, considerando como tales, su historia, su herencia cultural traida desde Alemania y Rusia, su idioma y sus dialectos, asi como también todos aquellos aspectos identitarios como la música, la gastronomía, los valores personales, familiares y grupales de esta comunidad.
 Esta resolución es un paso más en el progreso de visibilizar nuestra comunidad Alemana del Volga, no sólo en todos los ámbitos de la vida donde los descendientes de esta comunidad se encuentran, sus aldeas y colonias, su lugares de trabajo, de encuentro o centros sociales y culturales , sino ahora también en el ámbito académico de la universidad.
Agradecemos a todos los que han posibilitado este paso, desde las autoridades de la UNLP hasta la acción constante del Centro Argentino Cultural Wolgadeutsche y todos aquellos  que seguimos creyendo en la importancia de rescatar, preservar  y difundir los elementos culturales e históricos de la identidad volguense.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Cuando el qué dirán es más fuerte que los sentimientos

“No importa. Que me miren, que me vean pasar, que opinen lo que quieran: que soy un viejo chocho, que tiemblo al caminar, que babeo un poco al hablar, que repito varias veces los mismos relatos en un dialogo, que soy hincha, que molesto… En fin, todas esas cosas que piensan los jóvenes de los viejos. Cosas que piensan pero no se atreven a decir. Porque son más sutiles: lo demuestran con gestos apenas perceptibles, murmullos, susurros y sonrisas forzadas…
“Sí, no importa. Que piensen lo que quieran. De todos modos voy a salir a caminar. A recorrer la colonia, a ver la gente que la habita… hace tanto que no salgo que ya ni acuerdo cómo son las personas de mi propio pueblo”.
Reflexiona el anciano mientras se viste, lentamente, titubeando, con torpeza, sentado en la cama. Se pone de pie; se mira en el espejo. Los ochenta años no llegaron solos, piensa. Aunque se siente joven. Fuerte y de mente sana. Aún sirvo, piensa, lástima que mis hijos y mis nueras no piensen lo mismo.
Sale de la habitación, se dirige a la puerta de calle, va a posar la mano sobre el picaporte cuando de súbito alguien lo detiene… Es su nuera. “¿Adónde va, abuelo? No sabe que no puede salir solo a la calle? Es muy peligroso. Puede perderse. O le puede pasar algo”.
El anciano la mira y el universo de planes se le viene encima y lo aplasta. Sabe que no va a poder salir a caminar como planeaba. Está preso en su propia casa. La casa que le dejó en herencia a su hijo.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Se viene la gran fiesta de la cerveza

                                                                          Fuente: www.lanuevaradiosuarez.com.ar

Los días 7, 8 y 9 de diciembre. Las tarjetas se están vendiendo a muy buen ritmo.

La Nueva Radio Suárez habló con Hugo Schwab, integrante de la Asociación Germano Argentina del Pueblo San José, quien informó que se está en los últimos detalles de la propuesta que se pondrá en marcha los días mencionados y que constituirá en Coronel Suárez una Fiesta de la Cerveza, como las que se organizan en Villa General Belgrano, en Córdoba, con mucho años de experiencia en estas realizaciones.
Para el día viernes todavía no está totalmente decidida la actividad, ya que resta la confirmación de la presencia de la Banda de Música Bartolomé Meier, en lo que será un encuentro de carácter familiar.
El día sábado, en el Anfiteatro de Santa Trinidad, donde se desarrollará todo el encuentro, y en una carpa montada para 1000 personas tendrá lugar una cena con menú típico, mucha cerveza y buena música.
Estará presente el Grupo Astral, Gerhard Papp (que ya estuvo en la Fiesta de la Carneada) y también Los Herederos del Ritmo, de Alpachiri, La Pampa. 
Además se presentará el grupo de baile de Bahía Blanca “Así bailaban nuestros abuelos”. Luego de la cena se hará el ritual de los monjes cerveceros, quienes entrarán portando barriles de cerveza, en un ritual característico, uno de los cuales será explotado salpicando de cerveza al público que para entonces estará dispuesto con sus vasos para llenarlos con la preciada bebida.
Informó además Hugo Schwab que el día domingo 8 de diciembre la actividad seguirá en un patio de comidas, con los restaurantes de los Pueblos San José y Santa María, más la presencia de instituciones que estarán sirviendo platos típicos, y a partir de las 11 de la mañana del domingo la cerveza será gratis, según indicó.
Las tarjetas ya se están vendiendo y a muy buen ritmo, no solamente por parte de gente de Coronel Suárez, interesada en no perderse el festejo, sino de toda la zona y de otras provincias, según informó.

viernes, 15 de noviembre de 2013

El abuelo Ignacio Strevensky nos cuenta su vida

Las fotografías hablan. Cuentan la historia en imágenes. Muestran la realidad que las palabras no alcanzan a describir. Y don Ignacio lo sabe. Por eso las guarda, las cuida y las protege. Porque rememoran cada momento de su vida. Porque son un testimonio fehaciente de que alguna vez vivió todo lo que recuerda.

Don Ignacio nos recibe en pantuflas. Las arrastra como los casi noventa años que carga sobre sus espaldas. Con pesadez y resignación. Los días no transcurrieron en vano. Dejaron su impronta en su cuerpo y en su espíritu. Tembloroso y endeble, sonríe, sin embargo, sin reproches a la vida, y se sienta a la mesa, frente a un sobre color amarillo sucio, viejo y rasgado, de donde extrae fotografías color sepia, blanco y negro y pálidas imágenes en color. Todo el tesoro material que la vida le permitió acumular. Dice que no tiene otros bienes más que esos recuerdos que se van borrando a pesar del cuidado que les confiere. Acota que no tiene ni casa ni familia, que vive de prestado en el geriátrico que lo cobija y que de allí lo van a sacar muerto. Deja bien en claro que tiene asumido el final de su destino.
Con precisión y detalle explica quiénes aparecen retratados en las fotografías: su madre, que lo quería mucho, que jamás le pegó, que le enseñó a rezar, que todos los domingos lo mandaba a misa, que cocinaba Wicklnudel, Maultasche, Klees… Que horneaba el Kalach y los Dünnekuche en el horno de barro. Cómo se las arregló para criar y educar decentemente dieciséis hijos. Y su padre, de carácter autoritario. Gritón y mandón. Que no lo dejaba jugar. Que siempre lo tenía que ver haciendo algo útil: carpir la quinta, regar las verduras, limpiar el chiquero, el gallinero, darle de comer a los cerdos y las gallinas, encerrar y ordeñar las vacas de madrugada. “Mamá y papá eran dos universos bien distintos. Al lado de mamá, agarrado de su delantal, uno se sentía seguro y protegido. Con papá uno sentía miedo. Nos retaba por todo. Nos pegaba si nos portábamos mal: me castigó muchas veces con el cinturón –confiesa don Ignacio- porque no había cumplido con la tarea como él lo esperaba que lo hiciera. Era muy severo y meticuloso. Todo tenía que hacerse como él quería. Si él decía que un cosa era blanca, tenía que ser blanca. No había lugar para la duda”.
Habla de sus hermanos. De una casa humilde. De la comida que nunca alcanzaba. Del sacerdote que se metía en todo. De las religiosas que lo maltrataban en la escuela pegándole con el puntero o haciéndolo arrodillar sobre sal gruesa. De la comunidad que era muy solidaria y generosa. Más sencilla que la actual. Que la envidia no existía. Que los vecinos se ayudaban unos a otros. Que los vecinos se visitaban. Que la palabra empeñada tenía valor de documento escrito y firmado. Que se era feliz con lo que se tenía “y no como hoy que todo el mundo tiene y desea más de lo que puede disfrutar y, sin embargo, nunca le alcanza”.
Las fotografías, sus miradas, sus gestos, sus tonos de voz, transmiten diferentes experiencias, recuerdos, conocimientos y sensaciones. Cuenta que la vida fue dura con él pero que le enseñó mucho. Le enseñó a valorar lo que tiene. Poco o mucho es suyo y tuvo que luchar para tenerlo.
Va desgranando su niñez: cuando tomó la primera comunión, la confirmación, las clases de alemán, los nombres de las hermanas religiosas que le enseñaron a leer y escribir, alguna que otra travesura. Se extravía en detalles nimios pero regresa a lo sustancial. La memoria emotiva le juega una mala pasada. Está feliz porque una persona le presta atención y escucha las historias que tiene para contar.
Así se va la tarde y con ella un recorrido retrospectivo por la vida de don Agustín. Con sus angustias y alegrías. La muerte de sus padres. De alguno de sus hermanos. La felicidad de una novia y la tristeza de un hijo que no pudo nacer. La dicha de saber que amó y lo amaron. La melancolía de la soledad y el olvido de la vida, que le quitó a su esposa y lo confinó a un geriátrico.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Costumbres y tradiciones de los alemanes del Volga: Geburtstag (Día de cumpleaños)

Lucrecia Luján Hubert
“La tradición de la torta de cumpleaños (luego de ser observada durante breve tiempo en la antigua Grecia) resurgió entre los campesinos alemanes en la Edad Media, a través de un nuevo tipo de celebración, una Kinderfest, ofrecida específicamente a un niño o niña (Kind).
      Una Kinderfest comenzaba al amanecer. El niño agasajado era despertado por la llegada de un pastel coronado con velas encendidas. Estas velas se cambiaban y se mantenían encendidas durante todo el día, hasta que, después del ágape familiar, se comía el pastel. El número de velas era igual al de los años que cumplía el niño, más una, que representaba la «luz de la vida».
Los alemanes el Volga conservaron esta tradición aunque sin tanta pompa ni lujo;  festejaban el cumpleaños del niño de una manera más discreta, práctica y realista: el pequeño no tenía torta ni celebración de cumpleaños pero recibía un regalo, tal vez una prenda de vestir, un par de zapatos nuevos, o algo por el estilo. Nada de derroches ni obsequios vanos. Todo obsequio debía tener su utilidad”.

Surgió entre los campesinos alemanes en la Edad Media, a través de una Kinderfeste (fiesta de cumpleaños), ofrecida específicamente a un niño o niña (Kind).
En cierto modo, esto señaló el inicio de las fiestas infantiles de cumpleaños, y en muchos aspectos un niño alemán del siglo XIII recibía más atenciones y honores que sus coetáneos de los tiempos modernos. Una Kinderfeste comenzaba al amanecer. El niño agasajado era despertado por la llegada de un pastel coronado con velas encendidas. Estas velas se cambiaban y se mantenían encendidas durante todo el día, hasta que, después del ágape familiar, se despachaba el pastel. El número de velas era igual al de los años que cumplía el niño, más una, que representaba la «luz de la vida».
La creencia en que una vela simboliza la vida se encuentra a través de toda la historia. Macbeth habla de la vida como una «breve candela», y el proverbio advierte contra «quemar la vela por ambos cabos».
El niño o niña en su fiesta de cumpleaños recibía también regalos y seleccionaba el menú para el banquete familiar, pidiendo sus platos predilectos. Nuestra costumbre de pensar un deseo y soplar las velas procede también de la Kinderfeste alemana. Las velas de cumpleaños debían apagarse con un sólo soplido, y el deseo, en caso de convertirse en realidad, debía mantenerse en secreto.
El folklore de la fiesta de cumpleaños alemana tenía otra costumbre que ya no se observa hoy: El Hombre del Cumpleaños, era un gnomo barbudo que hacía unos obsequios adicionales a los niños que se habían comportado bien. Aunque este personaje nunca alcanzó la categoría de un Papá Noel, a principios del siglo XX aún se vendían en Alemania muñecos que lo representaban.

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Costumbre que, para muchos alemanes del Volga, reemplazaba a la fiesta de día de cumpleaños 

Celebrar el Santo

Antiguamente los alemanes del Volga también tenían por costumbre celebrar el día de su santo. Pero… ¿Qué significaba para un habitante de los pueblos alemanes celebrar el día de su santo?

Entre los alemanes del Volga se convirtió en norma y necesidad que todo cristiano, desde el momento en que se bautizaba, contase con un santo que hiciese de mediador entre él y Dios, que intercediese y que velase por él. Y la forma de comprometer al santo con el nuevo bautizado, era que éste llevase su nombre. Por lo que al momento de elegir el nombre del recién nacido se tenía en cuenta el Santoral de la Iglesia. Es decir, se tomaba el nombre que correspondía a la fecha del nacimiento de acuerdo a esta lista.

sábado, 2 de noviembre de 2013

El hijo doctor

Por Alberto Sarramone
(Editorial Biblos Azul)

El estudio universitario de los hijos, como la fortuna acumulada por los padres, eran uno de los vehículos para la aceptación plena por la sociedad criolla, que mantenía el poder político y social.

Tener un hijo doctor, y en menor grado con otro título universitario, era un paso necesario en la obtención de un nuevo “status social” para toda la familia, pues la Universidad confería un adicional de prestigio, enterrando para siempre la condición de ''tano cocoliche', "ruso lagañoso", "gallego ordinario", ''francés pijotero" o ''vasco bruto", etc. que sin mucha dureza, ni tampoco insistencia, pero bastante poca generosidad, le habían otorgado algunos integrantes de la sociedad argentina, que a la época de llegada de los primeros inmigrantes en el siglo XIX contaba con índices de alfabetismo que a duras penas superaba el 10 % de la población, lo que indicaba que no estaban muy habilitados para determinar el talento de sus nuevos convecinos.
El "summun" era el hijo médico, el único y verdadero "dotor", orgullo de la familia nuclear y ampliada. Desde finales del siglo XIX hasta las primeras décadas del siglo XX, además fueron los grandes caudillos políticos, reemplazantes de los caudillos rurales y del rol del cura en muchas familias.
Era tan grande su "autoritas", al punto que cuéntase de un Comisario de Policía, acompañado de un médico, observaba el cuerpo yacente de una víctima, a quien el galeno había considerado como muerto. Al oír esto, el certificado difunto alcanzó a balbucear: "No estoy muerto...". Lo que determinó la seca réplica de la autoridad: ¡Cállese. Ud. no va a saber más que e! "dotor"...!".
El estudio universitario de los hijos, como la fortuna acumulada por los padres, eran uno de los vehículos para la aceptación plena por la sociedad criolla, que mantenía el poder político y social.

Fuente: Los abuelos inmigrantes, historia y sociología de la inmigración argentina. Autor: Alberto Sarramone (Editorial Biblos Azul)

Costumbres y tradiciones de los alemanes del Volga: El tañido de las campanas

“Como la fe regia su vida las campanas les indicaban los momen­tos del día que debían ser dedicados a Dios; cuando una aldea podía instalar un juego de tres campanas de distintos tamaños se acostum­braba establecer un código para anunciar el fallecimiento de los fe­ligreses. Se tocaba la campana mayor cuando el extinto era persona madura; cuando el muerto era un joven que había tomado la primera comunión y aún se mantenía soltero —menor de 18 anos— se utilizaba la campana mediana y cuando se trataba de un menor, el triste anun­cio correspondía a la campana más pequeña”.

“En la mentalidad sencilla de las colonias”, escriben Víctor P. Popp y Nicolás Dening, “el tañido de las campanas de la iglesia significaba algo similar a la voz de los ángeles que llamaban a la oración o a concurrir al servicio religioso; también su voz sonora podía anunciar el fallecimiento de algún vecino que había partido de este mundo hacia la eternidad. No sólo comunicaba en su timbre musical los acontecimientos de la vida religiosa de la aldea, sino que su sonido característico proporcionaba la orientación necesaria y segura a los viajeros extraviados durante las noches de tormenta y de nieve, práctica muy usual esa de lanzar las campanas al viento en esas noches aciagas y que se hacía en forma continua”.
“Era la "voz de la salvación" en todos los casos; se acudía a las campanas para reunir al vecindario a fin de anunciar un acontecimiento importante, y también se las tocaba con extremada energía en los casos de incendio cuando se necesitaba la ayuda de todo el pueblo para apagarlo. En las aldeas católicas tocaban las campanas a hora fija tres veces al día para recordar a los vecinos que debían elevar su mente a Cristo y a su Madre con el rezo del Angelus Domini”.
“Como la fe regía su vida las campanas les indicaban los momen­tos del día que debían ser dedicados a Dios; cuando una aldea podía instalar un juego de tres campanas de distintos tamaños se acostum­braba establecer un código para anunciar el fallecimiento de los fe­ligreses. Se tocaba la campana mayor cuando el extinto era persona madura; cuando el muerto era un joven que había tomado la primera comunión y aún se mantenía soltero —menor de 18 anos— se utilizaba la campana mediana y cuando se trataba de un menor, el triste anun­cio correspondía a la campana más pequeña”.