Rescata

Para más información pueden comunicarse al WhatsApp: 2926 461373 o al Correo electrónico juliomelchior@hotmail.com

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Sigamos el ejemplo de nuestros abuelos. Luchemos para conservar su cultura,

Nuestros abuelos vivían en comunidad. Sabían compartir y ser solidarios. Respetaban al prójimo. Le daban valor y sentido a un compromiso asumido: la palabra empeñada tenía fuerza de ley. Jamás renunciaban a un proyecto y nunca bajaban los brazos. Siempre apostaban al futuro y siempre luchaban por vencer los obstáculos que se presentaban en el camino. Eran fuertes porque creían en sí mismos y en sus convicciones. Porque poseían identidad: sabían quiénes eran y hacia iban.
Nuestros abuelos deber ser nuestros ejemplos en este momento crucial de la historia. Debemos tomar y levantar sus banderas de trabajo, coraje, fe y tesón, basados en la virtud, en el bien común y en el bienestar de cada uno y de todos.
Debemos luchar para conversar sus tradiciones, costumbres, en suma, su cultura, para mantener viva nuestra identidad y no terminar perdiéndonos en la nada anodina de la masa.

sábado, 23 de noviembre de 2013

La llave de los recuerdos

Por Julio César Melchior

“La llave de los recuerdos…”
Sentado cerca de la cocina a leña que deja oír su murmurar de astillas consumiéndose por la s llamas del fuego, que me abriga en esta tarde gris de otoño, miro a través de los cristales de la ventana como la brisa juega con las hojas mustias, que caen de los árboles cual amargas perlas desprendiéndose de los brazos de duendes vencidos por las melancolía.
Algunos gorriones, con sus saltitos característicos, recorren la desteñida gramilla explorándola con la ilusión de encontrar alguna semilla perdida, bajo un cielo que va bordando sobre su inmenso telón, nubes oscuras anunciadoras de lluvia.
Mientras pausadamente ingiero un sorbo de mate, acaricio con mis dedos una antigua llave que pese a sus muchos años aún es útil, todavía conserva inviolable una casa.
La llave, más larga que las actuales, de unos diez centímetros aproximadamente, recorrió dos generaciones hasta llegar a mis manos, que hoy la aferran como si aprisionaran el fragmento de una clave secreta rescatada de los restos de un naufragio ocurrido hace años.
El naufragio ocurrió cuando falleció mi abuelo, y la clave secreta de esta llave es que con su presencia es capaz de abrir mágicamente la impredecible puerta detrás de la cual el inconsciente guarda los recuerdos.
Sin pensarlo, me levanto y me pongo la campera.
Camino por Tucumán hasta llegar a Belgrano, para dirigirme al mil y pico de su altura.
Me detengo en la entrada de una humilde vivienda que todos llaman rancho por lo pobre, y observo sus gastados ladrillos, su parte de adobe que todavía perdura, sus pequeñas ventanas de varios vidrios, su techo de chapa oxidada, su chimenea enhiesta pero sin humo… Y pienso en que el tiempo no la pudor tirar abajo pese a lanzar desesperada y cruelmente todas las huestes y hordas que se prendieron en la desamparada casa, tejiendo yuyos, óxido… pudriéndolo todo, en silencio y lentamente.
Saco la llave de mi bolsillo y abro la puerta, no sin dificultad.
Me detengo en medio de la habitación, que hace años fue cocina, y al cerrar los ojos invaden mi alma fragancias simples: un olorcillo de café con leche recién preparado, chorizo casero, manteca realizada en el hogar, miel… Y mis oídos perciben el bullicio tierno y sereno de un dulce despertar de niños que conversan en alemán, cuando el alemán se hablaba sin pudo y con orgullo.
Abro los ojos para recorrer cada dependencia de la casa, algunas todavía con su piso de tierra, que abuela preparaba prolijamente, sabiamente, para que quedara presentable.
Observo el empapelado, el empapelado… que se pegaba con el engrudo cocinado bajo una fórmula secreta y que adhería el papel en forma casi increíble, tan increíble que aún hoy se conserva intacto, pese a alguna que otra mancha de humedad.
Vuelvo a cerrar mis ojos, y pese a los años transcurridos, y a los pocos de vida que yo tenía, aún viene a mí, entre tinieblas, la imagen de mi abuelo.
Llega con su nostalgia infinita, dejándome el desamparo de saber que nuestras vidas nunca, nunca más, se cruzarán ni se tocarán, siquiera en un gesto desesperado de hacer perdurable lo imposible.
Nuevamente lo veo caminando con paso cansino, su espalda encorvada por los sacrificios que debió hacer para proteger bajo sus cálidas alas patriarcales a toda su familia.
Su raído pantalón negro sujeto con tiradores, su saco, su bufanda al pecho…
Su rostro esculpido por las inclemencias de las estaciones del año, que día con día, hora con hora, lo vieron trabajando, creyendo en quimeras, persiguiendo sueños, para que sus descendientes tuvieran un país mejor, no siempre bien remunerado, pero siempre con la frente manchada con otra cosa que no fuera sudor:  gotas diamantinas que enriquecieron su corazón.
Sus canas, brillos de plata, su pequeño bigote, su voz fuerte, si idioma, que aún perdura en los labios de sus nietos, cual un tesoro invalorable que su alma de inmigrante, su infinita alma, dejó impreso en los labios de sus descendientes cual el susurro de los hombres que perduran en el recuerdo.
Y sus ojos, manantiales de ternura, en los cuales colmaron su sed, su esposa, sus hijos, sus nietos… y todo aquel que supiera descubrir la fuente impresionante de amor que escondía en su interior.
Recuerdo los últimos años de su vida, los cuatro que compartí junto a él, cuando su oficio era el de zapatero…
Las mañanas bajo un tibio sol, cortando cuero para fabricar alguna suela o enmendar algún zapato; porque eran épocas difíciles y los zapatos no se tiraban cuando el uso continuo los rompía: se confiaban a las maestras manos de don José…
Don José… que con sus temblorosos dedos, llenos de cicatrices, que las horas y el oficio de eterno trabajador le fueron dejando, aún podía sentir con total honestidad el orgullo de haber realizado un buen trabajo.
Pero como nada es perdurable, la tristeza fue tejiendo sus hilos, enmarañando su corazón, cual una negra araña teje sus telas sobre una flor carmesí: murió la mujer con la que había compartido todo: su esposa.
Y la soledad, la nostalgia, la melancolía, el desamparo, comenzaron a roerle el corazón, a robarle subrepticiamente los pequeños anhelos, las esperanzas, y lo condenaron al silencio de los atardeceres sin voz, sin palabras cómplices que compartir, ni a quien contar las vivencias de una vida vivida a pleno.
Dicen que una noche Dios se consoló de su dolor y apagó la débil llama que aún ardía en su pecho.
Abro lo ojos y dirijo mi mirada hacia la habitación donde lo velaron: porque hace más de treinta años todavía se creía que el dueño de casa debía permanecer en ella hasta ser llevado a la última morada.
Presiento nítidamente el suave murmullo de los que rodean el féretro y que rezan el rosario, mientras los hijos, reunido por última vez en esta casa, lloran impotentes el adiós a su padre.
Bajo una lluvia torrencial lo trasladan a la iglesia y de allí al cementerio. Todo el trayecto se hace “a pulso”, es decir, los hombres de la familia se turnan para llevar el féretro; acompañados por un canto triste en alemán, que provoca en las personas que conforma el cortejo, un sentimiento aún más profundo de sufrimiento, y una consciencia verdaderamente real que la pérdida es eterna.
Vuelvo a la realidad, al advertir que las sombras de la noche que llega, ya no me permiten distinguir nada.
Salgo a la calle bajo una llovizna de otoño, melancólica y triste. Al caminar unos pasos, me detengo y vuelvo la mirada para observar la antigua casa… Y me pregunto: ¿Por qué no dejarla como testimonio de una época de la historia de nuestros pueblos alemanes y de Santa María en particular?

El relato obtuvo el Primer Premio en el certamen de cuentos “Los Pueblos Alemanes”, organizado por la Biblioteca “Zulma Bonnaterre”, de Pueblo Santa Trinidad, en el mes de octubre de 1993.

Para ti, abuelo…

Por Julio César Melchior
Don José Melchior
Abuelo murió y los años continuaron pasando, en silencio, inevitablemente. Su imagen se fue alejando, quedando allá lejos en el tiempo, entre la bruma del llanto y la nostalgia. Y yo seguí andando por la vida llevando en el alma su recuerdo. Conservé las vivencias que compartimos y la casa donde vivimos. Tengo frescas en mi memoria sus palabras, gestos y actitudes. Los amaneceres dorados compartidos en su taller de zapatero, remendando algún calzado, atendiendo a un cliente, añorando su tierra natal, la aldea Kamenka, en la lejana ribera del rió Volga, en Rusia; o llorando la soledad de un esposo huérfano, en un atardecer gris y frío de otoño.
Más de treinta años después aún conservo la llave… La llave de su casa que ahora es mi casa. La llave que abre la puerta de los recuerdos y mantiene viva su presencia. Porque está aquí, en la casa, conmigo, compartiendo cada momento, disfrutando cada sueño, o llorando cada fracaso, de sus amados nietos dispersos por la región.
No se ha ido. Es mentira que está en una tumba, en el cementerio. Es mentira que se fue, que Dios se lo llevó a su lado. Todo es una gran mentira.
Él nunca morirá ni jamás se irá. No mientras haya alguien que lo recuerde y lo ame.

6, 7 y 8 de diciembre: 14° Fiesta de la Cerveza


Un gran acontecimiento de los pueblos alemanes que se desarrollará en Pueblo Santa Trinidad.

“Estamos trabajando mucho, con mucha expectativa, estamos por concretar un sueño que hemos programado entre todos los que integramos la Asociación Alemanes del Volga y sus colaboradores”, dijo Juan Hippener, Presidente de la institución mencionada, al referirse a la próxima edición de la Fiesta de la Cerveza, que en esta ocasión será distinta a las anteriores, porque será a lo largo de tres días y al aire libre la mayor parte de las actividades.
Toda la propuesta se concentrará en el Anfiteatro de Pueblo Santa Trinidad, donde allí se levantará un patio de comidas, un patio cervecero, donde a muy bajo precio se podrá degustar la dorado bebida, de una marca que todavía no está determinada, porque se está en plena negociación para el sponsor de esta fiesta.
El ingreso al predio donde se desarrollará la actividad tendrá un costo mínimo el día viernes, que Hippener estimó en $10, y un costo de $20 el día sábado, con acceso a través de esta entrada a una consumición. 
Anunció que “además de programar todo para que la gente la pase muy bien, estamos proponiéndonos que todo se desarrolle con mucha seguridad ante todo: ante el primer desmán él que lo provoque va a ser retirado del lugar”.
La actividad, como queda dicho, comenzará el día viernes 6, con una jornada prevista para los jóvenes, donde habrá música con orquestas que todavía no se terminan de acordar. 
El día sábado 7, a las 15 horas, se abrirá la fiesta para llevar a cabo en el lugar un acontecimiento que tiene hora de comienzo pero no de terminación, ya que continuamente en el escenario va a haber orquestas, grupos de baile y otras muestras artísticas, acompañados de la presencia de artesanos que constituirán en el Anfiteatro un muy buen paseo para quienes quieran ir a pasar la tarde y la noche. Habrá servicio de comida a través de los Restaurantes Dominga, Weimannhaus y el Rotary Club Las Colonias. 
El sábado además estará la cena en la carpa, que tiene capacidad para 1.000 personas y donde se ha vendido ya más del 50% de las tarjetas. 
El día domingo seguirá la fiesta, abriéndose el patio de comidas y patio cervecero a partir de las 11 de la mañana, previéndose música y baile durante toda la tarde del día domingo.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Fue creada la Cátedra Libre de la Historia y la Cultura de los Alemanes del Volga en Argentina

Por Horacio A. Walter

Con fecha 11 de noviembre de 2013 y por resolución Nº 1065 el Sr. Presidente de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), Dr. Arq. Fernando Tauber ha resuelto crear en el ámbito de la Presidencia de la UNLP la Cátedra Libre de la historia y la Cultura de los Alemanes del Volga en Argentina. En la misma resolución se designa al Prof. Horacio Agustín Walter como Director de la citada cátedra y a la Cra. Margarita Hilda Hollmann y a la Arq. Cristina Elena Vitalone como Secretaria y Secretaria Docente respectivamente.
 Los objetivos de esta Cátedra se encuentran enmarcados en la necesidad de estudiar, profundizar y difundir aquellos elementos fundacionales de la instalación de los Alemanes del volga en ARgentina, desde 1878 hasta el presente, considerando como tales, su historia, su herencia cultural traida desde Alemania y Rusia, su idioma y sus dialectos, asi como también todos aquellos aspectos identitarios como la música, la gastronomía, los valores personales, familiares y grupales de esta comunidad.
 Esta resolución es un paso más en el progreso de visibilizar nuestra comunidad Alemana del Volga, no sólo en todos los ámbitos de la vida donde los descendientes de esta comunidad se encuentran, sus aldeas y colonias, su lugares de trabajo, de encuentro o centros sociales y culturales , sino ahora también en el ámbito académico de la universidad.
Agradecemos a todos los que han posibilitado este paso, desde las autoridades de la UNLP hasta la acción constante del Centro Argentino Cultural Wolgadeutsche y todos aquellos  que seguimos creyendo en la importancia de rescatar, preservar  y difundir los elementos culturales e históricos de la identidad volguense.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Cuando el qué dirán es más fuerte que los sentimientos

“No importa. Que me miren, que me vean pasar, que opinen lo que quieran: que soy un viejo chocho, que tiemblo al caminar, que babeo un poco al hablar, que repito varias veces los mismos relatos en un dialogo, que soy hincha, que molesto… En fin, todas esas cosas que piensan los jóvenes de los viejos. Cosas que piensan pero no se atreven a decir. Porque son más sutiles: lo demuestran con gestos apenas perceptibles, murmullos, susurros y sonrisas forzadas…
“Sí, no importa. Que piensen lo que quieran. De todos modos voy a salir a caminar. A recorrer la colonia, a ver la gente que la habita… hace tanto que no salgo que ya ni acuerdo cómo son las personas de mi propio pueblo”.
Reflexiona el anciano mientras se viste, lentamente, titubeando, con torpeza, sentado en la cama. Se pone de pie; se mira en el espejo. Los ochenta años no llegaron solos, piensa. Aunque se siente joven. Fuerte y de mente sana. Aún sirvo, piensa, lástima que mis hijos y mis nueras no piensen lo mismo.
Sale de la habitación, se dirige a la puerta de calle, va a posar la mano sobre el picaporte cuando de súbito alguien lo detiene… Es su nuera. “¿Adónde va, abuelo? No sabe que no puede salir solo a la calle? Es muy peligroso. Puede perderse. O le puede pasar algo”.
El anciano la mira y el universo de planes se le viene encima y lo aplasta. Sabe que no va a poder salir a caminar como planeaba. Está preso en su propia casa. La casa que le dejó en herencia a su hijo.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Se viene la gran fiesta de la cerveza

                                                                          Fuente: www.lanuevaradiosuarez.com.ar

Los días 7, 8 y 9 de diciembre. Las tarjetas se están vendiendo a muy buen ritmo.

La Nueva Radio Suárez habló con Hugo Schwab, integrante de la Asociación Germano Argentina del Pueblo San José, quien informó que se está en los últimos detalles de la propuesta que se pondrá en marcha los días mencionados y que constituirá en Coronel Suárez una Fiesta de la Cerveza, como las que se organizan en Villa General Belgrano, en Córdoba, con mucho años de experiencia en estas realizaciones.
Para el día viernes todavía no está totalmente decidida la actividad, ya que resta la confirmación de la presencia de la Banda de Música Bartolomé Meier, en lo que será un encuentro de carácter familiar.
El día sábado, en el Anfiteatro de Santa Trinidad, donde se desarrollará todo el encuentro, y en una carpa montada para 1000 personas tendrá lugar una cena con menú típico, mucha cerveza y buena música.
Estará presente el Grupo Astral, Gerhard Papp (que ya estuvo en la Fiesta de la Carneada) y también Los Herederos del Ritmo, de Alpachiri, La Pampa. 
Además se presentará el grupo de baile de Bahía Blanca “Así bailaban nuestros abuelos”. Luego de la cena se hará el ritual de los monjes cerveceros, quienes entrarán portando barriles de cerveza, en un ritual característico, uno de los cuales será explotado salpicando de cerveza al público que para entonces estará dispuesto con sus vasos para llenarlos con la preciada bebida.
Informó además Hugo Schwab que el día domingo 8 de diciembre la actividad seguirá en un patio de comidas, con los restaurantes de los Pueblos San José y Santa María, más la presencia de instituciones que estarán sirviendo platos típicos, y a partir de las 11 de la mañana del domingo la cerveza será gratis, según indicó.
Las tarjetas ya se están vendiendo y a muy buen ritmo, no solamente por parte de gente de Coronel Suárez, interesada en no perderse el festejo, sino de toda la zona y de otras provincias, según informó.

viernes, 15 de noviembre de 2013

El abuelo Ignacio Strevensky nos cuenta su vida

Las fotografías hablan. Cuentan la historia en imágenes. Muestran la realidad que las palabras no alcanzan a describir. Y don Ignacio lo sabe. Por eso las guarda, las cuida y las protege. Porque rememoran cada momento de su vida. Porque son un testimonio fehaciente de que alguna vez vivió todo lo que recuerda.

Don Ignacio nos recibe en pantuflas. Las arrastra como los casi noventa años que carga sobre sus espaldas. Con pesadez y resignación. Los días no transcurrieron en vano. Dejaron su impronta en su cuerpo y en su espíritu. Tembloroso y endeble, sonríe, sin embargo, sin reproches a la vida, y se sienta a la mesa, frente a un sobre color amarillo sucio, viejo y rasgado, de donde extrae fotografías color sepia, blanco y negro y pálidas imágenes en color. Todo el tesoro material que la vida le permitió acumular. Dice que no tiene otros bienes más que esos recuerdos que se van borrando a pesar del cuidado que les confiere. Acota que no tiene ni casa ni familia, que vive de prestado en el geriátrico que lo cobija y que de allí lo van a sacar muerto. Deja bien en claro que tiene asumido el final de su destino.
Con precisión y detalle explica quiénes aparecen retratados en las fotografías: su madre, que lo quería mucho, que jamás le pegó, que le enseñó a rezar, que todos los domingos lo mandaba a misa, que cocinaba Wicklnudel, Maultasche, Klees… Que horneaba el Kalach y los Dünnekuche en el horno de barro. Cómo se las arregló para criar y educar decentemente dieciséis hijos. Y su padre, de carácter autoritario. Gritón y mandón. Que no lo dejaba jugar. Que siempre lo tenía que ver haciendo algo útil: carpir la quinta, regar las verduras, limpiar el chiquero, el gallinero, darle de comer a los cerdos y las gallinas, encerrar y ordeñar las vacas de madrugada. “Mamá y papá eran dos universos bien distintos. Al lado de mamá, agarrado de su delantal, uno se sentía seguro y protegido. Con papá uno sentía miedo. Nos retaba por todo. Nos pegaba si nos portábamos mal: me castigó muchas veces con el cinturón –confiesa don Ignacio- porque no había cumplido con la tarea como él lo esperaba que lo hiciera. Era muy severo y meticuloso. Todo tenía que hacerse como él quería. Si él decía que un cosa era blanca, tenía que ser blanca. No había lugar para la duda”.
Habla de sus hermanos. De una casa humilde. De la comida que nunca alcanzaba. Del sacerdote que se metía en todo. De las religiosas que lo maltrataban en la escuela pegándole con el puntero o haciéndolo arrodillar sobre sal gruesa. De la comunidad que era muy solidaria y generosa. Más sencilla que la actual. Que la envidia no existía. Que los vecinos se ayudaban unos a otros. Que los vecinos se visitaban. Que la palabra empeñada tenía valor de documento escrito y firmado. Que se era feliz con lo que se tenía “y no como hoy que todo el mundo tiene y desea más de lo que puede disfrutar y, sin embargo, nunca le alcanza”.
Las fotografías, sus miradas, sus gestos, sus tonos de voz, transmiten diferentes experiencias, recuerdos, conocimientos y sensaciones. Cuenta que la vida fue dura con él pero que le enseñó mucho. Le enseñó a valorar lo que tiene. Poco o mucho es suyo y tuvo que luchar para tenerlo.
Va desgranando su niñez: cuando tomó la primera comunión, la confirmación, las clases de alemán, los nombres de las hermanas religiosas que le enseñaron a leer y escribir, alguna que otra travesura. Se extravía en detalles nimios pero regresa a lo sustancial. La memoria emotiva le juega una mala pasada. Está feliz porque una persona le presta atención y escucha las historias que tiene para contar.
Así se va la tarde y con ella un recorrido retrospectivo por la vida de don Agustín. Con sus angustias y alegrías. La muerte de sus padres. De alguno de sus hermanos. La felicidad de una novia y la tristeza de un hijo que no pudo nacer. La dicha de saber que amó y lo amaron. La melancolía de la soledad y el olvido de la vida, que le quitó a su esposa y lo confinó a un geriátrico.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Costumbres y tradiciones de los alemanes del Volga: Geburtstag (Día de cumpleaños)

Lucrecia Luján Hubert
“La tradición de la torta de cumpleaños (luego de ser observada durante breve tiempo en la antigua Grecia) resurgió entre los campesinos alemanes en la Edad Media, a través de un nuevo tipo de celebración, una Kinderfest, ofrecida específicamente a un niño o niña (Kind).
      Una Kinderfest comenzaba al amanecer. El niño agasajado era despertado por la llegada de un pastel coronado con velas encendidas. Estas velas se cambiaban y se mantenían encendidas durante todo el día, hasta que, después del ágape familiar, se comía el pastel. El número de velas era igual al de los años que cumplía el niño, más una, que representaba la «luz de la vida».
Los alemanes el Volga conservaron esta tradición aunque sin tanta pompa ni lujo;  festejaban el cumpleaños del niño de una manera más discreta, práctica y realista: el pequeño no tenía torta ni celebración de cumpleaños pero recibía un regalo, tal vez una prenda de vestir, un par de zapatos nuevos, o algo por el estilo. Nada de derroches ni obsequios vanos. Todo obsequio debía tener su utilidad”.

Surgió entre los campesinos alemanes en la Edad Media, a través de una Kinderfeste (fiesta de cumpleaños), ofrecida específicamente a un niño o niña (Kind).
En cierto modo, esto señaló el inicio de las fiestas infantiles de cumpleaños, y en muchos aspectos un niño alemán del siglo XIII recibía más atenciones y honores que sus coetáneos de los tiempos modernos. Una Kinderfeste comenzaba al amanecer. El niño agasajado era despertado por la llegada de un pastel coronado con velas encendidas. Estas velas se cambiaban y se mantenían encendidas durante todo el día, hasta que, después del ágape familiar, se despachaba el pastel. El número de velas era igual al de los años que cumplía el niño, más una, que representaba la «luz de la vida».
La creencia en que una vela simboliza la vida se encuentra a través de toda la historia. Macbeth habla de la vida como una «breve candela», y el proverbio advierte contra «quemar la vela por ambos cabos».
El niño o niña en su fiesta de cumpleaños recibía también regalos y seleccionaba el menú para el banquete familiar, pidiendo sus platos predilectos. Nuestra costumbre de pensar un deseo y soplar las velas procede también de la Kinderfeste alemana. Las velas de cumpleaños debían apagarse con un sólo soplido, y el deseo, en caso de convertirse en realidad, debía mantenerse en secreto.
El folklore de la fiesta de cumpleaños alemana tenía otra costumbre que ya no se observa hoy: El Hombre del Cumpleaños, era un gnomo barbudo que hacía unos obsequios adicionales a los niños que se habían comportado bien. Aunque este personaje nunca alcanzó la categoría de un Papá Noel, a principios del siglo XX aún se vendían en Alemania muñecos que lo representaban.

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Costumbre que, para muchos alemanes del Volga, reemplazaba a la fiesta de día de cumpleaños 

Celebrar el Santo

Antiguamente los alemanes del Volga también tenían por costumbre celebrar el día de su santo. Pero… ¿Qué significaba para un habitante de los pueblos alemanes celebrar el día de su santo?

Entre los alemanes del Volga se convirtió en norma y necesidad que todo cristiano, desde el momento en que se bautizaba, contase con un santo que hiciese de mediador entre él y Dios, que intercediese y que velase por él. Y la forma de comprometer al santo con el nuevo bautizado, era que éste llevase su nombre. Por lo que al momento de elegir el nombre del recién nacido se tenía en cuenta el Santoral de la Iglesia. Es decir, se tomaba el nombre que correspondía a la fecha del nacimiento de acuerdo a esta lista.

sábado, 2 de noviembre de 2013

El hijo doctor

Por Alberto Sarramone
(Editorial Biblos Azul)

El estudio universitario de los hijos, como la fortuna acumulada por los padres, eran uno de los vehículos para la aceptación plena por la sociedad criolla, que mantenía el poder político y social.

Tener un hijo doctor, y en menor grado con otro título universitario, era un paso necesario en la obtención de un nuevo “status social” para toda la familia, pues la Universidad confería un adicional de prestigio, enterrando para siempre la condición de ''tano cocoliche', "ruso lagañoso", "gallego ordinario", ''francés pijotero" o ''vasco bruto", etc. que sin mucha dureza, ni tampoco insistencia, pero bastante poca generosidad, le habían otorgado algunos integrantes de la sociedad argentina, que a la época de llegada de los primeros inmigrantes en el siglo XIX contaba con índices de alfabetismo que a duras penas superaba el 10 % de la población, lo que indicaba que no estaban muy habilitados para determinar el talento de sus nuevos convecinos.
El "summun" era el hijo médico, el único y verdadero "dotor", orgullo de la familia nuclear y ampliada. Desde finales del siglo XIX hasta las primeras décadas del siglo XX, además fueron los grandes caudillos políticos, reemplazantes de los caudillos rurales y del rol del cura en muchas familias.
Era tan grande su "autoritas", al punto que cuéntase de un Comisario de Policía, acompañado de un médico, observaba el cuerpo yacente de una víctima, a quien el galeno había considerado como muerto. Al oír esto, el certificado difunto alcanzó a balbucear: "No estoy muerto...". Lo que determinó la seca réplica de la autoridad: ¡Cállese. Ud. no va a saber más que e! "dotor"...!".
El estudio universitario de los hijos, como la fortuna acumulada por los padres, eran uno de los vehículos para la aceptación plena por la sociedad criolla, que mantenía el poder político y social.

Fuente: Los abuelos inmigrantes, historia y sociología de la inmigración argentina. Autor: Alberto Sarramone (Editorial Biblos Azul)

Costumbres y tradiciones de los alemanes del Volga: El tañido de las campanas

“Como la fe regia su vida las campanas les indicaban los momen­tos del día que debían ser dedicados a Dios; cuando una aldea podía instalar un juego de tres campanas de distintos tamaños se acostum­braba establecer un código para anunciar el fallecimiento de los fe­ligreses. Se tocaba la campana mayor cuando el extinto era persona madura; cuando el muerto era un joven que había tomado la primera comunión y aún se mantenía soltero —menor de 18 anos— se utilizaba la campana mediana y cuando se trataba de un menor, el triste anun­cio correspondía a la campana más pequeña”.

“En la mentalidad sencilla de las colonias”, escriben Víctor P. Popp y Nicolás Dening, “el tañido de las campanas de la iglesia significaba algo similar a la voz de los ángeles que llamaban a la oración o a concurrir al servicio religioso; también su voz sonora podía anunciar el fallecimiento de algún vecino que había partido de este mundo hacia la eternidad. No sólo comunicaba en su timbre musical los acontecimientos de la vida religiosa de la aldea, sino que su sonido característico proporcionaba la orientación necesaria y segura a los viajeros extraviados durante las noches de tormenta y de nieve, práctica muy usual esa de lanzar las campanas al viento en esas noches aciagas y que se hacía en forma continua”.
“Era la "voz de la salvación" en todos los casos; se acudía a las campanas para reunir al vecindario a fin de anunciar un acontecimiento importante, y también se las tocaba con extremada energía en los casos de incendio cuando se necesitaba la ayuda de todo el pueblo para apagarlo. En las aldeas católicas tocaban las campanas a hora fija tres veces al día para recordar a los vecinos que debían elevar su mente a Cristo y a su Madre con el rezo del Angelus Domini”.
“Como la fe regía su vida las campanas les indicaban los momen­tos del día que debían ser dedicados a Dios; cuando una aldea podía instalar un juego de tres campanas de distintos tamaños se acostum­braba establecer un código para anunciar el fallecimiento de los fe­ligreses. Se tocaba la campana mayor cuando el extinto era persona madura; cuando el muerto era un joven que había tomado la primera comunión y aún se mantenía soltero —menor de 18 anos— se utilizaba la campana mediana y cuando se trataba de un menor, el triste anun­cio correspondía a la campana más pequeña”.

viernes, 25 de octubre de 2013

Memorias de Conrado Siebenhardt: ¡Pobres pero felices!

Una cocina a leña, bosta de vaca para quemar y calentar el ambiente, una mesa larga de madera, una banco contra la pared, una alacena antigua, unos cucharones, sartenes y cacerolas colgadas de la pared, una carpeta tejida a croché y sobre ella un adorno, una pava siempre hirviendo, con a punto para cualquier menester: desde tomar mate hasta desplumar una gallina.
Mi madre yendo y viniendo. Lavando ropa. Cocinando.  Siempre trabajando. Cantando en alemán. Feliz. Y en las noches rezando su rosario de perlas negras. Murmurando plegarias. Mirando el mañana. Seguramente soñando un futuro mejor para sus hijos pobres. Para sus hijos que, a los diez años, ya laburaban a la par de sus padres.
Esos son los recuerdos más entrañables de mi infancia.
Jugando con mis hermanos a los Koser, Loftipier y otros juegos tradicionales, más otros que inventábamos nosotros imitando las tareas rurales. Trepar árboles. Husmear los nidos de los pájaros. Cazar peludos para comer. O perdices. Y hasta palomas cuando la malaria era grande. Libres. Felices a pesar de la escasez de todo. Siempre corriendo. Por la colonia, por las calles de tierra, detrás de los carros, metiéndonos, sin permiso, en las quintas de los vecinos para robar alguna sandía. O corriendo por el campo, cazando mariposas, atrapando bichitos de luz. Jugando siempre jugando. Pobres pero felices.

¡Y mamá nunca volvió a sonreír!

Muchas noches vi llorar a mi madre mientras cenábamos lo que había. Poco y nada. Lloraba en silencio y en secreto; pero yo me daba cuenta. Veía su rostro triste, sus ojos húmedos y sus labios orando a Dios para que nos conceda una comida decente. Pero nadie la escuchaba. Estaba sola con nosotros cinco, sus hijos. Papá murió cuando éramos muy chicos y mamá muy joven.
Nos sacó adelante sola. Sufriendo mucho. Trabajábamos en un tambo: mamá y todos sus hijos, hasta el más pequeño, de ocho años. Todos ayudábamos a ordeñar. Nos levantábamos a las cuatro de la mañana. Con unas heladas que partían la tierra. Titiritábamos de frío. Las manos se nos congelaban. Algunos de mis hermanitos lloraban de dolor; pero no quedaba otra: había que trabajar; teníamos que ganarnos la comida.
Así estuvimos muchos años. Hasta que fuimos creciendo y entre todos los hermanos pudimos darle una mujer vida a mamá. Le compramos una casa. Comida digna. Las cosas comenzaron a marchar mejor.
Mamá hacía quinta en el fondo de la casa, no podía estar sin hacer nada. Era feliz. Reía. Cantaba.
Pero un día los hermanos comenzamos a casarnos. Era natural. Primero uno, después otro… Mamá lloró cada boda como si fuera un duelo porque con cada boda se iba quedando un poquito más sola. Y un día, efectivamente, se quedó sola. Totalmente sola en la casa. Fue cuando se casó el último hijo soltero. Quedó desolada. Huérfana. Desamparada. ¡Y nunca volvió a sonreír!

Las recetas de la abuela en un gran libro

Arde el fuego en la cocina a leña. La sopa exhala su vaho de vapor. El ambiente huele a caldo. Abuela cocina. Su casa es un hogar donde se comen las comidas más ricas. Ella sabe recetas que heredó de su madre y ésta, a su vez, de la suya, generación tras generación, durante centurias. Las llevaron de Alemania al Volga y del Volga las trajeron a la Argentina. ¿Dónde? En la memoria. Jamás estuvieron escritas en papel alguno. Simplemente las legaban.  Las transmitían demostrando cómo se hacían. Así sobrevivieron. Y así continuarán sobreviviendo, sostiene abuela.
¡Y tiene razón!

¡Nuestra identidad!

Bajaron del barco. Viajaron en tren. Llegaron a sus colonias. Levantaron sus casas de adobe. Sencillas y humildes. Ladrillo sobre ladrillo. Esfuerzo sobre esfuerzo. Araron la tierra. La sembraron. Cosecharon. Y la volvieron a arar, sembrar y cosechar. Hicieron todo eso y mucho más. Lo hicieron sin conocer una sola palabra de español.  Hablaban, cantaban y rezaban en alemán. Y la nueva patria y Dios los entendieron y comprendieron. La Argentina los cobijó dándoles la oportunidad de un destino de prosperidad y Dios los protegió llenándoles las almas de gracia y las manos de abundancia.
Con el transcurso de los meses nacieron los hijos. Con los hijos surgió un hogar. Con el hogar una comunidad. Con la comunidad una colonia. Y con la colonia una iglesia, una escuela, almacenes de ramos generales…
Y llegaron más familias. Y la colonia creció. Se levantaron casas de ladrillo, grandes, hermosas, con jardines. Se embriagaron de lujo. Nació el deseo de tener dinero. De poseer cosas materiales. Floreció el ansia de poder. Se formaron clases sociales. Ricos muy ricos y pobres muy pobres. Unos pocos pudieron estudiar. Muchos tuvieron que comenzar a trabajar desde niños. Se acrecentó la desigualdad. Se perdieron tradiciones, costumbres…  Se olvidó el origen. Empezó a desaparecer el idioma. La identidad tambaleó.
Hasta que un día unos pocos comprendieron lo que estaba sucediendo: las raíces culturales morían. Había que hacer algo. Y esos pocos hicieron.  Y todavía están haciendo. “Hay que conservar lo que aún tenemos y rescatar lo que ya perdimos”, decidieron. Eran pocos, es cierto. Pero su trabajo está dando frutos. La identidad se está recuperando. Están volviendo a ser lo que nunca debieron dejar de ser: alemanes del Volga. Descendientes de inmigrantes de alemanes de una aldea del Volga, con sus costumbres, tradiciones, cultura e historia. En suma: ¡con su identidad! ¡Nuestra identidad!

¿Qué clase de colonias se fundaron en el país durante la gran inmigración?

El reverendo Rhys junto a su familia, 
en una fotografía tomada en 1896
Es por demás conocida la historia de cómo se afincaron los alemanes del Volga en el distrito de Coronel Suárez. También sabemos el tipo de contrato que firmaron con Eduardo Casey y el acuerdo al que llegaron para fundaron una determinada clase de colonias. Pero asimismo es interesante extender la mirada y observar con criterio amplio qué acontecía en el resto del país y preguntarse: ¿qué clase de colonias propiciaba fundar el gobierno argentino al alentar el ingreso masivo de inmigrantes? La respuesta la encontramos en la obra del Reverendo William C. Rhys, escrita en 1902.

William C. Rhys llegó a la Argentina a fines del siglo XIX para hacerse cargo de la iglesia bautista en Chubut, donde permaneció quince años, sirviendo pastoralmente a la grey galesa. De regreso a su tierra natal, Gales, en 1902 escribió sus memorias, que recién fueron publicadas hace unos pocos años por uno de sus nietos.
En esta obra, titulada “La Patagonia que canta”, el reverendo, con abundantes datos recogidos en el lugar, traza la historia de los pioneros galeses que el 28 de julio de 1865 arribaron al país para colonizar una porción de tierra patagónica. De entre su pintoresco relato, donde revive la epopeya colonizadora de sus compatriotas, es interesante extraer un párrafo en el que reflexiona respecto a las clases de colonias que se establecían en la Argentina a finales del siglo XIX, durante el masivo arribo de inmigrantes.
El reverendo Rhys explica que eran tres. A saber: “1) Algunas son solamente especulaciones lucrativas de aventureros. Los hombres celebran contratos con el gobierno para asentar tantos hombres en tantas leguas de tierra. El gobierno asegura las mayores facilidades y parte de la concesión se divide en pequeños lotes, que son vendidos al precio más alto que se pueda obtener de los colonos. La parte restante de la concesión se reserva hasta que la colonia haya ganado un buen nombre y buenas perspectivas. Se ayuda a los colonos con comida, animales, implementos, semillas, alambrados, etcétera, y se les facilita el crédito. Esta clase de colonias por lo general es la ruina de los colonos pobres que, confiados en el éxito, son fácilmente inducidos a la especulación y arrastran el asfixiante peso de las deudas. Bajo esta carga, después de luchar contra algunas temporadas malas y otros incidentes desafortunados, comunes a las mejores colonias en estado embrionario, son aplastados y sucumben; los lotes, las mercancías y las mejoras vuelven a sus antiguos dueños. De esta forma hay muchos colonos trabajando para las compañías ferroviarias.
2) Las colonias establecidas directamente por el gobierno son de otra clase. La gente es inducida a colonizar mediante el ofrecimiento de una generosa porción de tierra y una asistencia sabia y limitada para comenzar. El progreso .de estas colonias es más lento y menos ostentoso al principio, pero también es menos desastroso para los colonos sin capital, que con el correr del tiempo suelen ser los más prósperos. Las desventajas radican en que estas colonias por lo general están ubicadas en distritos alejados de mercados convenientes, etcétera. Los especuladores tienen una manera sutil de conseguir las mejores tajadas de tierra para sus propias concesiones.
3) A la tercera clase pertenecen las colonias creadas por filántropos, por medio de las cuales buscan establecer una comunidad de acuerdo con alguna idea y así producir, desde cierto punto de vista, una sociedad modelo.
Estos hombres obtienen una concesión de tierra y la colonizan con inmigrantes especialmente conseguidos a ese fin. Algunos de estos colonos tienen éxito y otros no. Y en caso de fracasar, los filántropos son los que pierden.
Por otra parte, si estos fundadores y héroes bien intencionados tienen éxito, reciben como recompensa más aplausos que provecho y más gloria que ganancia. Sin embargo, generalmente la retienen hasta que dejan de estar sobre la tierra”.

jueves, 24 de octubre de 2013

La historia de la abuela Aurelia

Aurelia nos mira. Suspira hondo. Sus ojos color cielo se llenan de nubes: amargas secuencias que hilvana en un dejo de voz cansada y desbordada de angustia. Entre sus manos tiene una Biblia y entre sus dedos un rosario que reza en las largas horas de su eterna soledad en la que vive confinada después que la vida le quitó tres hijos y un marido.

“No es bueno para nadie envejecer tanto, uno se queda muy solo. Dios se va llevando lentamente a nuestros seres queridos y nos deja solos en el mundo, sin saber qué hacer y para qué seguir viviendo. Ni siquiera nos deja fuerzas en el cuerpo para seguir trabajando –reflexiona Aurelia con sus 90 años recién cumplidos.
“Mis días son largos, no se terminan nunca. No puedo hacer nada. Me cocina y me cuida una señora. Ya no puedo ni siquiera lavar mi ropa. No soy más que un estorbo que se arrastra por la cocina con su andador. Dios no debería permitir que una persona viva tanto –repite.
“Antes por lo menos podía trabajar. Hacía de todo. Con mi marido teníamos una quinta en el fondo del patio. Ahora está llena de yuyos. Me da tanta pena verla. Era tan lindo en verano regar la lechuga, los rabanitos, los zapallitos, el repollo para hacer chucrut y los pepinos para hacer conservas. Es triste vivir así. Ya estoy muy vieja para todo. Muy vieja y muy sola. ¿Para qué seguir viviendo de esta manera? –pregunta.

martes, 22 de octubre de 2013

El duro comienzo del abuelo al llegar a la Argentina

La calle es larga, ancha “igual que las del Volga” –piensa el colono que llega a la colonia desde Rusia. “La única diferencia es que todavía no ninguna casa de ladrillos”.
Y así es, la colonia apenas fue fundada hace unos años y el trabajo de la roturación de la tierra virgen se llevó los días y el tiempo libre para pensar en comodidades. Porque como le van a contar dos o tres horas después “los años vienen malos y la helada se ‘roba’ cosecha tras cosecha”.
“Estamos peor que cuando llegamos” –le confiesan. “No sólo que no logramos obtener un sólo buen grano de trigo sino que estamos muy endeudados con el gobierno”.
A pesar de todo el colono avanza con su enorme baúl de madera a cuestas. Camina lento, agotado después de cruzar el océano en un barquito de papel y haber transitado media Argentina en medio del humo y la tierra de un tren que corría cruzando la pampa desolada y deshabitada.
Lo reciben con júbilo, sin embargo. Le preguntan por la aldea natal, cómo están los familiares que optaron por quedarse allá… por la situación social y política: con la esperanza que el zar haya dado marcha atrás a los ukases que anularon el Manifiesto de Catalina.
Les cuenta, triste, sombrío, que todo sigue igual. Que el pueblo ruso va rumbo a una revolución. Que cada vez hay personas que se conocen como socialistas. Que la intolerancia va en aumento. Que casi todos los días hay manifestaciones públicos en las que mueren varias personas en manos de los soldados del zar. Que las aldeas del Volga se desangran de habitantes y que la mayoría ya emigró o va a hacerlo pronto.
Que ya no queda dónde regresar. Que ya no hay otra solución que vencer la indómita pampa argentina y soñar esperanzados que, de una vez por todas, “este suelo les trigo y con él una patria, con pan, una vida tranquila y prosperidad para las futuras generaciones”.

lunes, 21 de octubre de 2013

Nunca voy a olvidar a mi hermana

Mi hermanita era dos años menor que yo. Jugábamos a la escondida, a la payana, a la mancha. Reíamos juntos. Llorábamos juntos. Compartíamos nuestras aventuras, nuestras alegrías, nuestras angustias, nuestras esperanzas. Éramos inseparables. Nos queríamos mucho y nos prometimos no separarnos jamás. ¡Qué ingenuos que fuimos!
Un día, cuando mi hermana cumplió catorce años, papá la mandó a trabajar con una familia amiga a la Capital Federal. Lloramos mucho los dos. Ella no quería ir y yo no quería que se fuera. Pero papá no nos escuchó. Necesitaba el sueldo para mantener a la familia. Y vi como se alejaba en el tren llorando. El sufrimiento fue inmenso y desgarrador. Pero la distancia y la ausencia hicieron su trabajo demoledor: al principio nos escribimos, luego ni eso siquiera. Ella no tenía dinero suficiente para venir a visitarnos y yo no tenía plata suficiente para ir a verla. Un día supe que se casó. Después me casé yo. Cada uno comenzó a tener sus propios problemas y sus propios hijos y nos fuimos separando más y más y más.
Jamás volví a saber de ella. Me olvidé de mi pasado, sumergido como estaba en los  problemas cotidianos, hasta que un atardecer alguien me trajo la noticia de que mi hermana había muerto hacía un año ya. ¡Un año entero que mi hermana estaba bajo tierra y yo viviendo feliz, como si nada, sin sufrir su muerte, sin derramar siquiera una lágrima! ¡Tanto que la quería! ¡Tanto que nos quisimos! ¡Tan felices que fuimos en la niñez! Me arrepentí de no haberla buscado nunca, de haberme dejado llevar por la inercia de la vida y el destino. Lloré pera ya era tarde hasta para eso. Me duele en el alma la idea de que, por más que viva cien años, jamás voy a volver a ver a mi querida hermana Laura.

sábado, 19 de octubre de 2013

“Tuve una vida muy feliz” -cuenta la abuela Ana Catalina Denk

Ana Catalina Denk es la mayor de ocho hermanos. “Eso me condenó a ser una solterona” –afirma sin reproches. “Primero tuve que criar a mis hermanos y después tuve que hacerme cargo de mis padres cuando envejecieron” –revela contando su historia de vida. “Y lo hice con mucho amor”.


De edad avanzada, casi pisa los 90, Ana sonríe satisfecha de su vida, como diciendo “misión cumplida”.
Sus manos están enlazadas por un rosario de perlas negras. Explica que reza cuando está sola, de día, de noche, y que Dios la cuida. Que la protege. Lo cuenta porque vive sola. Se cocina su propia comida. Es fuerte. Es como un roble.
Sus hermanos, los que aún viven, la visitan diariamente. Tiene caramelos en los bolsillos para los niños de los vecinos que llegan a su casa para visitarla y la llaman abuela. Todos la quieren. La miman. Pese a no haberse casada jamás estuvo sola.
“Tuve una vida feliz” –sentencia cerrando la entrevista.

sábado, 12 de octubre de 2013

Traumática noche de bodas de una mujer alemana del Volga

Contada sin tabúes, de manera cruda, reveladora, real y objetiva. Espejo de muchas mujeres alemanas del Volga que debieron soportar idénticas experiencias de vida.

-Me llamaron a la cocina, donde papá y mamá estaban conversando con una familia vecina acompañada de uno de sus hijos, para presentarme a mi futuro marido. Me dijeron: “María, este es Juan y va a ser tu esposo”. Yo los miré desconcertada y asustada. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Juan no me gustaba ni un poquito y yo todavía no quería casarme. Tenía 15 años y muchas ganas de seguir jugando a las muñecas. Pero la decisión ya estaba tomada. En aquellos años ninguna chica se hubiera atrevido revelarse o protestarles a los padres. Todas las decisiones que tomaban eran para nuestro bien. Ellos sabían lo que hacían y jamás se equivocaban –cuenta María.
Las tradiciones y costumbres marcaban el ritmo social, familiar y la vida privada en que se desarrollaba la existencia de todos los habitantes de la localidad. Cada movimiento, cada decisión de sus integrantes, estaba regido por esquemas rígidos establecidos por la Iglesia: moral férrea y el espacio para la individualidad, escasa. La existencia privada y pública estaban signadas por el ojo censor del otro en la idea de una comunidad que lo veía todo a través de la mirada de Dios. Sin piedad ni concesiones. Sin tener en cuenta ningún tipo de atenuantes, por más valederos que pudieran parecer o ser. Nada justificaba el perdón de lo que se consideraba una falta. El que la cometía sabía a lo que se exponía. Y desobedecer a los padres era una de las faltas consideradas mayores.
María bajó la cabeza, escondió las lágrimas y se sentó a la mesa para escuchar cómo sus padres y sus suegros comenzaban a trazar su futuro: concertaron los días de visita de los novios; arreglaron los detalles de la celebración de la boda, con una gran fiesta familiar que se prolongaría durante tres días; fijaron el lugar dónde se iba a radicar el nuevo matrimonio; dónde iban a trabajar; lo que se esperaba de la esposa y del esposo; cuánto se iba a gastar y cuánto necesitaban para empezar a formar una familia.
El noviazgo empezó formalmente cuando María comenzó a recibir la visita de Juan los domingos, de cuatro a seis de la tarde.
-Los dos nos moríamos de vergüenza –recuerda María-. Ni siquiera nos conocíamos. No nos mirábamos a la cara. Mamá estaba siempre presente vigilando lo que hacíamos. Yo tenía que servir mate con Kreppel. Los minutos no pasaban más.
Los padres la habían colocado en un espacio nuevo: el de ser novia. Y debía comportarse como tal pero no sabía exactamente qué se esperaba de ella. Temerosa, llena de dudas e incertidumbre, cumplió con el protocolo.
Ni ella ni el novio tenían la posibilidad de modificar nada. El futuro de los dos estaba resuelto. Primero por los padres y luego por el sacerdote desde el momento en que, encaramado en el púlpito, anunció la buena nueva del casamiento de Juan y María.
Se casaron sin apenas darse un beso en la mejilla. Sin haber estados solos en ningún instante. Mientras se prolongó el noviazgo jamás se atrevieron a salir de la cocina de la novia como tampoco los abandonó la presencia supervisora de la madre.
María llegó a la noche de bodas virgen de todo conocimiento sexual.
-Cuando nos quedamos solos en el dormitorio me largué a llorar desconsoladamente –confiesa -. Me quería ir a mi casa, con mi mamá.
Estaba sola en el mundo en un lugar desconocido y con una persona totalmente ajena a ella, a la que solamente le había tomado la mano al salir de la iglesia: fue el único momento en que sintieron el calor de sus cuerpos.
Juan se desnudó. Cuando estuvo sin ropas se paró frente a ella, esperando lo mismo. María quedó horrorizada al posar su mirada entre las piernas de Juan. Fue un shock tremendo.
-Sentí miedo. Entré en un estado de pánico –revela-. Tenía miedo que me lastimara. No sabía que me esperaba. Nunca había vista a un hombre desnudo y lo que veía me daba terror. Fue la noche más terrible de mi vida.
No sabía qué hacer ni qué actitud asumir. Por lo que optó por no hacer nada. No se movió. Fue Juan quien la desvistió torpemente. La recostó sobre la cama e hizo lo que un hombre debía hacer: poseer a la mujer.
-Me quedé paralizada de miedo –evoca sin tabúes María-. Me dolió mucho. Sufrí. Grité de dolor. Me acuerdo de la sangre y todavía se me pone la piel de gallina. No sabía de dónde venía. Me asusté. Pensé que Juan me había perforado la panza. Quería irme a mi casa, con mi mamá; pero Juan se enojó mucho y me gritó: “Ahora yo soy el que manda”.
El sexo se transformó en algo malo y en un trámite para complacer al marido y de paso engendrar hijos. Nada más. No hubo belleza. No hubo ni un detalle sublime. No hubo afecto. No hubo ternura. Todo fue –y siguió siendo en lo sucesivo- meramente mecánico. Sin sentimientos de ningún tipo. Sin deseo. Sin lujuria. Sin éxtasis. Todos los días, toda la vida.

viernes, 4 de octubre de 2013

La sociedad de los alemanes del Volga y sus status sociales

 “La riqueza argentina modificó la sociedad de los alemanes del Volga: antes tan solidaria, ahora plagada de egoísmos e individualidades. La fortuna que rápidamente acumularon algunos inmigrantes, le quitó el rasgo solidario tradicional que mantuvieron los alemanes del Volga en Rusia, donde nadie era dueño de nada y todos eran propietario de todo. Solamente los más humildes y los que componían la “clase media”, según el criterio social de esta etnia, sostuvieron por mucho tiempo el valor fundamental de la solidaridad”

Aquí en la Argentina, como en Rusia, los alemanes del Volga permanecieron en comunidades totalmente cerradas, lo que les permitió conservar una autonomía propia, libertad de culto y de enseñanza, conservación del idioma, amén de otros privilegios. Mantuvieron inalterables el conocimiento, el credo, el arte, la moral, las costumbres y los hábitos y conductas que los identificaban como pueblo. Sin embargo, la sociedad que componían sufrió grandes transformaciones internas. Dejó de ser comunitaria para convertirse en una sociedad con distintos estatus sociales: la clase baja de ínfimos recursos residentes en las zonas más alejadas del centro de la localidad, que participaban de un estilo de vida de subsistencia; una clase media, compuesta por personas que trabajaban subordinadas a las ordenes de la clase alta en las estancias como peones, encargados, sirvientas, niñeras, etc.; y la aristocracia, formada por un grupo relativamente pequeño de familias que poseían considerables propiedades adquiridas por herencia familiar y que descendían directamente de los fundadores.
Este cambio radical en su comportamiento social fue posible porque aquí en la Argentina los alemanes del Volga se encontraron de pronto dueños de lo que poseían, en contraposición de lo que había sucedido en Rusia, donde el Imperio continuaba siendo dueño de todo lo que tenía el colono. Y como se sabe, la propiedad siempre otorga poder y su posesión coloca a sus propietarios por encima de sus semejantes, y en una esfera social, política, educativa y cultural más alta.
Para poder comprender a los alemanes del Volga en la Argentina es necesario concentrarnos en determinados aspectos que los caracterizan, por un lado nos encontramos con un fuerte etnocentrismo que los identificaba y les confería mayor cohesión como grupo generando en ellos una fuerte negación a adoptar rasgos culturales provenientes de otros grupos y por otro lado una gran exaltación por su raza, por lo que se negaban rotundamente a cualquier tipo de relación con latinos.
Estas características heredadas de los antepasados creaba profundas brechas entres éstos y los demás grupos que componían las localidades aledañas.
La vida cotidiana de las familias aristocráticas se manifestaba en el conjunto multitudinario de hechos, actos, relaciones y actividades llevadas a cabo en la vida social. Porque estas familias además de poseer las viviendas más suntuosas podían  darse el privilegio, a raíz de las horas de ocio que sustentaban con su capital y dinero, de llevar una vida social que las personas humildes no lograrían concretar jamás, porque tenían que ocupar su tiempo en el trabajo para ganarse el pan y el alimento diario.
La religión fue el elemento principal de cohesión de toda la comunidad y también un recurso muy poderoso en manos de las familias aristocráticas, cuyos hijos tenían acceso a una preparación cultural más elevada a la que conseguían acceder el resto de las personas, y por lo tanto más laica y filosóficamente acorde a los postulados modernistas que transformaron al siglo XX. La religión era además la generadora de una ideología que, por intermedio de los párrocos, nutría  a sus fieles de una publicación, “Der Volksfreund” , que generaba la conformación de campos políticos e influía en la determinación personal de los hombres de las familias más poderosas de las localidades.
La elite aristocrática compartía una cultura política que se manifestaba a través de determinadas actitudes que luego compartían todos los integrantes de la comunidad. Además, el carácter político de la sociedad se generaba al ser enunciado por las familias de clase alta que actuaban como dirigentes en la vida comunitaria de los pueblos.